viernes, 9 de agosto de 2013

Soberanía alimentaria: reapropiarnos de la agricultura y la alimentación (Esther Vivas)


Actualmente se produce comida en el planeta para 12.000 millones de personas, según datos de la Organización de las Naciones Unidas para la Agricultura y la Alimentación (FAO), cuando la población mundial es de 7.000 millones de habitantes. Comida, hay. Entonces,¿por qué una de cada siete personas en el mundo pasa hambre? La globalización neoliberal, en su trayectoria por privatizar todos los ámbitos de la vida, ha hecho lo mismo con la agricultura y los bienes naturales, sometiendo al hambre y a la pobreza a una inmensa parte de la población mundial.
Como indica la organización internacional GRAIN (2008), la producción de comida se ha multiplicado por tres desde la década de 1960, mientras que la población mundial tan sólo se ha duplicado desde entonces, pero los mecanismos de producción, distribución y consumo, al servicio de los intereses privados, impiden a los más pobres la obtención necesaria de alimentos.
El acceso, por parte del pequeño campesinado, a la tierra, al agua, a las semillas, etc. no es un derecho garantizado. Los consumidores no sabemos de dónde viene aquello que comemos, no podemos escoger consumir productos libres de transgénicos. La cadena agroalimentaria se ha ido alargando progresivamente alejando, cada vez más, producción y consumo, y favoreciendo la apropiación de las distintas etapas de la cadena por empresas agroindustriales, con la consiguiente pérdida de autonomía de los campesinos y consumidores.
Frente a este modelo dominante del agribusiness, donde la búsqueda del beneficio económico se antepone a las necesidades alimentarias de las personas y, al respeto, al medio ambiente, surge el paradigma alternativo de la soberanía alimentaria. Una propuesta que reivindica el derecho de los pueblos a definir sus políticas agrícolas y alimentarias, a controlar su mercado doméstico, a impedir la entrada de productos excedentarios a través de mecanismos de dumping (vender a un precio inferior al del mercado local y a menudo por debajo del precio de coste) y a promover una agricultura local, diversa, campesina y sostenible, que respete el territorio, entendiendo el comercio internacional como un complement a la producción local. La soberanía alimentaria implica devolver el control de los bienes naturales, como la tierra, el agua y las semillas, a las comunidades y luchar contra la privatización de la vida.
Una definición
La soberanía alimentaria fue definida, en sus orígenes, por el movimiento internacional de La Vía Campesina, como “el derecho de cada nación a mantener y a desarrollar su capacidad de producir alimentos básicos, en lo concerniente a la diversidad cultural y productiva” (Desmarais, 2007: 56). Con el transcurrir de los años, la definición que se ha extendido es la que queda recogida en la declaración “Nuestro mundo no está en venta”. Primero está la soberanía alimentaria de los pueblos. ¡Fuera la OMC de la agricultura y la alimentación! (VVAA, 2003: 1): “La soberanía alimentaria es el derecho de cada pueblo a definir sus propias políticas agropecuarias en materia de alimentación, a proteger y a reglamentar la producción agropecuaria nacional y el Mercado doméstico a fin de alcanzar metas de desarrollo sustentable, a decidir en qué medida quieren ser autodependientes, a impedir que sus mercados se vean inundados por productos excedentarios de otros países que los vuelcan al mercado internacional mediante la práctica del dumping [...]. La soberanía alimentaria no niega el comercio internacional, más bien defiende la opción de formular aquellas políticas y prácticas comerciales que mejor sirvan a los derechos de la población a disponer de métodos y productos alimentarios inocuos, nutritivos y ecológicamente sustentables”. Esta declaración fue firmada por redes y organizaciones internacionales como La Vía Campesina, el Foro Mundial de los Pueblos Pescadores, Amigos de la Tierra, y Focus on the Global South, entre otros.
Para La Vía Campesina, que impulsó este término en el año 1996 coincidiendo con la Cumbre Mundial sobre la Alimentación de la FAO en Roma, la soberanía alimentaria tiene como objetivos principales:
a) Dar prioridad a la producción de alimentos saludables, de buena calidad y culturalmente apropiados para el mercado domestico.
b) Apoyar con precios competitivos a los agricultores para protegerlos contra las importaciones a bajo precio.
c) Regular la producción de los mercados internos para poner fin a los excedentes agrícolas.
d) Desarrollar una producción sostenible basada en la familia agrarian.
e) Abolir cualquier ayuda a la exportación directa o indirecta (Desmarais, 2007).
La soberanía alimentaria implica devolver el control de los recursos naturales, como la tierra, el agua y las semillas a las comunidades y a las y los campesinos y luchar contra la privatización de la vida. Como señala Desmarais (2007:60): “Patentar las plantas, los animales y sus componentes significa para los campesinos y las comunidades indígenas la pérdida del control sobre los recursos que tradicionalmente usan y conocen”.
