sábado, 18 de enero de 2014

De homo sapiens, chimpacés y bonobos. Por Carla Canina Meléndez

(Publicado en 80 grados el 12 de abril de 2013)
Recuerdo como hoy el día en que me supe homosexual. Estaba en mi adolescencia, grado once, me deprimí por 1 año, me aislé a llorar y  reflexionar. Sentía vergüenza, pues pensaba que lo que toda mi vida habían murmurado a mis espaldas era cierto. Siempre fui rara, nunca me gustaron las princesas, me parecía tonta esa fragilidad envuelta en trajes de encaje y diademas con brillo. La idea de jugar a ser rescatada me parecía aburridísima, así que de niña cuando jugaba en mi soledad quería ser heroica como Tarzán, o Batman, ser la dueña de mi destino y vivir aventuras como Luke Skywalker o Indiana Jones, y cuando veía novelas en la TV me gustaba Sully Díaz, pero quería ser Salvador Pineda. No era que yo quisiera ser hombre, pero no me satisfacía la idea de ser mujer. En mis juegos solitarios la pregunta del género siempre quedaba sin respuesta, como si ya desde la infancia intuyera que debía haber una categoría mejor, un “no sé qué” más amplio que me permitiera la libertad de ser yo misma y no un personaje creado por mi sociedad.
Así que de cara a reconocerme lesbiana, aceptarme, tener una vida digna y ser feliz estaba el gran problema de la religión judeo-cristiana y su promesa de infierno a todo aquel que violara ciertas reglas, escritas hace siglos, para una etnia sin tierra, que se sentía elegida por su “dios” –Yaveh o Jeovah-, allá en el Medio Oriente. Así que por ahí comenzó la búsqueda, una búsqueda sin mapa y sin norte, hacia recuperar para mí y otros homosexuales la humanidad.
El problema radicaba en que siempre fui muy devota, pues mi familia era católica y aunque mi abuela muy temprano en mi infancia me condenó al infierno por la exploración sexual precoz, no fue hasta el momento de la confirmación –cuando ya me sabía gay- que me empezó a caer mal el “dios” de los cristianos. Y fue esa situación con Moisés que narra el Éxodo en la Biblia la que me abrió los ojos. Me era inverosímil creer que un ser tan poderoso como “dios”, sediento de súbditos que lo adoraran para mantener su poder en la tierra, solo se comunicara de manera efectiva con los judíos y no con los egipcios. Después de todo, los egipcios eran muy devotos y creyentes también, lo adoraban de una manera distinta pero no por falta de fe, sino porque tenían una cultura distinta y lo veían de forma distinta. Uno podría pensar que el gran pecado de los egipcios era tener esclavos y por eso un Dios bueno, como es de esperarse, liberaría a los pobres judíos y castigaría a los egipcios por abusadores. Eso tenía sentido. Mas no, lo que me explicó el diácono en aquel momento fue que “dios” liberó a los judíos porque eran el pueblo elegido, o sea, porque de todos los homo sapiens que habitan la tierra y le rinden culto en diferentes idiomas y formas, los judíos eran los preferidos por “dios”.  ¿No es eso raro? A mí me pareció inverosímil y poco divino, así que me dediqué a estudiar otras creencias.
Descubrí que todas las etnias de la especie homo sapiens en el planeta se piensan elegidas por “dios”; todas piensan que su “dios” es el verdadero y que ellos le rinden culto de la manera correcta -cosa que otras etnias de homo sapiens desconocen y por eso están condenadas al pecado. El culto casi siempre se caracteriza por una suerte de obediencia incondicional, fe ciega, xenofobia, misoginia, racismo, homofobia y una cuota de sangre que varía según la religión y sus líderes. Salvo por algunas espiritualidades como el budismo, el hinduismo y el jainismo que practican el Ahimsa o la no-violencia y el respeto a la vida, las demás religiones como el judaísmo, el islam, el cristianismo y sus sectas, predican una suerte de “nacionalismo religioso” en el que se separan a los elegidos de los infieles y a los segundos se les puede asesinar sin que esto constituya un pecado.
Los aztecas pensaban exactamente esto, que ellos eran los elegidos de “dios” y este a cambio les exigía que hicieran la guerra a las tribus vecinas para capturar prisioneros que luego debían sacrificar en su nombre. Los cristianos también se pensaban “elegidos” y por eso acabaron con los celtas, árabes, judíos, musulmanes, incas, aztecas, taínos y africanos (entre otros); además de torturar y quemar a mujeres, pelirrojas, alquimistas, libre pensadores, comunistas e infieles por varios siglos y todo en nombre de “dios”. Los musulmanes extremistas creen en la guerra santa y la ley del talión; y en la subordinación extrema de la mujer al hombre, al punto que la pedofilia es legal y hombres mayores de 30 años suelen casarse con –o comprar– niñas desde los 7 años de edad, además de tener la libertad de asesinarlas si encuentran la justificación adecuada desde el punto de vista patriarcal-religioso. Los judíos, víctimas del genocidio más grande de la modernidad –luego, claro, de la esclavitud de los africanos– ahora que finalmente los vencedores de la Segunda Guerra Mundial les han concedido la tierra prometida por “dios” hace tantos siglos atrás, se sienten en el absoluto derecho de eliminar de la faz de la tierra a Palestina como nación y si pueden como etnia también. Después de todo, está escrito en la Biblia, el Corán y en la Torah, el que no adore a “dios” de la manera correcta debe ser eliminado.
