domingo, 27 de junio de 2010

Microcuentos

La mano - Ramón Gómez de la Serna

El doctor Alejo murió asesinado. Indudablemente murió estrangulado. Nadie había entrado en la casa, indudablemente nadie, y aunque el doctor dormía con el balcón abierto, por higiene, era tan alto su piso que no era de suponer que por allí hubiese entrado el asesino. La policía no encontraba la pista de aquel crimen, y ya iba a abandonar el asunto, cuando la esposa y la criada del muerto acudieron despavoridas a la Jefatura. Saltando de lo alto de un armario había caído sobre la mesa, las había mirado, las había visto, y después había huido por la habitación, una mano solitaria y viva como una araña. Allí la habían dejado encerrada con llave en el cuarto. Llena de terror, acudió la policía y el juez. Era su deber. Trabajo les costó cazar la mano, pero la cazaron y todos le agarraron un dedo, porque era vigorosa corno si en ella radicase junta toda la fuerza de un hombre fuerte.¿Qué hacer con ella? ¿Qué luz iba a arrojar sobre el suceso? ¿Cómo sentenciarla? ¿De quién era aquella mano? Después de una larga pausa, al juez se le ocurrió darle la pluma para que declarase por escrito. La mano entonces escribió: «Soy la mano de Ramiro Ruiz, asesinado vilmente por el doctor en el hospital y destrozado con ensañamiento en la sala de disección. He hecho justicia».

Dinosaurio - Augusto Monterroso

Cuando despertó, el dinosaurio todavía estaba allí.

La hormiguita viajera - Dalmiro Sáenz

La hormiguita viajera se escapó del cuento que lleva su nombre.Negra, en bolas y sin documentos no pudo llegar muy lejos.Llegó hasta acá.
Dalmiro Sáenz - Cuentos para niños pornográficos, Planeta, 1993

Herencia- María José Barrios

Tiene los ojos tristes de su madre, la nariz griega de su padre, el mentón altivo de su abuela materna y las orejas pequeñas de un primo lejano del que nunca llegó a fiarse demasiado. Lo guarda todo en un cajoncito del salón, porque le gusta tenerlo siempre a mano cuando vienen las visitas y que ellos mismos puedan comprobar el asombroso parecido.

El profesional del suicidio - Miguel Garrido Pérez

El joven Ernesto, empuñando una pistola, se presentó en casa del hombre que le había arruinado: "No voy a matarle, don Braulio", dijo, "sino a suicidarme ante usted. Caiga mi sangre sobre su conciencia y lo que es peor, sobre su magnífica alfombra persa". Don Braulio le disuadió: buenos consejos y una sugerencia: "Si desea quitarse la vida, ¿por qué no lo hace en casa del odioso Cortés?". Y le convenció con un cheque generoso. "Aunque no le conozca, la prensa buscará razones y arruinaremos su carrera". Pero el odioso Cortés le contrató para suicidarse en casa del pérfido Suárez, este le pagó para hacerlo en la de su enemigo Ramírez, y así sucesivamente. Ernesto se retiró veinte suicidios después. "La bondad de los hombres me ha salvado", solía decir.


Amor a la literatura - Luis Hervás Rodrigo

Desde pequeño siempre había tenido esa obsesión por los libros, una obsesión a la que sus padres contribuyeron de un modo decisivo, mostrándolo los beneficios que la literatura le podía proporcionar. Devoraba cualquier volumen que cayera en sus dominios, sin importar tema ó autor: geografía, Historia, ciencias, Poesía...todo lo asimilaba de una manera compulsiva, y entraba, sin remisión, a formar parte de su ser. Buscaba por las estanterías de la amplia biblioteca los ejemplares más voluminosos, con los cuales se entretenía por un periodo de tiempo relativamente largo, y cuando los terminaba, volvía, ansioso, a por otro. Desgraciadamente, la adquisición de un nuevo spray antipolillas acabó cierto día con su ilustrada vida, cuando aún no había acabado de engullir completamente, una interesante descripción del motor de combustión en la Enciclopedia Británica.