Alcanzar esta soberanía alimentaria requiere una estrategia que rompa con las políticas agrícolas neoliberales impuestas por la Organización Mundial del Comercio (OMC), el Banco Mundial y el Fondo Monetario Internacional, que promueven un modelo de producción agrícola y alimentaria insostenible. La declaración “Nuestro mundo no está en venta” no lo podría dejar más claro: “La OMC es una institución completamente inadecuada para hacerse cargo de los problemas de la agricultura y la alimentación [...]. No vemos que sea posible que la OMC se someta a una reforma profunda [...]. Reclamamos que todo lo relative a la alimentación y la agricultura sea excluido del ámbito de jurisdicción de la OMC.” (VVAA, 2003: 4).
Pero reivindicar la soberanía alimentaria no implica un retorno romántico al pasado, sino que se trata de recuperar el conocimiento y las prácticas tradicionales y combinarlas con las nuevas tecnologías y los nuevos saberes (Desmarais, 2007). No debe consistir tampoco,como señala McMichael (2006), en un planteamiento localista, ni en una “mistificación de lo pequeño” sino en repensar el sistema alimentario mundial para favorecer formas democráticas de producción y distribución de alimentos.
Crisis alimentaria
La soberanía alimentaria se plantea como un paradigma alternativo al sistema agroalimentario global que nos ha conducido a una crisis alimentaria sin precedentes con mil millones de personas en el mundo que pasan hambre. Pero el problema actual no es la falta de alimentos, sino la imposibilidad para accede a éstos.
En el año 2007 y 2008, la situación de hambruna en el mundo se agudizó a raíz del aumento del precio de los cereales como el maíz, el arroz, el trigo, etc. Según el Índice de Precios de los Alimentos de la FAO, éstos registraron, entre 2005 y 2006, un aumento del 12 %; al año siguiente, en 2007, un crecimiento del 24 %; y entre enero y julio del 2008, una subida de cerca del 50 %. Los cereales y otros alimentos básicos, como el trigo, la soja, los aceites vegetales, el arroz, etc., fueron los que sufrieron los aumentos más importantes. El coste del trigo subió un 130 %, la soja un 87 %, el arroz un 74 % y el maíz un 31 %1 (Holt-Giménez y Peabody, 2008).
En estas circunstancias, para los millones de personas en los países del Sur global que destinan entre un 50 y un 60 % de la renta a la compra de alimentos, cifra que puede llegar incluso hasta el 80 % en los países más pobres, el acceso a la comida se convirtió en un imposible. De este modo, en países como Haití, uno de los más afectados por la crisis alimentaria del año 2008, se generalizó el consumo de tortitas de barro con sal.
Hay razones coyunturales que explican parcialmente este aumento espectacular de los precios en los últimos años: desde las sequías y otros fenómenos meteorológicos vinculados al cambio climático en países productores como China, Bangladesh, Australia, etc. que habrían afectado a las cosechas y que continuarán impactando en la producción de alimentos; el aumento del consumo de carne, especialmente, en países de América Latina y Asia, debido a un cambio de hábitos alimenticios (siguiendo el modelo de consumo occidental) y como resultado de la multiplicación de instalaciones para el engorde de ganado; las importaciones de cereales realizadas por países hasta el momento autosuficientes como India, Vietnam o China, debido a la pérdida de tierras de cultivo; la disminución de las reservas de granos en los sistemas nacionales que fueron desmantelados a finales de la década de 1990 contribuyendo a que hoy en día los países dependan íntegramente de los volátiles mercados mundiales de granos (Hernández Navarro, 2008; Holt-Giménez, 2008). Todos estos argumentos contribuyen a explicar en parte las causas que nos han conducido a la situación de crisis alimentaria, pero se trata de argumentaciones parciales que, a veces, han sido utilizadas para desviar la atención de las causas de fondo. Autores como Jacques Berthelot (2008), Éric Toussaint (2008) y Alejandro Nadal (2008), entre otros, han rebatido algunos de estos argumentos.
Desde mi punto de vista, hay dos causas coyunturales que han sido determinantes a la hora de provocar esta subida de los precios de los alimentos y que deben ser señaladas en mayúsculas: la creciente inversión en la producción de agrocombustibles, y la especulación financiera con materias primas. Es importante subrayar que este aumento de los precios se estancó parcialmente a finales de 2008 con el estallido de la crisis económica, pero a mediados/finales de 2010, una vez tranquilizados los mercados financieros internacionales, el precio de las mercancías volvió a subir.
El aumento del precio del petróleo, que se duplicó en el transcurso de los años 2007 y 2008 y que provocó una fuerte subida de los precios de los fertilizantes y del transporte relacionado con el sistema alimentario, tuvo como consecuencia una creciente inversión en la producción de combustibles alternativos como los de origen vegetal. Gobiernos como el de Estados Unidos, la Unión Europea, Brasil y otros subvencionaron la producción de agrocombustibles como una alternative a la escasez de petróleo y al calentamiento global. Pero esta producción de combustible verde entró en competencia directa con la producción de alimentos. En abril de 2008, la FAO reconocía que “ a corto plazo, es muy probable que la expansión rápida de combustibles verdes, a nivel mundial, tenga efectos importantes en la agricultura de América Latina” (Reuters, 15/04/08). En la medida en que cereales como el maíz, el trigo, la soja o la remolacha fueron desviados a la producción de agrocombustibles, la oferta de cereales en el mercado cayó y, consecuentemente, su precio aumentó.