Así que me alejé del cristianismo, me pareció que ese anciano, barbudo y colérico, que Jesús trató de transformar sin éxito en un verdadero Dios de amor y paz, que predicaba filosofías como: “el que esté libre de pecado que tire la primera piedra”, “ama a Dios sobre todas las cosas, y al prójimo como a ti mismo” o el planteamiento súper poderoso de “al que te abofetee la mejilla izquierda, ofrécele la derecha”, era simplemente un ardid del patriarcado para controlar y dominar a los hombres y sus mujeres y deshumanizar a los diferentes hasta eximirlos de la compasión. Después de todo, a Jesús lo mataron, como a Gandhi, Martin Luther King y John Lennon, por ser un pacifista-amoroso. Su pacifismo desafiaba la ley judía, su prédica desafiaba la pena de muerte, la misoginia, la xenofobia, el racismo, el derecho a la venganza y a la guerra, y también la homofobia. Jesús murió “por nuestros pecados” y por reformar el judaísmo arcaico, y sin embargo sus seguidores enarbolan su nombre mientras leen el antiguo testamento para justificar su odio al otro y a la mujer, bajo la bandera de “dios Jesucristo”, un pacifista muerto en la cruz.
Hace poco descubrí, leyendo el libro The Moral Lives of Animals, de Dale Peterson –el cual recomiendo profundamente– que el homo sapiens comparte el 90% de sus genes con dos tipos de simios que son nuestros ancestros más cercanos: los chimpancés y los bonobos. Los chimpancés todo el mundo los conoce, estudios han demostrado que comparten con nosotros mucho de nuestro comportamiento, por ejemplo nuestra violencia y competitividad. Desde prácticas inusuales y mal vistas –por ellos y nosotros- como el infanticidio y el canibalismo, hasta prácticas que nos caracterizan como especie, como el uso de herramientas, la organización jerárquica patriarcal, las alianzas políticas, los complots para destronar a un líder y la guerra organizada y premeditada contra comunidades de chimpancés vecinos. Por otro lado, los bonobos o chimpancés pigmeos, son prácticamente desconocidos. Los hallazgos de muchas investigaciones han sido poco difundidos, en cierta media por censura y tabú. Y es que los bonobos comparten con nosotros comportamientos que nos caracterizan como especie y que inclusive han sido la piedra angular para erigir nuestro antropocentrismo. Lo que nos hace creernos la especie superior y preferida de “dios”, lo que justifica nuestro distanciamiento del mundo animal.
Estos simios, que viven en una región particular del Congo, muy rica en alimentos y hierbas con alto contenido en proteínas, se organizan políticamente en matriarcados. Tienen un tamaño más pequeño que los chimpancés, proporciones corporales más humanoides, y mucho más pelo en la cabeza que tiende formar una partidura al medio. Caminan erguidos el 25% del tiempo, son mucho menos violentos y ruidosos que los chimpancés y han sido descritos como la especie “make love not war” del mundo animal. Y es que los bonobos son mucho más pacíficos y sexuales que los chimpancés. No es que no ocurran episodios violentos entre ellos, pero son mucho menos comunes que entre los chimpancés. Tienden a compartir el alimento y ser mucho más solidarios entre sí y además utilizan la sexualidad para resolver muchos de sus conflictos. Esta es la razón por la que apenas se conoce de ellos: los bonobos comparten con el homo sapiens todas las prácticas sexuales, el Kama Sutra entero, desde el sexo cara a cara, la masturbación, el homosexualismo, las diversas formas de sexo oral, el sexo en grupos, en fin, el sexo como recreación y no estrictamente para la reproducción.
En el 1986, como parte de la investigación del primatólogo Takayoshi Kano sobre los bonobos, se presenció un hecho muy revelador con relación al temperamento de estos simios. Las observaciones de su comportamiento se realizaban en campo abierto, se les ponía como carnada trozos de caña de azúcar para poder atraerlos y así ser observados por los científicos. La pregunta que muchos investigadores se hacían era: ¿Qué pasa si dos clanes de Bonobos llegan a la vez a comer a la zona de investigación? Finalmente el tan intrigante suceso ocurrió ante los ojos del investigador Gen’ishi Idani; dos comunidades distintas de Bonobos llegaron al campo a buscar la caña de azúcar. En primera instancia ambos grupos permanecieron escondidos en la maleza observándose. Eventualmente cada grupo fue acercándose tímidamente. Se sentaron, se miraron y emitieron llamados. Pasaron unos 30 minutos muy tensos, finalmente una hembra del grupo P cruzó al lado del otro grupo y tuvo sexo con una hembra del grupo E. Eso fue suficiente para romper el hielo y liberar la tensión pacíficamente, ambos grupos se acercaron, se mezclaron y comieron caña de azúcar tranquilamente. Durante dos meses ambos grupos de Bonobos se encontraron pacíficamente a comer la caña de azúcar, además de hacerse “grooming” y tener contacto sexual entre individuos de grupos contrarios. Este tipo de conducta sería impensable entre grupos de chimpancés, pues los machos están inclinados a matar a los machos extraños de otras comunidades y tener sexo con una hembra en celo, inclusive dentro de la misma comunidad lo cual es muy difícil, pues el sexo entre chimpancés está regulado por el rango y la jerarquía de los machos y el Alfa es siempre el que tiene el derecho. Algo así como en algunas sectas religiosas pseudo-cristianas donde los pastores deben poseer sexualmente a todas las hembras feligresas una vez llegadas a la pubertad o antes de casarse. Cosa que no pasa entre los bonobos, donde todos los machos tienen posibilidades de tener sexo con todas las hembras e inclusive entre machos. Son monos más felices.
En fin, que hay tantas religiones como circunstancias climatológicas, etnias y especies. Y que las religiones dominantes en la actualidad operan desde una lógica arcaica, patriarcal y altamente violenta, muy cercana a nuestros primos los chimpancés, que creen que el macho alfa, sacerdote, imán, o rabino debe controlar al resto de la comunidad y regular la sexualidad de las hembras;  y los infieles, los extranjeros, los raros, los extraños, los diferentes y los homosexuales deben mantenerse al margen (ir al infierno) o morir. Mientras, hay otras espiritualidades y modos de pensar modernos que se acercan más a nuestras primas las bonobos, que practican la filosofía “haz el amor y no la guerra” y suelen ser o aspiran a ser más compasivas y receptivas con los diferentes, los extranjeros, los de otras religiones, los hombres, las mujeres, los homosexuales, los negros, los animales, el planeta en general. Por eso las revoluciones importantes de los últimos dos siglos (XX y XI) se están dando en el terreno de los derechos humanos, animales y ambientales. Muchos ya sabemos que el “bullying” del sistema mítico-patriarcal-capitalista es un artificio para esclavizarnos y no lo vamos a permitir.

