sábado, 13 de agosto de 2011

" Vals capricho" por Rosario Castellanos

La palabra señorita es un título honroso. . . hasta cierta edad. Más tarde empieza a pronunciarse con titubeos dubitativos o burlones y a ser escuchada con una oculta y doliente humillación.

Peor todavía cuando se tiene el oído sensible como en el caso de Natalia Trujillo. Tan sensible que sus padres la consagraron al aprendizaje de la música, medida nunca lo suficientemente alabada. Porque en su juventud Natalia era la alegría de las reuniones, la culminación de las veladas artísticas, el pasmo de sus coterráneos. Por toda la Zona Fría andaba la fama de su virtuosismo para ejecutar los pasajes más arduos en que los compositores volcaron su inspiración. Y esta proeza era más admirable si se consideraba la pequeñez de unas manos que abarcaban, apenas, una octava del teclado.

Era un privilegio —y una delicia— ver a Natalia acercarse al piano, abrirlo con reverencia, como si fuera la tapa de un ataúd; retirar, con ademán seguro, el fieltro que protegía el marfil; toser delicadamente, asegurarse el mono, probar los pedales, despojarse con primor de las sortijas y adoptar una expresión soñadora y ausente. Tal especie de rito era el preludio con que se lanzaba al ataque de la pieza suprema de su repertorio: el vals "capricho" de Ricardo Castro.

La civilización, que todo lo destruye, minó aquel prestigio que parecía inconmovible. Primero llegaron a Comitán las pianolas que hasta un niño podía hacer funcionar. Después hubo una epidemia de gramófonos que prescindían hasta de los ejecutantes.

La estrella de Natalia se opacó. Su madurez vino a encontrarla inerme y su decadencia la hizo despeñarse hasta las lecciones particulares.

Sus alumnas eran hijas de las buenas familias, empobrecidas por la Revolución y arruinadas definitivamente por el agrarismo. Como no estaban ya en posibilidades de adquirir ningún aparato moderno, se apegaron con fanatismo a unas tradiciones que, bien contadas, se reducían a los rudimentos del solfeo, la letra redonda, uniforme y sin ortografía y el bordado minucioso de iniciales sobre pañuelos de lino.

La señorita Trujillo hacía hincapié en lo módico de las cuotas que cobraba su academia. A pesar de ello los parientes de las discípulas regateaban con intransigencia, pagaban con retraso o se endeudaban sin pena.

Lo exiguo de sus ganancias proporcionaba una doble satisfacción a Natalia: mantenerse en la creencia de que no trabajaba, sino de que se distraía para calmar sus nervios y, por otra parte, ayudar al sostenimiento decoroso de una casa que no compartía más que con otra hermana soltera, Julia, quien si hubiese sido mayor no lo habría admitido nunca y si menor no lo habría proclamado jamás.

Julia se dedicaba a un menester igualmente noble que la música: la costura. Este don innato también fue advertido por la clarividencia de unos padres demasiado solícitos que supieron darle cauce y plenitud.

Julia tuvo su hora de triunfo. Durante años impuso la moda en Comitán y los empleados de Correos violaban la correspondencia para satisfacer una delictuosa curiosidad: ¿de dónde provenían los frecuentes envíos consignados a Julia y qué encerraban los paquetes tan cuidadosamente hechos? La divulgación de sus hallazgos aumentó la clientela de la modista: eran figurines de los almacenes más renombrados de Guatemala, de México y aún de París.

Como es natural, Julia tenía la sindéresis necesaria para adaptar los atrevimientos de las grandes urbes a la decencia provinciana. Y si allá se diseñaba un escote audaz aquí se velaba con un olán gracioso. Las faldas no delataron nunca la redondez de las caderas ni exhibieron las imperfecciones de la rodilla. Y en su ruedo pesaban minúsculos trozos de plomo, ya que en Comitán sopla un aire impertinente cuyas indiscreciones hay que contrarrestar.

El varón de la familia Trujillo, lejos de ser el báculo de la vejez de sus progenitores, el respeto de sus hermanas, el sostén del hogar, era una preocupación, una vergüenza y una carga. Enclenque y sin disposiciones especiales para ningún oficio fue recomendado con el patrón de unas monterías, después de asegurar su vida en una suma ¡ay! consoladora. Todos confiaban en que Dios hiciera su voluntad al través de los rigores del clima y la rudeza del trabajo.