Según el Departamento de Agricultura de los Estados Unidos, los agrocombustibles generaron un aumento del precio de los granos de entre el 5 y el 20 %. El Instituto Internacional de Investigación en Políticas Alimentarias de Estados Unidos (IFPRI, por sus siglas en inglés) consideraba que esta cifra rondaba el 30 %. Y un informe filtrado del Banco Mundial afirmaba que la producción de agrocombustibles habría repercutido en un aumento del 75 % del precio de los granos (Holt-Giménez, 2008).
Otra causa de la subida espectacular del precio de los alimentos en este período fue la creciente inversión especulativa en materias primas, después del crack de los mercados […] inmobiliarios. Tras el desplome del mercado de créditos hipotecarios de alto riesgo en los Estados Unidos, inversores institucionales (bancos, compañías de seguros, fondos de inversión, etc.) y otros buscaron lugares más seguros y con mayor rentabilidad donde invertir su dinero. En la medida en que el precio de los alimentos subió, dirigieron su capital al Mercado de futuros alimentarios, empujando el precio de los granos al alza y empeorando aún más la inflación en el precio de la comida.
Los mercados de futuros, tal como los conocemos actualmente, datan de mediados del siglo xix, cuando empezaron a funcionar en los Estados Unidos. Los contratos de futuros son acuerdos legales estandarizados para hacer transacciones de mercancías físicas en un tiempo futuro establecido previamente. Éstos han sido un mecanismo para garantizar un precio mínimo al productor ante las oscilaciones el mercado, pero este mismo mecanismo es empleado ahora por los especuladores para hacer negocio aprovechando la desregulación de los mercados de materias primas, que fue impulsada a mediados de los años de la década de 1990 en Estados Unidos y Gran Bretaña por bancos, políticos partidarios del libre mercado y fondos de alto riesgo. Los contratos para comprar y vender comida se convirtieron en “derivados” que podían comercializarse independientemente de las transacciones agrícolas reales. Nacía, pues, un nuevo negocio: la especulación alimentaria.
Actualmente, los especuladores son quienes tienen más peso en los mercados de futuros, a pesar de que sus transacciones de compra y venta no tienen nada que ver con la oferta y la demanda reales. En palabras de Mike Masters, gerente de Masters Capital Management, si en 1998 la inversión financiera con carácter especulativo en el sector agrícola era de un 25 %, actualmente ésta se sitúa en alrededor de un 75 %. Estas transacciones se llevan a cabo en las bolsas de valores, la más importante de las cuales, a nivel mundial, es la bolsa
de comercio de Chicago, mientras que en Europa los alimentos y las materias primas se comercializan en las bolsas de futuros de Londres, París, Amsterdam y Frankfurt.
Falsas soluciones
Las instituciones internacionales, como el Banco Mundial, la OMC, el Fondo Monetario Internacional (FMI) o la FAO, así como Estados Unidos, la Unión Europea y las grandes multinacionales del sector, señalan que la causa de la crisis alimentaria reside en la falta de producción de alimentos. El número dos de la FAO, José María Sumpsi lo dejaba bien claro al afirmar que se trataba de un problema de oferta y demanda debido al aumento del consumo en países emergentes como la India, China o Brasil (El País, 21/04/08).
En la misma línea, se posicionaba el secretario general de la ONU, Ban Kimoon, en el transcurso de la Cumbre de Alto Nivel sobre Seguridad Alimentaria de la FAO celebrada en Roma en junio de 2008, al señalar que era necesario aumentar en un 50 % la producción de alimentos, a la vez que rechazaba las limitaciones impuestas a la exportación por parte de algunos países afectados por la crisis. Las “soluciones” que recomiendan estos organismos son las causas de la crisis alimentaria: mayor liberalización del comercio internacional agrícola, introducción de más paquetes tecnológicos y transgénicos, etc. Como señalaba Eric Holt-Giménez (2008): “Estas medidas simplemente fortalecen al status quo corporativo que controla el sistema alimentario”. La solución no puede ser más libre comercio porque, como se ha demostrado, más libre comercio implica más hambre y menor acceso a los alimentos. No se puede argumentar que el problema hoy es la falta de comida, nunca en la historia se había dado una mayor producción de alimentos en el mundo. No hay una crisis de producción, sino una total imposibilidad para acceder a la comida por parte de amplias capas de población que no pueden pagar los precios actuales.
Un débil sistema agroalimentario
Pero más allá de los elementos coyunturales que han agudizado la situación de hambruna a escala global, existen causas de fondo que explican el porqué de la profunda crisis alimentaria actual.
Las políticas neoliberales aplicadas indiscriminadamente en el transcurso de las últimas décadas (liberalización comercial a ultranza, pago de la deuda externa de los países del Sur, privatización de los servicios y bienes públicos, etc.), así como un modelo de agricultura y alimentación al servicio de una lógica capitalista, son los principales responsables de esta situación. Nos encontramos ante un sistema alimentario global extremadamente vulnerable a las crisis económicas, ecológicas y sociales.