Tengo una relación de 6 años con mi compañera –que algún día me encantaría legalizar–; no ha representado una amenaza al sol de hoy, ni a nuestras familias con relaciones heterosexuales cristianas, ni a nuestros amigos con relaciones heterosexuales. Somos una gran familia, entre amigos y familiares, llena de amor y comprensión, que no cambiaría nunca por una familia tradicional-patriarcal, llena de odio, prejuicios y coerción. Y quizás esta es la verdadera amenaza de los homosexuales, el feminismo y los negros a la familia “tradicional”: que sus miembros tengan la libertad de buscar la felicidad sin sentir culpa de ser lo que son, pues la culpa y el miedo son herramientas para el control de masas. Hay personas en cada uno de estos grupos religiosos y la infinidad de posibles grupos que no he mencionado aquí, que sienten en su interior el llamado del amor y la paz y son compasivos y sensibles a la vida no importa cómo esta se manifieste y no importa qué religión practiquen. Después de todo, es más elevado y difícil practicar la paz y el amor, que el odio y la guerra. La expresión moral más pura, en su concepción más básica, esencial y verdadera, si fuese aplicada por nosotros homo sapiens resultaría ser unificadora de todas las etnias, clanes y especies y se resumiría en: no hacer a nadie lo que no queremos que nos hagan a nosotros.

Esas mujeres inmorales: las feministas. Por Mercedes Rodríguez

(Publicado en 80 grados el 15 de marzo de 2013)
Acusar de inmorales a las mujeres, en general, y a las feministas, en particular, ha sido un referente en muchas de las discusiones en torno a los derechos humanos de las mujeres en el transcurso de la historia, en todas las épocas y en todas partes del mundo. La cruz de las feministas en Puerto Rico no ha sido diferente.
Paladines de la moral política y religiosa del país han alertado al pueblo sobre lo que llaman nuestras “agendas escondidas” y las califican de peligrosas, pervertidas, promiscuas, antifamilias, pedófilas y “bestialistas” –actos a todas luces inmorales-. No es casual la “confusión” ni el insulto: tildar de inmoral a una persona, a una familia, a un colectivo, es una ofensa mayor que pretende aplastar la dignidad y la credibilidad de quienes se ataca. El insulto también va dirigido a paralizar, a silenciar y a cancelar acciones.
Desde la década de los 70 (por mencionar el tramo que tengo más fresco en la memoria de la participación), las feministas hemos sido atacadas, juzgadas, ridiculizadas, carpeteadas, despellejadas y de tantas maneras perseguidas y reprimidas, por expresarnos, por reunirnos, por organizarnos, por denunciar los prejuicios y las injusticias, por defender el valor supremo de la persona y por querer vindicar los derechos de todas las humanas y de todos los humanos.
Poniendo en perspectiva lo que han sido las luchas en cuerpos de mujeres, pienso en la agenda de “inmoralidades” que hemos desarrollado y apoyado durante los últimos 40 años. “Confieso” que, a grandes rasgos y sin pretender agotarla, “la agenda que ya no podemos seguir ocultando”, ha incluido:
(1) Validar las experiencias, miradas y voces de las mujeres y su pertinencia en todas las áreas de desarrollo humano.
(2) Desarrollar y promover en las universidades y centros de estudio, así como en la gestión social y gubernamental, la incorporación de la perspectiva de género: una nueva categoría de análisis, de investigación, de discusión y abordaje, desde la cual se han empezado a repensar y a transformar todos los saberes y las disciplinas académicas que informan las maneras de entender la/s historia/s de la humanidad.
(3) Visibilizar y denunciar las manifestaciones de discrimen por razón de género que emanan de la estructura patriarcal, junto con las diversas instancias de violencia sexual, haciendo conexiones con otras inequidades, como el discrimen en contra de la niñez, de las personas adultas mayores; el discrimen por orientación sexual que afecta las vidas de la personas lesbianas, gays, bisexuales, transexuales y transgéneros; el discrimen por razón de discapacidades, etnia, color, origen nacional o estatus migratorio (que, en Puerto Rico, tanto vulnera a nuestras hermanas dominicanas).
(4) Exigir y apoyar el establecimiento y desarrollo del Centro de Ayuda a Víctimas de Violación, con servicios integrales para mujeres, niñas y niños; incluyendo el derecho de las mujeres a escoger interrumpir el embarazo, de una manera legal y segura,  en caso de violación o incesto.
(5) Establecer la Casa Protegida Julia de Burgos y promover el establecimiento de otros albergues y proyectos de protección, apoyo e intercesoría para víctimas y sobrevivientes de la violencia doméstica, y de sus hijos e hijas.
(6) Participar en la formulación de políticas públicas, legislación y prácticas institucionales y sociales que prohíban el discrimen por razón de género y promuevan la equidad en las familias, la educación, el empleo, la salud, la economía, la cultura y otras instancias de la convivencia y el desarrollo. La Ley 54, para la prevención e intervención con la violencia doméstica, la Ley para la prohibición del hostigamiento sexual en el empleo y la educación y la Ley para la lactancia en el lugar de trabajo, entre otras, son el resultado del activismo feminista.
(7) Promover enmiendas a la legislación para superar las exclusiones en su lenguaje y disposiciones, y para clarificar y asegurar la inclusión en las protecciones legales.