"El escritor, McOndo y la tradición" por Edmundo Paz Soldán


Comencé a escribir en serio cuando estudiaba en Buenos Aires, hacia 1986. Tenía diecinueve años. La ignorancia es atrevida: yo no conocía la tradición boliviana, y decidí crearme la mía propia y mirarme en el espejo de Borges, Kafka y Vargas Llosa. Con mis primeros cuentos armé mi primer libro: Las máscaras de la nada. Los amigos del libro lo publicó en Bolivia en 1990. En ese entonces no sabía cuáles eran mis proyectos estéticos o narrativos, pero no me importaba mucho. Importaba escribir. De las primeras lecturas críticas que se hicieron de mi obra, recuerdo que alguien escribió que mis cuentos eran "atemporales" y que podían ocurrir en cualquier lugar. Lo tomé como un elogio. Luego me di cuenta de que para muchos críticos locales, se trataba de una crítica: un escritor boliviano debía necesariamente hablar de la aguda crisis social del país, y si era posible utilizar el campo y las minas como territorios para la ficción.
Cuatro años después publiqué mi segundo libro de cuentos, Desapariciones, en la misma vena narrativa de Las máscaras. Algo ocurrió poco después: tuve una polémica con Cé Mendizabal, un crítico y escritor boliviano. Yo defendía la importancia de los premios literarios en un país como Bolivia, en el que hay pocas posibilidades de publicar libros; Cé defendía a sus amigos que andaban de poetas malditos en los cafés de La Paz, llevaban sus manuscritos bajo el brazo y tenían el noble gesto de ni siquiera intentar publicarlos. A partir de ahí comenzaron a surgir las críticas, sobre todo de parte de esos poetas y narradores que se las daban de malditos —algunos periodistas, algunos críticos, muchos ellos de la carrera de Literatura de la universidad estatal de La Paz-. Se me dijo que en mis libros no estaba el país. ¿Dónde estaban los campesinos? ¿Dónde, los mineros? Se me dijo que yo no sufría, que Bolivia no me dolía (supongo que esos críticos con los que jamás había intercambiado palabra alguna me conocían muy bien; y supongo que también pensaban que la medida del escritor la daba el sufrimiento: país sufrido como pocos, me pregunto, entonces, porque no tenemos la mejor literatura del mundo).
Estas críticas las viví con un gran sentido de culpa. Era inmaduro. Y la formación católica, bueno, no es fácil desecharla del todo. Decidí expiar la culpa con una novela: Alrededor de la torre. Era mi novela "boliviana", en la que me atrevía a mirar de frente el problema del racismo en el país. Y las críticas arreciaron: imagino que a algunos la novela, simplemente, no les gustó. Soy el primero en reconocer sus defectos. Pero otros dijeron que alguien que jamás había sufrido en carne propia el racismo era el menos indicado para escribir sobre ese tema (si los escritores sólo pueden escribir sobre lo que viven en carne propia, digamos adiós a la literatura). Ciertos frentes de batalla estaban trazados: yo no convencería a mis críticos de nada ni ellos tampoco a mí. Eso me liberó.
Fue más o menos en ese período que participé en la malhadada antologíaMcOndo. La antología, editada por los escritores chilenos Alberto Fuguet y Sergio Gómez, era un intento de presentar una muestra de la nueva narrativa latinoamericana: urbana, hiperreal, reacia al realismo mágico, muy a tono con la cultura popular norteamericana y con las nuevas tecnologías que iban apareciendo en el paisaje del continente. Ya sabemos que McOndo cometió muchos errores y simplificaciones: no se puede, por ejemplo, combatir un estereotipo –Latinoamérica es el continente del realismo mágico, donde todo lo extraordinario es cotidiano— con otro –Latinoamérica como este gran universo urbano repleto de centros comerciales y celulares. De todos modos, la antología fue importante porque, junto al manifiesto publicado ese mismo año por los escritores del Crack, presentaba en escena, acaso de manera algo visceral, a una nueva generación de narradores latinoamericanos que intentaba recuperar lo mejor de la tradición literaria latinoamericana y a la vez, de manera paradójica, intentaba romper con esa tradición. En lo personal, formar parte de McOndo me ayudó a comenzar a leer a mis contemporáneos: leer a escritores como Alberto Fuguet o Rodrigo Fuguet me ayudó a soltarme, a tener una visión más irreverente y menos solemne de la literatura, a afianzarme en mi propio proyecto aunque ello significara sentirme un poco solo dentro de la tradición de mi país.