Como señala Holt-Giménez y Patel (2010), las políticas de “desarrollo” económico impulsadas por los países del Norte desde la década de 1960 en adelante (la revolución verde, los Programas de Ajuste Estructural, los tratados regionals de libre comercio, la Organización Mundial de Comercio y los subsidios agrícolas en el Norte) generaron la destrucción de los sistemas alimentarios. Entre la década de 1960 y 1990, se llevó a cabo la denominada “revolución verde”, promovida por diversos centros de investigación agrícola e instituciones internacionales, con el “teórico” objetivo de modernizar la agricultura en los países no industrializados. Los primeros resultados en Méjico y, posteriormente, en el sur y el sudeste asiático fueron espectaculares desde el punto de vista de la producción por hectárea, pero este aumento del rendimiento de la tierra no tuvo un impacto directo en la disminución del hambre en el mundo. Así, aunque la producción agrícola mundial aumentó en un 11 %, el número de personas hambrientas en el mundo también creció en un 11 %, pasando de los 536 millones a los 597 (Riechmann, 2003)2.
Como señalan Rosset, Collins y Moore Lappé (2000): “El incremento de la producción, centro de la revolución verde, no alcanza para aliviar el hambre porque no altera el esquema de concentración del poder económico, del acceso a la tierra o del poder adquisitivo [...]. La cantidad de personas que pasan hambre se puede reducir sólo redistribuyendo el poder adquisitivo y los recursos entre quienes están desnutridos [...]. Si los pobres no tienen dinero para comprar alimentos, el aumento de la producción no servirá de nada”.
La revolución verde tuvo consecuencias colaterales negativas para muchos campesinos medios y pobres y para la seguridad alimentaria a largo plazo. Este proceso aumentó el poder de las corporaciones agroindustriales en toda la cadena productiva, provocó la pérdida del 90 % de la agrodiversidad y la biodiversidad, redujo masivamente el nivel del agua subterránea, aumentó la salinización y la erosión del suelo, desplazó a millones de agricultores del campo a las ciudades miseria, etc., desmantelando los sistemas agrícolas y alimentarios tradicionales. A lo largo de la década de 1980 y 1990, la aplicación sistemática de los Programas de Ajuste Estructural (PAE)3 en los países del Sur por parte del Banco Mundial y del Fondo Monetario Internacional, para que estos pudieran hacer frente al pago de la deuda externa, agravó aún más las ya de por sí difíciles condiciones de vida de la mayor parte de la población en estos países. Los PAE tenían como objetivo principal supeditar la economía del país al pago de la deuda. Las medidas de choque impuestas por los PAE consistieron en forzar a los gobiernos del Sur a retirar las subvenciones a los productos de primera necesidad, como el pan, el arroz, la leche, el azúcar, etc.; se impuso una reducción drástica del gasto público en educación, sanidad, vivienda, infraestructuras, etc.; se forzó la devaluación de la moneda nacional, con el objetivo de abaratar los productos destinados a la exportación pero a la vez disminuyendo la capacidad de compra de la población autóctona; aumentaron los tipos de interés con el objetivo de atraer capitales extranjeros con una alta remuneración, generando una espiral especulativa. En definitiva, una serie de medidas que sumieron en la pobreza más extrema a las poblaciones de estos países (Vivas, 2008). A nivel comercial, los PAE promovieron las exportaciones para conseguir mayores divisas, aumentando los monocultivos de exportación y reduciendo la agricultura destinada a la alimentación local con el consiguiente impacto negative en la seguridad alimentaria y su dependencia respecto a los mercados internacionales.
De este modo, se suprimieron las barreras aduaneras, facilitando la entrada de productos sumamente subvencionados de Estados Unidos y de Europa que se vendían por debajo de su precio de coste, a un precio inferior al de los productos locales, y que acabaron con la producción y la agricultura autóctona; así mismo se abrieron totalmente sus economías a las inversiones, a los productos y a los servicios de las multinacionales. Las privatizaciones masivas de empresas públicas, muchas veces a precio de saldo y de las que se beneficiaron mayoritariamente las multinacionales del Norte, fueron una práctica generalizada.
Estas políticas tuvieron un impacto directo en la producción agrícola local y en la seguridad alimentaria, dejando a estos países a merced del mercado, de los intereses de las corporaciones transnacionales y de las instituciones internacionales promotoras de estas políticas.
La Organización Mundial de Comercio, establecida en el año 1995, consolidó las políticas de los PAE a través de tratados internacionales, supeditando las leyes nacionales a sus designios. Los acuerdos comerciales administrados por la OMC, como el Acuerdo General sobre Comercio y Aranceles (GATT, por sus siglas en inglés), el Acuerdo General sobre el Comercio de Servicios (GATS, por sus siglas en inglés) y el Acuerdo sobre Comercio de Propiedad Intelectual (TRIP, por sus siglas en inglés) consolidaron aun más el control de los países del Norte sobre las economías del Sur.