(8) Reclamar el uso de un lenguaje no-sexista que elimine estereotipos y prejuicios, y proponer modelos que integren la perspectiva de género y de derechos humanos en los currículos y las prácticas educativas, que promuevan el respeto al valor y a la dignidad de todas las personas, y que comprometan a individuos y colectivos con la responsabilidad de “construir” la paz con justicia en todos los escenarios de convivencia.
(9) Apoyar estrategias integrales, multidisciplinarias y multisectoriales para la prevención del discrimen y la violencia y para la promoción continua de la paz con justicia.
(10) Denunciar la violencia machista y colonialista en todos los órdenes de la vida, desde lo cotidiano hasta lo estructural, exigiendo el respeto a las libertades civiles, sociales y políticas y a la plena participación de las mujeres.
(11) Defender el derecho a la salud y a la autonomía sexual de las mujeres, incluyendo sus derechos reproductivos y el derecho a la planificación familiar, con acceso a todos los servicios que sean necesarios antes, durante y después del  embarazo, así como el derecho a optar por un aborto legal y seguro si decidiera interrumpirlo.
(12) Denunciar la feminización de la pobreza, exigir justicia salarial y económica, apoyo, vivienda, trabajo y oportunidades de desarrollo para las jefas de familia y sus hijos e hijas.
(13) Colaborar y participar en acciones conjuntas con organizaciones feministas y de derechos humanos locales, caribeñas e internacionales, afines a los derechos humanos y las prácticas de justicia y paz.
(14) Denunciar las injusticias de las instituciones que representan la Justicia, donde persisten prácticas discriminatorias en contra de las mujeres y de grupos tradicionalmente excluidos. (En este renglón de denuncia y vindicaciones, “las feministas inmorales” luchamos en estos momentos por la aprobación de las enmiendas a la Ley 54 para que toda persona, que esté o haya estado en relaciones de pareja, pueda utilizar sus remedios, independientemente de su orientación sexual o de su estatus marital. Respaldamos, también, la adopción libre de discrimen hacia parejas del mismo sexo).
(15) Combatir la violencia de género en los medios de comunicación.
(16) Promover la creación de la Oficina de la Procuradora de las Mujeres con independencia para asumir la defensoría de las mujeres frente a violaciones de sus derechos humanos y ante las persistentes prácticas discriminatorias institucionales y gubernamentales.
(17) Manifestarnos a favor de la excarcelación de prisioneros/as puertorriqueños/as por motivos políticos, como también en contra de la pena de muerte y de las guerras.
(18) Participar en la fundación y desarrollo de organizaciones y colectivos de mujeres que han sido instrumentales en la defensa de los derechos humanos y derechos de las mujeres (y que no me atrevo a enumerar por temor a las trampas del olvido), pero que estoy segura de que, entre las que continúan activas y las que viven en nuestra memoria, pueden sumar más de cincuenta.
(19) Desarrollar, publicar y distribuir materiales educativos (libros, periódicos, hojas sueltas) sobre temas vinculantes a los asuntos de género, para la orientación y capacitación de mujeres y de la comunidad.
(20) Estimular el desarrollo de sensibilidades, actitudes y prácticas militantes de “mujeres ayudando a mujeres” en la denuncia del discrimen,  las violencias y las inequidades de género, y en la promoción de su bienestar individual y colectivo.
La “inmoralidad” feminista se pasó de la raya cuando alteró “la privacidad y la paz familiar” al sacar a la luz conductas como el incesto y la violencia sexual, psicológica y física en las relaciones de pareja. Lo personal se hizo político dejando ver que las reglas patriarcales del “hogar dulce hogar” estaban no solo ocultando la violencia, sino también reproduciéndola. Se descubrió que esa “tradición familiar”, heredada, casi en secreto, de generación en generación causa daños, muchas veces irreparables, en las personas más vulnerables de las familias y, por consiguiente, en todo el tejido social.
Gracias a nuestras “inmorales” denuncias, se colocó bajo sospecha la promesa matrimonial de permanecer juntos “hasta que la muerte nos separe”, con la que se sellaba el rito religioso. Revelamos que, para muchas mujeres, esa promesa se convertía en amenaza de muerte real por la conducta, no muy cristiana, de esposos abusadores, y peor aún, por la indiferencia de instituciones sociales, religiosas y legales que, frente a las señales letales, se hacían de la vista larga en alianza con el machismo institucionalizado en la familia tradicional.
Nada quedaba oculto. Todo lo que se quiso esconder bajo el manto de la unidad familiar quedaba revelado con los testimonios de las mujeres que encontraron en los proyectos feministas la confianza, el apoyo y la protección para compartir las verdades más íntimas y dolorosas. Las miradas feministas se enfocaron en reclamar el respeto por la vida de las mujeres, por su integridad y dignidad, por la paz con justicia. Ante una visión patriarcal de amor de pareja y de unidad familiar en la que había amplio espacio para la violencia, asumimos una respuesta moral inequívoca de rechazo.
Cambiar “el mundo” desde el microespacio personal y familiar, así como desde los espacios comunitarios y políticos, se convirtió en un imperativo de conciencia individual y colectivo para las mujeres que encontramos en el feminismo los fundamentos éticos, los instrumentos y las solidaridades para repudiar la violencia de género y promover la participación de las mujeres y la paz con justicia en todos los frentes.
El feminismo que se desarrolló en Puerto Rico desde la segunda mitad del siglo pasado hasta el presente, con todas las diversidades y contradicciones de sus discursos, logró articular un consenso poderoso contra la violencia machista. Ese consenso se forjó a partir de un principio moral básico, con el que todas las mujeres (independientemente de nuestras diferencias), y muchos hombres solidarios, podemos coincidir: la violencia contra las mujeres es mala porque siempre hace daño, degrada, impide el desarrollo humano, destruye la vida. Además, constituye un obstáculo continuo para la convivencia social y para la paz en las relaciones de pareja y de familia.