Pero los caminos de la Providencia son imprevisibles. El desenlace lógico no se produjo. Al contrario: Germán, fortalecido por las adversidades y próspero gracias a su tenacidad, acabó convirtiéndose en el héroe de los coloquios íntimos de sus parientes. Se recordaba con ternura la historia de su infancia; el desparpajo con que respondía mal a las preguntas de los sinodales en los exámenes públicos; su ingenio de monaguillo para organizar travesuras a la hora de la misa. Después se evocaba la austeridad de su adolescencia y la adustez premonitoria de su carácter. Hasta que se llegaba a la apoteosis actual en que lo único sobre lo que se guardaba silencio era sobre su estado civil. Los ángeles, sentenciaba su madre, no tienen pasaporte. Lo cual significaba que Germán se había amancebado con alguna mestiza tiñosa, palúdica o quién sabe si algo peor, en su destierro.

A Natalia y a Julia las unió su desamparo mutuo y los infortunios que tuvieron que sobrellevar. Primero la orfandad; luego la pobreza vergonzante. Germán rescató las hipotecas de la casa y les permitía habitarla mientras decidía la hora de su regreso a Comitán. Pero las dos hermanas no dejaron de sentirse dueñas de ese lugar en que estaban los retratos de sus antepasados y las sombras de épocas felices. En el traspatio se veía aún el fondo del aljibe seco en que se refugiaron del vandalismo de los carrancistas; en el balcón de las serenatas se conservaba el hierro torcido por la violencia de un duelo entre rivales; en la sala continuaba, de cuerpo presente, el piano de cola; el ajuar de bejuco, objeto ya más de contemplación que de uso; las rinconeras de ébano, que sabían disimular su deterioro; los tarjeteros de mimbre que ostentaban imágenes borrosas pero inolvidables.

Era verdad que sus ingresos no bastaban nunca para tapar las goteras que cundían en los tejados ni para arrancar las malas hierbas que medraban en el jardín ni para abastecer la despensa. Pero Natalia y Julia permanecían en sus antiguos dominios y no abandonaban el pueblo, mientras que otras familias de mayor abolengo, pretensiones o fortuna que la suya, habían emigrado a tierras donde no serían nadie, donde se desvanecerían como fantasmas.

Las hermanas Trujillo alcanzaron esa edad en que las tentaciones pasan de largo y el destino ha cerrado ya todas su trampas, menos la última. Su existencia transcurría apacible, monótona y privada, entre arpegios inhábiles, retazos varios y costumbres sólidas: las visitas de amistad y cumplido, la asistencia a los acontecimientos luctuosos, la adhesión a congregaciones serias. Por lo demás, la maledicencia no hallaba pábulo para cebarse en aquella discreción ni el ridículo tenía motivos par fustigar tal insignificancia. Si la salud de las señoritas Trujillo adolecía de algún quebranto, ellas no alentaban aspiraciones de longevidad, pues las trocaron por la promesa de una bienaventuranza eterna.

Pero ¿quién puede llamarse dichoso mientras vive? Natalia y Julia vieron entrar la desgracia por la puerta y no la reconocieron. ¡Ostentaba un aspecto de juventud tan floreciente, una sonrisa tan tímida, un rubor tan espontáneo! Se llamaba Reinerie, era su sobrina y Germán se las había encomendado para que la educaran y pulieran en el roce social. Les entregó una criatura de buena índole pero en estado salvaje. Exigía que le devolvieran una dama y para lograr su propósito no iba a escatimar ningún medio.

Natalia y Julia no dispusieron ni de un instante para dedicarlo a la perplejidad. En la primera comida hubo que informar a su huésped (con tacto, eso sí, porque contaría todo a su padre) de cuál era la utilidad de los cubiertos, así como de lo indispensable que resulta, en algunos casos, la servilleta.

Las primeras manifestaciones de la presencia de Reinerie en casa de las Trujillo fueron catastróficas. Era despótica y arbitraria con la servidumbre, ruda con las cosas, estrepitosamente efusiva con sus tías. Rasguñaba las paredes para comerse la cal, removía los arriates para molestar a las lombrices, tomaba jugo de limón sin miedo a que se le cortara la sangre y se bañaba hasta en los días críticos.

El asombro de Natalia y Julia las mantuvo, durante semanas, paralizadas y mudas. ¿Qué clase de bestezuela era ésta que expresaba su satisfacción con ronroneos, su cólera con alaridos y su impaciencia con pataletas?

Una vez disminuido el estupor inicial las dos hermanas se reunieron en conciliábulo.

Para su deliberación se encerraron en el único sitio de la casa al que nadie acudía sino forzado: el oratorio. Allí, irreverentemente acomodadas en los reclinatorios, dieron principio a una plática reticente, a cuyo núcleo no se atrevieron a llegar sino después de largos circunloquios.

—Reinerie... qué nombre tan chistoso. ¿No te parece?

—Yo conocí un Rosemberg; de cariño le decían Chember. También era de tierra caliente.