Decidí, entonces, volver al principio, pero con una diferencia: ahora, no era la ignorancia la atrevida, sino el conocimiento de causa. Si al principio no sabía de crítica o literatura nacionales, ahora sí sabía, pero tampoco me interesaba mucho entroncarme en la tradición boliviana o esforzarme por seguir cierto dogmatismo crítico. Las tradiciones, ya lo sabemos, se pueden tornar agobiantes cuando se las vive como obligaciones. Y las lecturas críticas son sólo eso, lecturas de críticos, ejercicios del criterio que pueden tornarse descriteriados cuando se convierten en culto de algo: del color local, de los que han sabido retratar mejor que nadie al aparapita paceño, del centro, de los márgenes, del margen del margen. Y sí, me alejaba de la tradición sabiendo, paradójicamente, que ese alejamiento era parte de la tradición: por más que dé mil volteos, desconozca o niegue a la literatura nacional o ambiente mi próxima novela en la China, soy parte de una literatura nacional. Como también me gustaría ser parte de la literatura latinoamericana, de la norteamericana y, por qué no, de la universal. Todo escritor debería aspirar a la universalidad.
Por supuesto, estoy consciente de los riesgos que implica mi proyecto narrativo: juntar elementos aparentemente incongruentes entre sí, elaborar una reflexión sobre el impacto de las nuevas tecnologías –la fotografía digital, la computadora—en el contexto de una novela realista, tradicional, de corte político-social, ambientada en uno de los países más atrasados del mundo. Digamos, juntar Borges con Vargas Llosa, y añadirle un toque de Philip Dick. Ahora sí, lo puedo decir: mi proyecto se funda en las críticas que recibí en Bolivia hace algunos años. Y me gusta el riesgo, que me digan que no se puede hacer lo que hago, o que lo que hago no cuaja del todo. Como dijo Roberto Bolaño, las malas críticas me las he ganado en el frente de combate, y no en simulacros de guerra. Incluso a ratos me arrepiento de todas las polémicas en las que incurrí. Parafraseando a Hemingway: mis ataques habrían valido la pena si al menos una de mis frases hubiera podido lograr que mis críticos escribieran mejor (sí, lo sé, esos críticos también pueden parafrasear a Hemingway).
Para mí, lo ideal sería que la novela pudiera crear un mundo autónomo y no tuviera que depender de la realidad para legitimarse. Creo firmemente en las ideas de Vargas Llosa acerca del "elemento añadido" en la ficción. Es decir, mi versión de Cochabamba, o Bolivia, o América Latina es una versión distorsionada, en la que se encuentran añadidos muchos elementos que no forman parte de la realidad, o se encuentran radicalizadas ciertas tendencias incipientes de esta realidad. Quizás haya más piratas informáticos en El delirio de Turing que en Bolivia. Pero no se trata de analizar cuán fiel a la realidad es mi versión de ésta, sino de ver si mi versión distorsionada puede alcanzar una autonomía estética, una coherencia narrativa propia. Por supuesto, cuando uno conoce muy bien el referente –cuando uno es boliviano, o latinoamericano-, ese referente se cuela en la lectura y a veces es imposible separarlo de la versión de éste que uno está leyendo. Y coteja. Y no se la cree. Son los riesgos, en todo caso asumidos. Prefiero, en todo caso, fracasar en el intento que dedicarme a escribir novelas en las que no haya apuesta alguna. Hace unos quince años yo buscaba leer novelas perfectas, redondas, obras maestras. Ahora, me doy cuenta que Philip Dick no escribió ninguna novela redonda –bueno, quizás Ubik— y sin embargo sus novelas imperfectas me dicen mucho más que las novelas redondas de muchos otros. Cruzo los dedos para que al menos eso me salve. Que los lectores no encuentren la perfección en mis obras, pero que descubran algo que les haga mirar el mundo de otro modo.