Mientras el patriarcado defiende la integridad de la familia (con la violencia escondida y trivializada), el feminismo defiende la integridad de la vida de las personas que constituyen las familias. Mientras el patriarcado quiere deslegitimar y excluir como familias a las personas y parejas que no sean heterosexuales, el feminismo acoge a todas las diversidades de las familias y hace un llamado al amor y al respeto a los derechos humanos de todas las personas. Mientras el patriarcado descalifica maternidades y paternidades ejercidas responsable y amorosamente por parejas del mismo sexo, el feminismo le da la bienvenida a la generosidad y a la libertad del amor, por la vía biológica y no biológica, que acoge, protege, cuida y cría a la niñez. Mientras el patriarcado reclama ser custodio y vigilante de la moral sexual de conveniencia que encubre la violencia y excluye, el feminismo la denuncia y asume la moral social de las solidaridades, la ética de la justicia de la inclusión y la defensa de las familias y de todos sus integrantes, con respeto y sin violencias.

Evidentemente, las feministas, esas “mujeres inmorales”, han hecho algo muy malo: quebraron el sistema y “amenazan” con hacer la paz con justicia; también aman, protegen, defienden, acompañan, sostienen, restauran… y  anuncian ¡con esperanza!…que otro modo de ser, humano y libre… es  posible. “Brillaremos”… con todas las diversidades, todas las voces, todas las vidas: somos todas y somos  “una mujer”* ¡Inmoralidades imperdonables!

miércoles, 16 de octubre de 2013

El cuento envenenado (Rosario Ferré)

Rosaura vivía en una casa de balcones sombreados por enredaderas tupidas y se pasaba la vida ocultándose tras ellos para leer libros de cuentos. Rosaura. Rosaura. Era una joven triste, que casi no tenía amigos; pero nadie podía adivinar el origen de su tristeza. Como quería mucho a su padre, cuando éste se encontraba en la casa se la oía cantar y reír por pasillos y salones, pero cuando él se marchaba al trabajo desaparecía como por arte de magia y se ponía a leer cuentos.
Sé que debería levantarme y atender a los deudos, volver a pasar la bandeja de café por entre mis clientas y la del coñac por entre sus insufribles esposos, pero me siento agotada. Lo único que quiero ahora es descansar los pies, que tengo aniquilados; dejar que las letanías de mis vecinas se desgranen a mi alrededor como un interminable rosario de tedio. Don Lorenzo era un hacendado de caña venido a menos, que sólo trabajando de sol a sol lograba ganar lo suficiente para el sustento de la familia. Primero Rosaura y luego Lorenzo. Es una casualidad sorprendente. Amaba aquella casa que la había visto nacer, cuyas galerías sobrevolaban los cañaverales como las de un buque orzado a toda vela. La historia de la casa alimentaba su pasión por ella, porque sobre sus almenas había tenido lugar la primera resistencia de los criollos a la invasión hacía ya casi cien años. Al pasearse por sus salas y balcones, don Lorenzo sentía inevitablemente encendérsele la sangre y le parecía escuchar los truenos de los mosquetes y los gritos de guerra de quienes en ella habían muerto en defensa de la patria. En los últimos años, sin embargo, se había visto obligado a hacer sus paseos por la casa con más cautela, ya que los huecos que perforaban los pisos eran cada vez más numerosos, pudiéndose ver, al fondo abismal de los mismos, el corral de gallinas y puercos que la necesidad le obligaba a criar en los sótanos. A pesar de estas desventajas, a don Lorenzo jamás se le hubiese ocurrido vender su casa o su hacienda. Como la zorra del cuento, se encontraba convencido de que un hombre podía vender su piel, su pezuña y hasta sus ojos, pero que la tierra, como el corazón, jamás se vende.
No debo dejar que los demás noten mi asombro, mi sorpresa. Después de todo lo que nos ha pasado, venir ahora a ser víctimas de un pila de escritorcito de mierda. Como si no me bastara con la mondadera de mis clientas. “Quién la viera y quién la vio”, las oigo que dicen detrás de sus abanicos inquietos, “la mona, aunque la vistan de seda, mona se queda”. Aunque ahora ya francamente no me importa. Gracias a Lorenzo estoy más allá de sus garras, inmune a sus bájame un poco más el escote, Rosa, apriétame acá otro poco el zipper, Rosita, y todo por la misma gracia y por el mismo precio. Pero no quiero pensar ya más en eso.
Al morir su primera mujer, don Lorenzo se sintió tan solo que, dando rienda suelta a su naturaleza enérgica y saludable, echó mano a la salvación más próxima. Como náufrago que, braceando en el vientre tormentoso del mar, tropieza con un costillar de esa misma nave que acaba de hundirse bajo sus pies, y se aferra desesperado a ella para mantenerse a flote, así se asió don Lorenzo a las amplias caderas y aún más pletóricos senos de Rosa, la antigua modista de su mujer. Restituida la convivencia hogareña, la risa de don Lorenzo volvió a retumbar por toda la casa y se esforzaba porque su hija también se sintiera feliz. Como era un hombre culto, amante de las artes y de las letras, no encontraba nada malo en el persistente amor de Rosaura por los libros de cuentos. Aguijoneado sin duda por el remordimiento, al recordar cómo la niña se había visto obligada a abandonar sus estudios a causa de sus malos negocios, le regalaba siempre, el día de su cumpleaños, un espléndido ejemplar de ellos.
Esto se está poniendo interesante. La manera de contar que tiene el autor me da risa, parece un firulí almidonado, un empalagoso de pueblo. Yo definitivamente no le simpatizo. Rosa era una mujer práctica, para quien los refinamientos del pasado representaban un capricho imperdonable, y aquella manera de ser la malquistó con Rosaura. En la casa abundaban, como en los libros que leía la joven, las muñecas raídas y exquisitas, los roperos hacinados de rosas de repollo y de capas de terciopelo polvoriento y los candelabros de cristales quebrados, que Rosaura aseguraba haber visto en las noches sostenidos en alto por deambulantes fantasmas. Poniéndose de acuerdo con el quincallero del pueblo, Rosa fue vendiendo una a una aquellas reliquias de la familia, sin sentir el menor resquemor de conciencia por ello.