Las políticas de la OMC forzaron a los países en desarrollo a eliminar sus aranceles a las importaciones, a acabar con las protecciones y los subsidios a los pequeños productores, y a abrir sus fronteras a los productos de las corporaciones transnacionales, mientras que los mercados del Norte se mantenían altamente protegidos. En la misma dirección, los tratados regionales como el Tratado de Libre Comercio de América del Norte (NAFTA, por sus siglas en inglés) y el Tratado de Libre Comercio entre Estados Unidos, Centroamérica y República Dominicana (CAFTA, por sus siglas en inglés), entre otros, profundizaron en la liberalización comercial, llevando a la quiebra al campesinado del Sur y convirtiéndolo en dependientes de las importaciones de alimentos de los países del Norte.
Los subsidios agrícolas estadounidenses y europeos, dirigidos mayoritariamente a la industria agroalimentaria, obvian al pequeño productor local. Este apoyo al agribusiness significa una cuarta parte del valor de la producción agrícola en Estados Unidos y el 40 % en la Unión Europa (Holt-Giménez, 2008). En el Estado español, los principales receptores de estas ayudas son las explotaciones más grandes: siete productores son los mayores beneficiarios de la Política Agraria Común de la Unión Europea. Se calcula que un 3,2 % de los grandes productores del Estado español reciben un 40 % de estas ayudas directas (Intermón Oxfam, 2005), mientras que las explotaciones familiares, que sostienen el medio rural en Europa y a millones de campesinos en el Sur, no cuentan prácticamente con ningún apoyo y padecen la competencia desleal de estos productos altamente subvencionados.
Una opción viable
Frente a este modelo de agricultura intensiva, deslocalizada, kilométrica, que acaba con la agrodiversidad y el campesinado, se antepone, como se apuntaba anteriormente, el paradigma alternativo de la soberanía alimentaria. Uno de los argumentos que utilizan sus detractores es que este modelo es incapaz de alimentar al mundo. Pero, contrariamente a este discurso, varios informes demuestran que tal afirmación es falsa. Así lo constata el resultado de una exhaustiva consulta internacional impulsada por el Banco Mundial en partenariado con la FAO, el PNUD, la UNESCO, representantes de gobiernos, instituciones privadas, científicas, sociales, etc., diseñado como un modelo de consultoría híbrida, que involucró a más de 400 científicos y expertos en alimentación y desarrollo rural durante cuatro años.
Es interesante observar cómo, a pesar de que el informe tenía detrás a estas instituciones, concluía que la producción agroecológica proveía de ingresos alimentarios y monetarios a los más pobres, a la vez que generaba excedentes para el mercado, siendo mejor garante de la seguridad alimentaria que la producción transgénica. El informe del IAASTD (Evaluación Internacional de las Ciencias y Tecnologías Agrícolas para el Desarrollo), publicado a principios de 2009, apostaba por la producción local, campesina y familiar y por la redistribución de las tierras a manos de las comunidades rurales. El informe fue rechazado por el agribusiness y archivado por el Banco Mundial, aunque 61 gobiernos lo aprobaron discretamente, a excepción de Estados Unidos, Canadá y Australia, entre otros.
En la misma línea se posicionaba un estudio de la University of Michigan, publicado en junio del 2007 por la revista Journal Renewable Agriculture and Food Systems, que comparaba la producción agrícola convencional con la ecológica.
El informe concluía que las granjas agroecológicas eran altamente productivas y capaces de garantizar la seguridad alimentaria en todo el planeta, contrariamente a la producción agrícola industrializada y el libre comercio. Sus conclusiones indicaban, incluso en las estimaciones más conservadoras, que la agricultura orgánica podía proveer al menos tanta comida de media como la que se produce en la actualidad.
Varios estudios demuestran que la producción campesina a pequeña escala puede tener un alto rendimiento, a la vez que usa menos combustibles fósiles, especialmente si los alimentos son comercializados localmente o regionalmente.
En consecuencia, invertir en la producción campesina familiar es la mejor opción para luchar contra el cambio climático y acabar con la pobreza y el hambre, garantizando el acceso a los bienes naturales, y más cuando tres cuartas partes de las personas más pobres del mundo son pequeños campesinos.
En el ámbito de la comercialización, se ha demostrado fundamental, para romper con el monopolio de la gran distribución, el apostar por circuitos cortos de comercialización (mercados locales, venta directa, grupos y cooperativas de consumo agroecológico, etc.), evitando intermediarios y estableciendo unas relaciones cercanas entre productor y consumidor, basadas en la confianza y el conocimiento mutuo, que nos conduzcan a una creciente solidaridad entre el campo y la ciudad.
En este sentido, es necesario que las políticas públicas se hagan eco de las demandas de estos movimientos sociales y apoyen un modelo agrícola local, campesino, diversificado, agroecológico; y que se prohíban los transgénicos, se promuevan bancos públicos de tierras, una ley de producción artesana, un mundo rural vivo... En definitiva, defender el derecho de los pueblos a la soberanía alimentaria.