" Puerto Rico, USA" por Rosario Ferré

EI Senado pronto podría debatir un proyecto de ley que permitiría a los puertorriqueños que viven en la Isla votar por la estadidad, la independencia o por convertirse en un Estado Libre Asociado reforzado que, a la larga, evolucionaría hacia la soberanía. Los pareceres en la Isla están divididos de una manera casi igual entre la estadidad y el Estado Libre Asociado, siendo favorecida la independencia con menos del cuatro por ciento de los electores.

Pero si a los puertorriqueños que viven fuera de la Isla se les permite participar en el propuesto referendo, como algunos han recomendado, ellos podrían influir en la votación, porque muchos de ellos favorecen la independencia. Esto podría significar que a la próxima generación de puertorriqueños se les privaría del derecho de la ciudadanía estadounidense.

Como escritora puertorriqueña, constantemente me enfrento al problema de identidad. Cuando viajo a Estados Unidos me siento corno una latina, como Chita Rivera. Pero en América Latina, me siento; más norteamericana que John Wayne. Ser puertorriqueño es ser un híbrido.

Nuestras dos mitades son inseparables; no podemos prescindir de una sin sentirnos mutilados.

Durante muchos años, mi preocupación ha sido evitar que mi ego hispano sea sofocado. Ahora descubro que es mi ego norteamericano el que está siendo amenazado.

Recientemente estuve en una gira de promoción de una de mis obras por Estados Unidos. A dondequiera que fui, la gente que sabía del plebiscito me preguntaba: "¿Por qué ustedes quieren ser norteamericanos?"

La pregunta era inquietante. Los puertorriqueños hemos sido norteamericanos por casi 100 años. Por lo menos 6,000 puertorriqueños han muerto luchando por Estados Unidos, y muchos miles más han servido en las guerras de Corea y de Vietnam. Mi hijo dirigió un pelotón de soldados puertorriqueños en la Guerra del Golfo Pérsico. En aquel entonces, nadie le preguntó si quería ser norteamericano. El simplemente cumplió con su deber.

Los puertorriqueños que viven en el Continente piensan de la Isla de una manera muy similar a como los norteamericano - africanos piensan del África: un lugar casi mítico, habitado por dioses ancestrales. Para dichos puertorriqueños, la tierra natal es un lugar de origen, prueba de la "diferencia" vital que nos separa de los que puede parecer la vasta identidad de Estados Unidos.

Los puertorriqueños que viven en Estados Unidos señalan también que la delincuencia, las drogas, el SIDA y otros males son resultado de demasiado progreso al estilo norteamericano. Ellos quieren que nosotros preservemos en la Isla el paraíso bucólico que dejaron atrás, un lugar en el que uno pueda manejar indolentemente por avenidas medio desiertas, pasear de noche por las calles sin estar aterrorizados, ir de paseo por las montañas, todavía cubiertas de exuberante vegetación.

Pero este paraíso existe sólo en sus mentes. Los puertorriqueños ya se han unido al primer mundo y están envueltos profundamente con los intereses norteamericanos.

Los puertorriqueños han contribuido con más de $500,000 a las campañas políticas de Estados Unidos. Nosotros tenemos nuestras razones. El resultado de la votación en el Senado podría tener un gran impacto. Toda vez que nosotros, prácticamente, no contamos con recursos naturales, la independencia, con toda seguridad perjudicaría la economía de Puerto Rico. Significaría pobreza, servicios de salud y educación deteriorados, una infraestructura desintegrada y, lo peor de todo, la desaparición de la clase media puertorriqueña.