El firulí se equivoca. En primer lugar, hacía tiempo que Lorenzo estaba enamorado de mí (desde mucho antes de la muerte de su mujer, junto a su lecho de enferma, me desvestía atrevidamente con los ojos) y yo sentía hacia él una mezcla de ternura y compasión. Fue por eso que me casé con él y de ninguna manera por interés, como se ha insinuado en este relato. En varias ocasiones me negué a sus requerimientos y, cuando por fin accedí, mi familia lo consideró de plano una locura. Casarme con él, hacerme cargo de las labores domésticas de aquel caserón en ruinas, era una especie de suicidio profesional, ya que la fama de mis creaciones resonaba, desde mucho antes de mi boda, en las boutiques de modas más elegantes y exclusivas del pueblo. En segundo lugar, vender los cachivaches de aquella casa no sólo era saludable sicológica sino también económicamente. En mi casa hemos sido siempre pobres y a orgullo lo tengo. Vengo de una familia de diez hijos, pero nunca hemos pasado hambre, y el espectáculo de aquella alacena vacía, pintada enteramente de blanco y con un tragaluz en el techo que iluminaba todo su vértigo, le hubiese congelado el tuétano al más valiente. Vendí los tereques de la casa para llenarla, para lograr poner sobre la mesa, a la hora de la cena, el mendrugo de pan de cada día.
Pero el celo de Rosa no se detuvo aquí, sino que empeñó también los cubiertos de plata, los manteles y las sábanas que en un tiempo pertenecieron a la madre de Rosaura y su frugalidad llegó a tal punto que ni siquiera los gustos moderadamente epicúreos de la familia se salvaron de ella. Desterrados para siempre de la mesa quedaron el conejo en pepitoria, el arroz con guinea y las palomas salvajes, asadas hasta su punto más tierno por debajo de las alas. Esta última medida entristeció grandemente a don Lorenzo, que amaba, más que nada en el mundo, luego de a su mujer y a su hija, esos platillos criollos cuyo espectáculo humeante le hacía expandir de buena voluntad los carrillos sobre sus comisuras risueñas.
¿Quién habrá sido capaz de escribir una sarta tal de estupideces y de calumnias? Aunque hay que reconocer que el título le va a las mil maravillas; bien se ve que el papel aguanta todo el veneno que le escupan encima. Las virtudes económicas de Rosa la llevaban a ser candil apagado en la casa pero fanal encendido en la calle. “A mal tiempo buena cara, y no hay por qué hacerle ver al vecino que la desgracia es una desgracia”, decía, cuando se vestía con sus mejores galas para ir a misa, y obligaba a don Lorenzo a hacer lo mismo. Abrió un comercio de modistilla en los bajos de la casa, que bautizó ridículamente “El Alza de la Bastilla”, dizque para atraerse a una clientela más culta, y allí se pasaba las noches enhebrando hilos y sisando telas, invirtiendo todo lo que sacaba de la venta de los objetos de la familia en los vestidos que elaboraba para sus clientas.
Acaba de entrar a la sala la esposa del Alcalde. La saludaré sin levantarme, con una leve inclinación de cabeza. Lleva puesto uno de mis modelos exclusivos, que tuve que rehacer por lo menos diez veces, para tenerla contenta, pero aunque sé que espera que me le acerque y le diga lo bien que le queda, haciéndole mil reverencias, no me da la gana de hacerlo. Estoy cansada de servir de incensario a las esposas de los ricos del pueblo. En un principio les tenía compasión: verlas languidecer como flores asfixiadas tras las galerías de cristales de sus mansiones, sin nada en qué ocupar sus mentes que no fuese el bridge, el mariposear de chisme en chisme y de merienda en merienda, me partía el corazón. El aburrimiento, ese ogro de afelpada garra, había ya ultimado a varias de ellas, que habían perecido víctimas de la neurosis y de la depresión, cuando yo comencé a predicar, desde mi modesto taller, la salvación por medio de la Línea y del Color. La Belleza es, no me cabe la menor duda, la virtud más sublime, el atributo más divino de las mujeres. La Belleza todo lo puede, todo lo cura, todo lo subsana.
Con la ayuda de Lorenzo me suscribí a las revistas más elegantes de París, de Nueva York y de Londres y comencé a publicar en La Gaceta una homilía semanal, en la cual señalaba cuáles eran las últimas tendencias de la moda. Si en el otoño se llevaba el púrpura magenta o el amaranto pastel, si en la primavera el talle se alforzaba o se plisaba, si en el invierno los botones se usaban de carey o de nuez, todo era materia de dogma, artículo apasionado de fe. El taller pronto se volvió una colmena de actividad, tantas eran las órdenes que recibía y tantas las visitas de las damas que venían a consultarme los detalles de sus últimas “tenues”.
El éxito no tardó en hacernos ricos y todo gracias a la ayuda de Lorenzo, que hizo posible el milagro vendiendo la hacienda y prestándome el capitalito que necesitaba para ampliar mi negocio. Por eso hoy, el día aciago de su sepelio, no tengo que ser fina ni considerada con nadie. Estoy cansada de tanta reverencia y de tanto halago, de tanta dama elegante que necesita ser adulada todo el tiempo para sentirse que existe. Que la esposa del Alcalde se alce su propia cola y se huela su propio culo. Prefiero mil veces la lectura de este cuento infame a tener que hablarle, a tener que decirle qué bien se ha combinado hoy, qué maravillosamente le sientan su mantilla de bruja, sus zapatos de espátula, su horrible bolso.