Debate sobre el perreo.


El giro a la nalga-cultura
Por Angie Vázquez (Claridad)
Publicado el 10 de julio de 2013

2013. Nuevo Milenio. Siglo XXI. Bitácora Feminista: La sociedad puertorriqueña se contradice en su evolución social y se repliega en movimientos involutivos. Aunque hubo progreso en el acceso femenino a la educación, política y empleo, no podemos ignorar el fracaso en otras dimensiones. Sus condiciones personales son tan precarias como antes. La cultura machista se ha re-configurado ahora en una de sexo-cultura que promueve la ilusión de la sexualidad como panacea divertida sin compromisos ni consecuencias entre muchos menores de edad.

Por siglos, fuimos cualquier “cosa” menos un ser con derechos y valor propio. Éramos “cosas” porque la percepción social generalizada nos definía como objetos, instrumentos, adornos o estorbos. Esclavizadas, abusadas, violadas, humilladas, asesinadas,… toda forma de negligencia y maltrato abierto era permisible en ausencia del reconocimiento de su ciudadanía, personalidad, constitución y derechos.

 Movimientos de lucha social para la reivindicación de la mujer fueron trabajados por siglos hasta llegar al XX donde finalmente se lograron importantes cambios que impactaron positivamente nuestra sociedad en asuntos como el sufragio femenino, derechos laborales, leyes contra la discriminación, acoso y abuso sexual, derechos de maternidad, educación y el desarrollo como personas.

Pero algunos fenómenos sociales de este nuevo milenio revelan procesos confusos que dejan perplejas a muchas. Tras siglos de lucha por eliminar el abuso sexual de la mujer, ahora resulta que ellas voluntariamente se colocan de espaldas al hombre para mover sus caderas sobre sus genitales bailando un perreo de moda que les coloca como tal bajo el registro visual y táctil del varón. Las cadenciosas bailadoras eróticas, muchas aún sin pleno desarrollo púbero, alegan que es su voluntad sin comprender las formas sutiles en que la presión social las lleva a doblegarse públicamente como objetos sexuales.

Llama la atención cómo la mujer es reducida, anatómica y psíquicamente, a nalgas, ano y caderas en contactos fortuitos realizados en bailes donde ella está de espaldas sin contacto visual con un “simulador” de turno para una fingida penetración anal. Ese intercambio no requiere palabras, presentaciones, ni contacto de miradas. Es una dramatización que sexualiza la interacción, indiscriminada y fugaz, sin que medie reconocimiento de otras dimensiones de los participantes.

Este baile promueve la relación anal, que no tiene nada de malo entre adultos conscientes y consentidores, como postura idónea para evitar los embarazos concentrando en el placer sin pasar el trabajo de mirar la cara de la mujer. Ella mira la pared siendo repetidamente golpeada por los genitales masculinos mientras el auditorio estimula a porras el baile. Es una forma de azote gratuito, sexo duro, fetichista, voyerista y despersonalizado.

Cuando miro los vídeos en la Internet de escolares perreando no puedo dejar de evocar imágenes de mujeres que públicamente fueron violadas por amos, capataces y dueños de tierras sin que el hombre tuviera que responder por sus acciones. Que me perdonen las jóvenes que perrean pero ese referente histórico asalta mi mente y no me parece entretenido jugar con fuego para luego lamentarse de ser víctima sexual.

Las luchas feministas se hicieron para evitar, precisamente, esos desgraciados eventos pero las violaciones sexuales no se detienen, ni tampoco los feminicidios. La violencia de género ya es un problema de salud mundial a nivel epidémico según la Organización Mundial de la Salud (OMS) y Puerto Rico no se queda atrás.

Del viejo feminismo y sus luchas hemos girado a la nalga-cultura; una filosofía hedonista que subyuga la mujer tratándole, y dejándose tratar, como perra. No solamente fetichiza el sexo sino que se le despersonaliza y deshumaniza. Desde los 60’s ya sabíamos que la liberación sexual, por sí sola, no garantizaba el pleno desarrollo del ser humano.

¡Qué dirían tantas mujeres violadas y asesinadas del pasado si pudieran ver esta “modita”! ¡Qué duro es reconocer que el machismo sobrevive y se disfraza con el nuevo vestido del perreo proclamándose vencedor sobre la mujer del nuevo milenio manteniéndola como objeto-muñeca, pero ahora gratuita y voluntaria!



Un sistema que culpa a la mujer
Por Alma Torres (Socialismo Internacional)
Publicado el 17 de julio de 2013