En 1976 viví en México por un año y aprendí a qué se asemeja vivir en una nación que se llama a sí misma una democracia, pero donde una pequeña clase de ricos domina a la vasta mayoría que es pobre. Puerto Rico es diferente. Su fuerte clase media está situada aparte. Nuestro ingreso promedio por familia es de $27,000 número ingreso anual per cápita es de $8,500, comparado con $4,000 en la mayor parte de América Latina.

La mayoría de los puertorriqueños aprecia la ciudadanía estadounidense. Representa para nosotros la estabilidad económica y la seguridad de las libertades civiles y de la democracia. Por otro lado, nosotros queremos nuestra lengua y nuestra cultura. Así, la situación de Puerto Rico, históricamente, ha sido una paradoja.

Viviendo en la Isla, hemos visto de cerca el drama de nuestra situación. He sobrevivido dos plebiscitos, ambos no obligatorios, y he votado por la independencia. Era la única solución honorable, porque perder nuestra cultura y lengua hubiese sido una forma de suicidio espiritual.

Pero las condiciones han cambiado. Los latinos son la minoría de mayor crecimiento en Estados Unidos; para el 2010, se espera que sus cifras alcancen los 39 millones, más que la población de la mayoría de las repúblicas latinoamericanas. El bilingüismo y el multiculturalismo son aspectos vitales de la sociedad estadounidense. El condado de Dade, en la Florida, es hispano en alrededor de un 60 por ciento. La ciudad de Nueva York, Los Angeles, Houston y Chicago, todas cuentan con grandes poblaciones hispanas. La realidad es que a nosotros ya no se nos puede "hacer desaparecer".

El presidente Bill Clinton declaró recientemente, en términos indubitables, que para llegar a ser estado, Puerto Rico no debe ser obligado a adoptar el inglés como su único idioma oficial y, por lo tanto, tampoco a abandonar posiblemente su cultura hispana. La decisión sobre el idioma, dijo, hay que dejarla a los puertorriqueños, como fue con el caso de Hawai, donde tanto el inglés como el dialecto hawaiano se convirtieron en idiomas oficiales. La observación de Clinton reconocía que la diversidad étnica ha llegado a ser un valor fundamental en Estados Unidos.

Los puertorriqueños han sido norteamericanos desde 1898 y nuestra cultura e idioma siguen siendo tan saludables como nunca. Ya no somos pobres, desnutridos o anémicos. nosotros somos: bilingües, mulato-mestizos, y orgullosos de ello. Ya no tenemos que temer que "el otro" nos devore.

Nosotros hemos llegado a ser el otro. Como puertorriqueña y norteamericana creo que nuestro futuro como comunidad es inseparable, cultura e idioma, pero también y vehementemente comprometida con el mundo moderno. Es por eso que voy a apoyar la estadidad en el próximo plebiscito.

Esta columna se publicó en The New York Times el jueves 19 de marzo de 1998 y su traducción en El Nuevo Día el lunes 23 de marzo de 1998.

" Carta abierta a Pandora" de Ana L. Vega

Para Rosario Ferré


¿Quién eras tú, Pandora, cuando en la turbulenta década de los setenta creaste la más explosiva revista puertorriqueña de vanguardia literaria? ¿Quién eras, cuando en el 76 diste a luz las inolvidables páginas de un libro luminoso que abrió caminos de libertad para toda una generación de escritoras?

¿Serías la misma que hace unos días, bajo el manoseado eslogan de "Puerto Rico USA", le entregara al New York Times una tan triste apología de la asimilación? Serías la misma que, el pasado 19 de marzo, proclamándose "más americana que John Wayne", le anunciara alegremente a nuestros conquistadores que por fin habíamos llegado a ser como ellos?

Desde que despuntaste como estrella literaria en el panorama cultural de nuestro país, hace más de veinticinco años, he seguido tus pasos con entusiasmo y orgullo. Como colega de oficio, he tenido el honor de haber compartido tribuna contigo en múltiples foros, y figurado junto a ti en numerosas publicaciones. La lealtad y el respecto a tu obra y a tu persona son las razones que me mueven a dedicarte hoy esta columna, inspirada menos por la indignación que por el desencanto.