Don Lorenzo vendió su casa y su finca y se trasladó con su familia a vivir al pueblo. El cambio resultó favorable para Rosaura: recobró el buen color y tenía ahora un sinnúmero de amigas y amigos, con los cuales se paseaba por las alamedas y los parques. Por primera vez en la vida dejó de interesarse por los libros de cuentos y, cuando algunos meses más tarde su padre le regaló el último de ellos, lo dejó olvidado y a medio leer sobre el velador de la sala. A don Lorenzo, por el contrario, se le veía cada vez más triste, zurcido el corazón de pena por la venta de sus cañas.
Rosa, en su nuevo local, amplió su negocio y tenía cada vez más parroquianas. El cambio de localidad sin duda la favoreció, ocupando éste ahora por completo los bajos de la casa. Ya no tenía el corral de gallinas y puercos algarabeándole junto a la puerta y su clientela subió de categoría. Como estas damas, sin embargo, se demoraban en pagar sus deudas y Rosa, por otro lado, no podía resistir la tentación de guardar siempre para sí los vestidos más lujosos, su taller no acababa nunca de levantar cabeza. Fue por aquel entonces que comenzó a martirizar a Lorenzo con lo del testamento: “Si mueres en este momento, tendré que trabajar hasta la hora de mi muerte para pagar la deuda”, le dijo una noche antes de dormirse, “ya que con la mitad de tu dinero no me será posible ni comenzar a hacerlo”. Y como don Lorenzo se negara a desheredar a su hija para beneficiarla a ella, comenzó a injuriar y a insultar a Rosaura, acusándola de soñar con vivir siempre del cuento, mientras ella se descarnaba los ojos y los dedos cosiendo y bordando para ellos. Y antes de darle la espalda para extinguir la luz del velador, le dijo que ya que era a su hija a quien él más quería en el mundo, a ella no le quedaba más remedio que abandonarlo.
Me siento curiosamente insensible, indiferente a lo que estoy leyendo. He comenzado a sentir frío y estoy un poco mareada, pero debe ser la tortura de este velorio interminable. No veo la hora en que saquen el ataúd por la puerta y esta caterva de maledicientes acabe ya de largarse a su casa. Comparados a los chismes de mis clientas, los sainetes de este cuento insólito no son sino alfileretazos vulgares, que me rebotan sin que yo los sienta.
Me porté bien con Lorenzo; tengo mi conciencia tranquila. Eso es lo único que importa. Insistí, es cierto, en que nos mudáramos a la capital y todos nos beneficiamos por ello; insistí, es cierto, en que me dejara a mí el albaceazgo de todos sus bienes, porque me consideré mucho más capacitada que Rosaura, que anda siempre con la cabeza en las nubes, para administrarlos. Pero jamás lo amenacé con abandonarlo. Los asuntos de la familia iban de mal en peor y la ruina amenazaba cada vez más de cerca a Lorenzo, pero a éste no parecía importarle. Al llegar el día del cumpleaños de su hija le compró, como siempre, su tradicional libro de cuentos. Rosaura, por su parte, decidió cocinarle a su padre aquel día una confitura de guayaba, de las que antes solía confeccionarle su madre. Durante toda la tarde removió sobre el fogón el borbolleante líquido color sanguaza y en varias ocasiones le pareció ver a su madre entrar y salir, por pasillos y salones, transportada por el oleaje rosado de aquel perfume que inundaba toda la casa.
Aquella noche, don Lorenzo se sentó feliz a la mesa y cenó con más apetito del que había demostrado en mucho tiempo. Terminada la cena, le entregó a Rosaura su libro, encuadernado, como él siempre decía riendo, en “cuero de corazón de alce”. Haciendo caso omiso de los acentos circunflejos que ensombrecían de ira el ceño de su mujer, padre e hija admiraron juntos el opulento ejemplar, cuyo grueso canto dorado hacía resaltar elegantemente el púrpura de las tapas. Inmóvil sobre su silla, Rosa los observaba en silencio, con una sonrisa álgida escarchándole los labios. Llevaba puesto aquella noche su vestido más lujoso, porque asistiría con don Lorenzo a una cena de gran cubierto en casa del Alcalde y no quería por eso alterarse ni perder la paciencia con Rosaura.
Don Lorenzo comenzó entonces a embromar a su mujer y le comentó, intentando sacarla de su ensimismamiento, que los exóticos vestidos de aquellas reinas y grandes damas que aparecían en el libro de Rosaura bien podrían servirle a ella de inspiración para sus modelos. “Aunque para vestir tus opulentas carnes se necesitarían varias resmas de seda más de las que necesitaron ellas, a mí no me importaría pagarlas, porque tú eres una mujer de veras y no un enclenque maniquí de cuento”, le dijo pellizcándole solapadamente una nalga. ¡Pobre Lorenzo! Es evidente que me quería, sí. Con sus bromas siempre me hacía reír hasta saltárseme las lágrimas. Congelada en su silencio apático, Rosa encontró aquella broma de mal gusto y no demostró por las ilustraciones y grabados ningún entusiasmo. Terminado por fin el examen del lujoso ejemplar, Rosaura se levantó de la mesa, para traer la fuente de aquel postre que había estado presagiándose como un bocado de gloria por toda la casa, pero al acercársela a su padre la dejó caer, salpicando inevitablemente la falda de su madrastra.
Hacía ya rato que algo venía molestándome y ahora me doy cuenta de lo que es. El incidente del dulce de guayaba tomó lugar hace ya muchos años, cuando todavía vivíamos en el caserón de la finca y Rosaura era aún una niña. El firulí se equivoca: ha alterado descaradamente la cronología de los hechos, haciendo ver que éstos tomaron lugar recientemente, cuando es todo lo contrario. Hace sólo unos meses que Lorenzo le regaló a Rosaura el libro que dice, en ocasión de su vigésimo onomástico, pero han pasado ya más de seis años desde que Lorenzo vendió la finca. Cualquiera diría que Rosaura es todavía una niña inocente, cuando es ya una manganzona mayor de edad, una mujer hecha y derecha. Cada día se parece más a su madre, a las mujeres indolentes e inútiles de este pueblo. Se niega a trabajar en nada, alimentándose del pan honesto de los que trabajan.