Quienes luchamos por un mundo distinto tenemos que combatir de la forma más férrea todas las expresiones sexistas, machistas y racistas que dividen y afectan la calidad de vida de la clase trabajadora. Eso significa que rechazamos y nos organizamos contra todas esas expresiones así se den contra personas de la clase en poder. En la OSI publicamos un comunicado y preparamos actividades de discusión cuando se hizo un juicio social homofóbico en contra de uno de los enemigos de la clase trabajadora y de los estudiantes de la UPR, Roberto Arango. Esas expresiones, en sus diversas manifestaciones, solo benefician a la clase dominante y al sistema que debería ser señalado como la principal raíz del problema.
Hoy nos tomamos el tiempo para escribir en reacción al artículo que se publicó en Claridad y que entendemos fomenta, con descargas machistas y moralistas, una perspectiva equivocada de cómo ver la opresión de la mujer y qué políticas nos deben guiar para terminar con ella.
El argumento de Angie Vázquez, la autora del artículo, es que luego de tanto luchar y de desarrollarse movimientos por los derechos de la mujer, al final nos hemos ahogado en la orilla porque nosotras mismas aceptamos de forma “voluntaria y gratuita” que nos humillen, que nos violen y que esa opresión por género se mantenga como normal en nuestra sociedad.
Esto se expresa en el propio título del escrito y la foto que adjuntaron para seguramente llamar la atención del lector. Lo que hay entre líneas detrás del título, El giro a la nalga cultura, es la idea de que la cultura ya no es solo sexista sino que ahora es una cultura en donde la mujer da sus nalgas para someterse a ese sexismo. La foto está ahí para reforzar el título, con una breve descripción que lee “Del viejo feminismo y sus luchas hemos girado a la nalga-cultura; una filosofía hedonista que subyuga a la mujer tratándole, y dejándose tratar, como "perra”. Con esto nada más, Vázquez asegura que ahora nuestra filosofía (la de las mujeres) es la de suprimir el dolor (entiéndase nuestra opresión) con el placer (entiéndase el placer sexual).
Aquí hay varios problemas graves. Algo que se repite de forma constante en el escrito es que se describe la lucha de los 60 y 70 del movimiento por la liberación de la mujer como uno que terminó con la opresión de la mujer. Eso nos deja ver la visión de feminismo que tiene la autora, uno que se limita a la inclusión de la mujer en la política pública y derechos en el centro de trabajo:
Movimientos de lucha social para la reivindicación de la mujer fueron trabajados por siglos hasta llegar al XX donde finalmente se lograron importantes cambios que impactaron positivamente nuestra sociedad en asuntos como el sufragio femenino, derechos laborales, leyes contra la discriminación, acoso y abuso sexual, derechos de maternidad, educación y el desarrollo como personas.
Sin duda estas reivindicaciones son de gran importancia. Pero no fueron y no han sido suficiente para terminar con la opresión de la mujer hoy, en Puerto Rico y en el mundo entero. El sexismo sigue rampante, la desigualdad salarial todavía es una realidad, la política pública sigue estando dominada por un pensamiento machista y sexista y la mujer sigue siendo, en su gran mayoría, la que carga socialmente con la crianza de los hijos y el cuidado del hogar.
La opresión en su manifestación más terrible se refleja en la violencia y los asaltos sexuales contra la mujer. 1 de cada 4 mujeres será victima de violencia domestica y 1 de cada 5 mujeres será violada en algún momento en su vida. Las estadísticas no son alentadoras, y cualquiera que ha estado en un grupo de 5 mujeres y ha hecho la pregunta sabe que esos números no mienten. En uno de los primeros párrafos la autora describe la lucha por la liberación de la mujer como un antes y después a lo que vivimos hoy:
Por siglos, fuimos cualquier “cosa” menos un ser con derechos y valor propio. Éramos “cosas” porque la percepción social generalizada nos definía como objetos, instrumentos, adornos o estorbos. Esclavizadas, abusadas, violadas, humilladas, asesinadas…
Al final de su escrito vuelve y se reafirma:
¡Qué dirían tantas mujeres violadas y asesinadas del pasado si pudieran ver esta “modita”! ¡Qué duro es reconocer que el machismo sobrevive y se disfraza con el nuevo vestido del perreo proclamándose vencedor sobre la mujer del nuevo milenio manteniéndola como objeto-muñeca, pero ahora gratuita y voluntaria!
Parecería por lo que describe Vázquez que eso que pasaba antes ya no es la norma en nuestra sociedad. Que el machismo en algún momento había dejado de existir. Nos obliga a preguntar. ¿En que parte del mundo todavía no ocurren esas cosas?
Hace unos días más de 180 mujeres fueron sexualmente asaltadas en manifestaciones en Egipto. En Puerto Rico violan y asesinan decenas de mujeres todos los años. La política sigue siendo predominantemente machista y controlada por hombres y mujeres de clase alta. Todavía la publicidad nos utiliza para vender su Sprite mientras le hacemos sexo oral a un chico en el carro.
Recientemente en el estado de Texas se aprobó una de las leyes más restrictivas en todo Estados Unidos en contra del aborto. La ley prohíbe tener un aborto luego de 20 semanas de gestación. La ley también obliga a las clínicas a contar con quirófanos y estar a 40 kilómetros de un hospital. De las 42 clínicas de terminación de embarazo que existen en Texas solo 5 cumplen con las obligaciones que impone la ley. Los derechos reproductivos de la mujer están constantemente bajo ataque. Lo que hay detrás de esto es una agenda clara por parte del estado que nos quiere recordar que no podemos decidir libremente sobre nuestros cuerpos. Nuestros cuerpos siguen, de forma social, estando a la merced del mercado y su publicidad, de las leyes y del machismo. Y claro, parte del problema social es la adaptación de algunas mujeres a esa realidad. Son contradicciones provocadas por el mismo sistema en el que vivimos.
El valor de la mujer en esta sociedad se mide por su atractivo sexual y esa realidad no ha cambiado, al contrario se ha reforzado. Revistas como Cosmopolitan y tiendas como Victoria’s Secret definen lo que es “sexy” en nuestra sociedad. En nuestra sociedad a través de la música y el baile también se manifiesta esa presión social a la que nos exponen. La autora del escrito al que hacemos referencia enmarca su argumento precisamente en contra de las jóvenes que bailan el famoso “perreo” y que al hacerlo reproducen ese rol dictado por la misma sociedad:
Tras siglos de lucha por eliminar el abuso sexual de la mujer, ahora resulta que ellas voluntariamente se colocan de espaldas al hombre para mover sus caderas sobre sus genitales bailando un perreo de moda que les coloca como tal bajo el registro visual y táctil del varón. Las candenciosas bailadoras eróticas, muchas aún sin pleno desarrollo púbero, alegan que es su voluntad sin comprender las formas sutiles en que la presión social las lleva a doblegarse públicamente como objetos sexuales.
La autora por primera vez en su texto reconoce que la presión social empuja a las mujeres a ser objetos sexuales. Pero este detalle lo menciona de forma superficial, como un comentario poco importante, para demostrar lo ingenuas que, en opinión de ella, pueden ser estas jóvenes.  En vez de problematizar sobre la sociedad, que según ella misma reconoce, fomenta la presión social necesaria para que mujeres y hombres nos comportemos de cierta forma, ella pone sus cañones contra estas jóvenes y le quita cualquier culpa que podría tener el sistema y la sociedad sexista:
Cuando miro los vídeos en la Internet de escolares perreando no puedo dejar de evocar imágenes de mujeres que públicamente fueron violadas por amos, capataces y dueños de tierras sin que el hombre tuviera que responder por sus acciones. Que me perdonen las jóvenes que perrean pero ese referente histórico asalta mi mente y no me parece entretenido jugar con fuego para luego lamentarse de ser víctima sexual.
Pausa, respiro profundo. Mucho coraje me da leer esto de una mujer. Pero luego recuerdo que vivimos en una sociedad que fomenta esas mismas contradicciones, las mismas que Vázquez señala pero de las cuales ella evidentemente no escapa. Así llega a concluir que la opresión, en su forma más asquerosa (la violación y el abuso sexual) se justifica.
[…]
Bajo esa misma premisa se ha justificado históricamente las violaciones y abusos contra otros sectores marginados como es el caso de miembros de la comunidad LGBT. En  2009 el joven Jorge Steven López Mercado murió asesinado y decapitado por otro hombre. En la prensa el tema de su asesinato giró en torno a sugerir que el chico se prostituía y que de alguna forma se buscó que lo mataran
Los abusos sexuales contra la mujer, o contra cualquier persona de otro género o preferencia sexual, deben ser inaceptables. Nada justifica que te violen. Nada justifica que sin tu consentimiento te toquen con malicia. Aunque la consigna dice “No significa No”, algunas violaciones y ataques sexuales se dan incluso cuando las victimas están inconscientes y no pueden escapar de la situación.
En 2011 un caso espantoso que salió a la luz pública fue el de una chica de 16 años que fue violada por un grupo de jóvenes futbolistas en una fiesta. El caso sucedió en la ciudad de Steubenville en el estado de Ohio, en Estados Unidos. La joven fue violada y asquerosamente maltratada siendo orinada por los jóvenes. La violación se dio con la chica borracha e inconsciente. Eso se prestó para argumentar que de alguna forma la joven se había buscado ser abusada por ponerse en una situación complicada. Lo que permitió que se encontrara culpables a dos de los jóvenes que participaron de la violación fue un video que circuló el grupo Anonymous que mostraba a los jóvenes burlándose y describiendo lo que le hicieron a la joven.
Las violaciones y el abuso sexual a la mujer son cosa seria y no me parece “entretenido” argumentar que de alguna forma las mujeres o cualquier otro sector oprimido se busca los ataques en su contra. Si las feministas y socialistas asumimos que la raíz del problema de la opresión de la mujer es culpa de la mujer, nunca podremos cambiar nuestras vidas y el fin de nuestra opresión estará cada vez más lejos de nuestra realidad. Por eso tenemos que combatir la idea detrás de lo que plantea el escrito de Vázquez y todos los  momentos en que esa idea se manifiesta en nuestra sociedad de diversas formas. El sistema busca que nos culpemos, que nos torturemos mentalmente pensando que quizás nos buscamos ser atacadas.
En Puerto Rico, hace dos años conocimos sobre el caso de Keyshla Maya Figueroa, una joven negra de clase trabajadora que se defendió con una piedra ante una violación causando la muerte de un hombre de 54 años. Keyshla fue metida casi al instante en la cárcel de las mujeres de Vega Alta, siendo una menor de 17 años. Trataron de acusarla de asesinato en primer grado y por violación a la ley de armas, para su libertad le impusieron una fianza de $100,000 dólares. Días más tarde, la prensa publicó que la joven había sido violada a los 15 años y nunca se procesó al culpable, así como tampoco se le brindó ayuda psicológica a la joven, incluso se le culpó a ella y a su familia por ser “negligentes” en las gestiones de buscar ayuda. La fiscal que llevaba el caso en contra de Keyshla, argumentó que no habían los elementos necesarios para un delito de agresión sexual, ni siquiera la tentativa. Además, cuestionó porqué Keyshla se había ido al río con el hombre, tratando de plantear que de alguna forma ella se lo buscó. Ante la pregunta de si el caso pudiera caer bajo “actos lascivos” dijo “pudiera ser”, con cara de incrédula. Además, la fiscal se atrevió a sugerir alternativas que pudo haber tomado Keyshla ante la posible violación como “correr y pedir ayuda”.
Luego de varios meses el caso de Keyshla fue movido al Tribunal de Menores y los cargos cambiaron a asesinato en segundo grado. Keyshla tuvo que ser recluida en el Hospital Panamericano por una crisis emocional que sufrió. Así como Keyshla hay muchas jóvenes y mujeres que ante una violación se defienden y de todas formas pasan al escrutinio público de la sociedad. […]
Si queremos terminar con la opresión de la mujer tenemos que comenzar por señalar al sistema culpable de su opresión. Hay que levantar conciencia de género, entre mujeres y hombres, eso implica, sí, hacer las leyes inclusivas, darle apertura a la diversidad sexual, no moralizar sobre el sexo entre jóvenes o adultos, la educación sexual tiene que ser una prioridad. Pero sobre todo, el mensaje tiene que ser de rechazo a todas las formas y maneras en que se trate de justificar la opresión. Así vengan del estado, de la iglesia  o de un periódico de izquierda.