El que hayas cambiado de afiliación política no es motivo de alarma. Ni la primera ni la última serías en haberlo hecho. ¡Si hasta Muñoz Marín alegó "errores de juventud" cuando se puso la pava! Lo que asombra, más bien, es la discutible calidad de los argumentos que esgrimes para justificar el cambio.

En tu artículo, defines al puertorriqueño como un "ser híbrido", una especie de monstruo de dos cabezas y dos almas. Tu freudiana interpretación de la realidad nacional postula campechanamente la coexistencia armónica de "un ego hispano" (ni siquiera boricua) y un "ego norteamericano". En tu fértil imaginación, el primero está encarnado por Chita Rivera, la vedette de Broadway, la sandunguera Anita de la versión teatral de West Side Story. El segundo, a juzgar por la imagen de vaquero machote y mataindios que has escogido para representarlo, debe ser todo un señor superego. Aquí entre nos, no vayas a creer que te estoy reprochando tu afición por el Western. A cada cual sus gustos cinematográficos. Pero, ¿no te parece que pudiste haber escogido un símbolo más noble como representación de la nación a la que quieres integrarnos?

La selección es bastante significativa. En virtud de ese extraño síndrome de Jekyll y Hyde que reclamas como identidad profunda del puertorriqueño, te instalas ingenuamente en el reino de los estereotipos, experimentando un curioso cambio de sexo al pasar de lo "hispano" a lo "norteamericano". Aunque todo esto de la hibridez podría resultar muy fascinante como exploración autobiográfica, la pretensión de proyectar tu condición personal sobre la totalidad del país me parece un tanto arriesgada.

Tu teoría, por otra parte, tiene un sospechoso trasunto a mitología estadolibrista de los cincuenta. Sí, chica, -te acuerdas?- aquella letanía de la esquizofrenia portorricensis cantaleteada sin piedad desde la etapa prenatal para colonizarnos hasta las entretelas: dos lenguas, dos himnos, dos gobiernos, dos banderas, "pollito chicken, gallina hen, lápiz pencil y pluma pen". No hay aquí, si vamos a ver, grandes sorpresas. Cualquier semejanza entre tus opiniones, la criatura bautizada con el exótico nombre de "estadidad jíbara" y la rancia doctrina de la "Vitrina del Caribe", ¿será pura coincidencia?

Algo más desconcertante es tu peregrina afirmación de que "los puertorriqueños ya se han unido al primer mundo". Antes que nada, habría que precisar a cuáles de nuestros compatriotas te estás refiriendo. ¿No será, por casualidad, a aquéllos que -según nos informas- "han contribuido con más de $500,000 a las campañas políticas de los Estados Unidos? Los demás, que yo sepa, andan por ahí chiripeando a brazo partido y camuflando su pobreza tras los cheques de alimentos. Y el resto -no se te vaya a olvidar- alzó el vuelo rumbo al Norte hace bastante tiempo, cuando al gobierno le dio con promover la mudanza al cielo gringo como solución a la miseria y el desempleo. Tan "primer mundo" no puede ser un país que tiene la mitad de su población errante y la otra mitad encadenada al mantengo.

A esos boricuas emigrados, dicho sea de paso, no les reservas un trato muy tierno, actitud algo contradictoria para toda una "US Latino writer". Primero, invocas a San Alejo para que los aleje del plebiscito, por aquello de que sus supuestas simpatías independentistas no vayan a "privar del derecho a la ciudadanía americana a la próxima generación de puertorriqueños". Luego (palo si bogas y palo si no bogas), no sólo los críticas por idealizar al país que perdieron, sino también por denunciar la devastación ecológica y social que ha traído a la isla el progreso a la americana.

La soberanía es imposible porque "prácticamente, no contamos con recursos naturales", sentencias montada en ese viejo y cansado caballo de Troya de los estadistas. A esa trillada observación le sigue otra igualmente predecible sobre el deprimido per cápita de los desposeídos del hemisferio. Tu voz me trae ecos de aquellas maestras de Estudios Sociales de nuestra educación primaria que, día tras día, nos machacaban la dependencia y la impotencia, mientras nos vacunaban, con inyecciones de arrogancia, contra la solidaridad latinoamericana.