Recuerdo perfectamente el suceso del dulce de guayaba. Íbamos a un coctel a casa del Alcalde, a quien tú mismo, Lorenzo, le habías propuesto que te comprara la hacienda “Los crepúsculos” –como la llamabas nostálgicamente y que los vecinos habían bautizado con sorna la hacienda “Los culos crespos” en venganza por los humos de aristócrata que siempre te dabas– para que se edificara allí un museo de historia, dedicado a preservar, para las generaciones venideras, las reliquias de los imperios cañeros. Había logrado convencerte, tras largas noches de empecinada discusión bajo el dosel raído de tu cama, de la imposibilidad de seguir viviendo en aquel caserón, en donde no había ni luz eléctrica ni agua caliente y en donde para colmo había que cagar a diario en la letrina estilo francés provenzal que Alfonso XII le había obsequiado a tu abuelo. Por eso yo llevaba puesto aquel traje cursi, confeccionado, como en Gone with the wind, con las cortinas de brocado que el viento no se había llevado todavía, porque aquella era la única manera de impresionar a la insoportable mujer del Alcalde, de apelar a su arrebatado delirio de grandeza. Nos compraron la casa por fin con todas las antigüedades que tenía adentro, pero no para hacerla un museo y un parque del que pudiera disfrutar el pueblo, sino para disfrutarla ellos como su rústica casa de campo.
Frenética y fuera de sí, Rosa se puso de pie y contempló horrorizada aquellas estrías de almíbar que descendían lentamente por su falda hasta manchar con su líquido sanguinolento las hebillas de raso de sus zapatos. Temblaba de ira y al principio se le hizo imposible pronunciar una sola palabra. Una vez le regresó el alma al cuerpo, sin embargo, comenzó a injuriar enfurecida a Rosaura, acusándola de pasarse la vida leyendo cuentos, mientras ella se veía obligada a consumirse los ojos y los dedos cosiendo para ellos. Y la culpa de todo la tenían aquellos malditos libros que don Lorenzo le regalaba, los cuales eran prueba de que a Rosaura se la tenía en mayor estima que a ella en aquella casa y por lo que había decidido marcharse de su lado para siempre si estos no eran de inmediato arrojados al patio, donde ella misma encendería con ellos una enorme fogata.
Será el humo de las velas, será el perfume de los mirtos, pero me siento cada vez más mareada. No sé por qué, he comenzado a sudar y las manos me tiemblan. La lectura de este cuento ha comenzado a enconárseme en no sé cuál lugar misterioso del cuerpo. Y no bien terminó de hablar, Rosa palideció mortalmente y, sin que nadie pudiera evitarlo, cayó redonda y sin sentido al suelo. Aterrado ante el desmayo de su mujer, don Lorenzo se arrodilló a su lado y comenzó a llorar, implorándole en una voz muy queda que volviera en sí y que no lo abandonara, porque él había decidido complacerla en todo lo que ella le había pedido. Satisfecha con la promesa que había logrado sonsacarle, Rosa abrió los ojos y lo miró risueña, permitiéndole a Rosaura, en prueba de reconciliación, guardar sus libros.
Aquella noche Rosaura derramó abundantes lágrimas, hasta que por fin se quedó dormida sobre su almohada, bajo la cual había ocultado el obsequio de su padre. Tuvo entonces un sueño extraño: soñó que, entre los relatos de aquel libro, había uno que estaría envenenado, porque destruiría de manera fulminante a su primer lector. Su autor, al escribirlo, había tomado la precaución de dejar inscrita en él una señal, una manera definitiva de reconocerlo, pero por más que en su sueño Rosaura se esforzaba en recordar cuál era, se le hacía imposible hacerlo. Cuando por fin despertó, tenía el cuerpo brotado de un sudor helado, pero seguía ignorando aún si aquel cuento obraría su maleficio por medio del olfato, del oído y del tacto.
Pocas semanas después de estos sucesos don Lorenzo murió sereno al fondo de su propia cama, consolado por los cuidados y rezos de su mujer y de su hija. Encontrábase el cuerpo rodeado de flores y cirios, y los deudos y parientes sentados alrededor, llorando y ensalzando las virtudes del muerto, cuando Rosa entró a la habitación, sosteniendo en la mano el último libro de cuentos que don Lorenzo le había regalado a Rosaura y que tanta controversia había causado en una ocasión entre ella y su difunto marido. Saludó a la esposa del Alcalde con una imperceptible inclinación de cabeza y se sentó en una silla algo retirada, en pos de un poco de silencio y sosiego. Abriendo el libro al azar sobre su falda, comenzó a hojear lentamente las páginas, admirando sus ilustraciones y pensando que, ahora que era una mujer de medios, bien podía darse el lujo de confeccionarse para sí misma uno de aquellos espléndidos atuendos de reina. Pasó varias páginas sin novedad, hasta que llegó a un relato que le llamó la atención. A diferencia del resto, no tenía ilustración alguna y se encontraba impreso en una extraña tinta color guayaba. El primer párrafo la sorprendió porque la heroína se llamaba exactamente igual que su hijastra. Mojándose entonces el dedo del corazón con la punta de la lengua, comenzó a separar con interés aquellas páginas que, debido a la espesa tinta, se adherían molestamente unas a otras. Del estupor pasó al asombro, del asombro pasó al pasmo y del pasmo pasó al terror, pero, a pesar del creciente malestar que sentía, la curiosidad no le permitió dejar de leerlas. El relato comenzaba: “Rosaura vivía en una casa de balcones sombreados por enredaderas tupidas...”, pero Rosa jamás llegó a enterarse de cómo terminaba. ~