Como las dos Isabeles de tu célebre cuento, se enfrentan hoy tal vez, en ese campo de batalla que es la página, dos escritoras. Ojalá, querida Pandora, que aquélla que una vez abofeteara la cara hipócrita de la sociedad con la explosiva verdad de sus papeles, no se haya rendido ante la que hoy derrama estereotipos y clisés en apoyo a una postura desmentida por sus libros. Ojalá que ese artículo tan poco afortunado fuera la obra de una mano alevosa que, amparada en el prestigio de tu nombre, hubiera puesto todo su vano esfuerzo en empañarlo.

Tan "primer mundo" no puede ser un país que tiene la mitad de su población errante y la otra mitad encadenada al mantengo

"Majestad negra" Luis Palés Matos


Por la encendida calle antillana
Va Tembandumba de la Quimbamba
--Rumba, macumba, candombe, bámbula---
Entre dos filas de negras caras.
Ante ella un congo--gongo y maraca--
ritma una conga bomba que bamba.
Culipandeando la Reina avanza,
Y de su inmensa grupa resbalan
Meneos cachondos que el congo cuaja
En ríos de azúcar y de melaza.
Prieto trapiche de sensual zafra,
El caderamen, masa con masa,
Exprime ritmos, suda que sangra,
Y la molienda culmina en danza.
Por la encendida calle antillana
Va Tembandumba de la Quimbamba.
Flor de Tórtola, rosa de Uganda,
Por ti crepitan bombas y bámbulas;
Por ti en calendas desenfrenadas
Quema la Antilla su sangre ñáñiga.
Haití te ofrece sus calabazas;
Fogosos rones te da Jamaica;
Cuba te dice: ¡dale, mulata!
Y Puerto Rico: ¡melao, melamba!
Sus, mis cocolos de negras caras.
Tronad, tambores; vibrad, maracas.
Por la encendida calle antillana
--Rumba, macumba, candombe, bámbula--
Va Tembandumba de la Quimbamba.

"Las malas palabras" Eduardo Galeano


Ximena Dahm andaba muy nerviosa, porque aquella mañana iba a iniciar su vida en la escuela. Corriendo iba de un espejo al otro, por toda la casa; y en uno de esos ires y venires, tropezó con un bolso y cayó desparramada al piso. No lloró, pero se enojó:

--¿Qué hace esta mierda acá?

La madre educó:

--Mijita, eso no se dice.

Y Ximena, desde el piso, curioseó:

--¿Para qué existen, mamá, las palabras que no se dicen?

"Llámenme Gloria" de Ana L. Vega

Llámenme Gloria

Por: Ana Lydia Vega
Escritora
jueves, 5 de julio de 2001

EXCÚSENME SI empiezo por presentarme. Aunque llevo más de cien años ondeando bajo el cielo de esta hospitalaria Antilla, razones tengo para pensar que sigo siendo, entre ustedes, una total desconocida. Aquí donde me ven, acabo de celebrar mis dos siglos y cuarto de vida. Saquen cuenta los incrédulos .

En 1776, el general George Washington me declaró estandarte del Ejército Continental que puso a correr como cucarachas a los ingleses. Todavía en aquel momento no me engalanaba la brillante constelación que más tarde vendría a realzar la sobria elegancia de mis franjas rojas y blancas. Un año después, el Congreso de los Estados Unidos premió mi distinguidísima carrera subversiva ascendiéndome al pabellón nacional de la primera república de las Américas. Salí pues de las humildes y laboriosas manos de doña Betsy Ross cosida, lavada y perfumada para mi estreno mundial. Soy, por si no lo sabían, la bandera revolucionaria más antigua del hemisferio occidental.

Cuando la posibilidad del regicidio ni siquiera rozaba la imaginación de los europeos, ya yo inspiraba sueños de rebelión en las 13 colonias británicas. Mi histórica gesta fue -si se me permite esa pequeña inmodestia- ejemplo libertador para los miserables de Francia, los esclavos de Haití y los criollos latinoamericanos.

Admitan, a la luz de mi apasionante biografía, que el simpático apodo de "Old Glory" me sienta de maravilla. Me lo endilgó mi amigo el capitán Driver, a quien por siempre le agradeceré el haberme salvado el pellejo durante la guerra civil. Mención especial también merece Francis Scott Key, autor del célebre poema promovido a himno que acabó de consolidar mi estrellato. Con semejante pedigrí, les juro por la Campana de la Libertad que siempre viví en la absoluta certeza de un futuro decente.

No estaba nada preparada para el mal rato que la historia me tenía en remojo. Cuando rugieron los cañones de la Guerra Hispanoamericana, se revolcaron en sus tumbas los Founding Fathers. ¡Qué escándalo sin precedentes! ¡Los inventores del independentismo, los campeones del anticolonialismo convertidos, poco más de un siglo después, en vulgares invasores de islas indefensas!

Intentos de tapar el cielo con la mano no faltaron. Mientras los más hipócritas invocaban la solidaridad internacional, los más cínicos se amparaban en la doctrina del Destino Manifiesto. Y todos continuaron, felices y contentos, celebrando el 4 de julio con fuegos artificiales. ¿Para eso fue que me engancharon, a son de trompetas, las tropas del general Miles en las astas mohosas que dejó vacante la bandera española? Cada vez que me acuerdo, se me quieren caer de vergüenza las estrellas. De tanto abuso que presencié, me agarró una depresión galopante. Perdí la alegría de flotar. Me dejaba izar y arriar sin entusiasmo mientras meditaba franjibaja sobre las contradicciones genéticas del homo americanus.

Un buen día, abrí los ojos y vi que no estaba sola. Allí, mirándome de lo más carifresca, daba bandazos al viento una especie de cruce entre la bandera de Cuba y la de Texas. Me pareció increíble que fuera la de Puerto Rico. Delante de mí, por lo menos, nadie había proclamado ninguna independencia. Confieso que me alegré. Bastantes sufrimientos le había costado a la pobre llegar a treparse en ese palo. En los 49 años que llevamos juntas, no he hecho más que escuchar su lamento borincano: que estuvo más de medio siglo metida en el clóset; que los mismos que la sacaron luego la persiguieron; que los del otro bando igual la fastidiaron; que todavía hoy, cuando por fin la reconoce el pueblo entero, tiene que seguir de rabo mío, colgada como un cero a mi izquierda... Yo la dejo pataletear y desahogarse sin decir ni esta boca es mía. A estas alturas, no estoy para meterme a sicóloga. Sépase, por si las dudas, que yo también tengo mis traumas. Sospecho que me estoy quedando ciega. O, a lo mejor, me estoy poniendo vieja.

Lo cierto es que me resulta cada vez más difícil distinguir a mis fanáticos de mis críticos. En realidad, de un tiempo para acá, me asustan muchísimo más los primeros. Aquellos que se esgalillan vociferando insultos en defensa mía, los que me agitan como pandereta de parranda y hasta me encaraman con grúas en los postes de la luz, me lucen mucho más alejados de mi credo que los que antes me desgarraban o me pegaban fuego en nombre de la justicia.

PÓNGANLE EL sello: la estadía prolongada en una colonia termina por nublar el entendimiento. Eso me cantaletea día y noche mi colega la monoestrellada.

Mientras tanto, la banderita azul celeste de Isla Nena se ha ido aguzando. Últimamente, le ha dado con invitarme a la desobediencia y créanme que lo he considerado. Estoy loca porque se vaya la Marina, a ver si se me cicatriza la autoestima.

Antes de despedirme, estimados amigos y vecinos, permítanme un pequeño consejo. En vez de estrujarme y zarandearme como a un infame trapo de fregar, descubran mi verdadera identidad de bandera libertaria. Y, por aquello de ayudarme a rescatar mi "standing" ancestral, háganme un gran favor: llámenme Gloria.