—Son muy raros por esos rumbos. ¿Y tú crees que Reinerie esté en el santoral?

—Si es apelativo de cristiano, sí.

—Habrá que preguntarle al Coadjutor.

—Y aprovechar para que la bautice.

—¿Y si ya la bautizaron?

—En las monterías no hay iglesia.

—¡Sería un escándalo! ¿Te imaginas a Germán Trujillo dejando que su hija se críe como el zacate?

—Pero a esa criatura le falta un sacramento, tal vez hasta un exorcismo. Si parece que estuviera compatiada con el diablo.

—Malas mañas que le enseñó su madre.

—No hagas juicios temerarios. A esa pobre mujer

. . .

ni siquiera la conocemos.

—Basta el botoncito de muestra que nos mandaron.

—Es nuestra cruz. ¡Y le debemos tantos favores a Germán!

—Se los vamos a corresponder con creces, no te apures.

—Si Dios nos presta vida. Porque con estos achaques. . . Anoche no pude pegar los ojos.

—Yo tampoco. No me dejaste dormir con tus ronquidos.

Natalia bajó los ojos, avergonzada. Después de la escaramuza que servía de introducción a los grandes temas, Julia fue al grano.

—Te decía que Reinerie...

—No la llames así. Todo el mundo se burla de nosotros. Mejor dile Claudia.

—Prefiero Gladys.

—¡Has estado leyendo novelas otra vez!

—Tengo tiempo de sobra. Esta criatura se exhibe en unas fachas que me está espantando la clientela.

—¿Por qué no le cortas unos vestidos bonitos?

—Los echa a perder en cuanto se los pone. Si por ella fuera andaría desnuda. Tú tampoco has logrado que se acostumbre a los zapatos.

—Le sacan ampollas.

—Es que son finos. Hay que empezar por el principio. Lo que necesita son chanclas de tenis.

—¿Con qué cara me presento yo en la zapatería para comprar eso?

—Dí que es por tus juanetes, chatita.

—Los he soportado mi vida entera sin quejarme, nena. A estas alturas no voy a dar mi brazo a torcer.

—¿Y si dijéramos que es para una criada?

—¿Calzar a una criada? ¿Dónde se ha visto? ¡Nadie volvería a hablarnos!

Las dos hermanas quedaron pensativas. Por la cabeza, fértil en recursos, de Natalia, cruzó al fin una iluminación.

—¡Sandalias de cuero!

Julia torció el gesto.

—No están de moda.

Era su argumento supremo; pero esta vez no resultó eficaz. Tuvo que ceder, aunque impuso una condición: que ninguna de las señoritas Trujillo intervendría directamente en el asunto. Recurrieron al Coadjutor quien, bajo sigilo sacerdotal, encargó un par de las que Reinerie se despojaba con el menor pretexto.

Cuando sus tías le llamaban la atención se fingía sorda, porque ni Gladys ni Claudia eran sus nombres. Las hermanas se quejaban amargamente de semejante tozudez.

—Tarea de romanos, hijas mías—suspiraba el Coadjutor, contemplando con ceño desaprobatorio el raído tapete sobre el piano. Cuando promovieran su ascenso (y los trámites ya no se podían prolongar) renunciaría sin escrúpulos a la amistad de solteronas arruinadas para sustituirla por el trato con los señores pudientes.

—Una prueba que el Señor nos ha mandado—admitía con docilidad Julia.

—Pero yo no pierdo los ánimos—terció Natalia con la sonrisa del que prepara una sorpresa agradable . Hoy ya no escupió en el suelo.

—¿Y dónde escupió?—quiso saber distraídamente el Coadjutor. Estaba considerando si Germán Trujillo llegaría a ser un señor pudiente.

—En un pocillo.

Las mejillas de Natalia estaban arreboladas. Pero quiso llevar su defensa hasta el fin.

—Las salivaderas tienen un aspecto tan... tan... Es fácil confundirlas con cualquier otro traste.

El Coadjutor se revistió de paciencia. Germán prosperaba en las monterías.

—He escuchado rumores de que la muchacha es arisca con los hombres. No se lo repruebo; ninguna precaución es suficiente. Pero ella traspasa los límites, no sólo del pudor, sino de la cortesía. Ofende a quienes se le acercan con ánimo inocente. El otro día, en la calle . . .

¿Qué creía Germán? ¿Que con su dinero, tal vez mal habido, podría rendirnos a todos? A los comitecos lo que les sobra es orgullo.

—¿Qué va a buscar una señorita decente en la calle?

Julia se adelantaba a las condenaciones que temía. El Coadjutor esbozó un gesto ambiguo.

—Y en el barrio de la Pila, exponiéndose a que le faltara al respeto cualquier burrero.

—¡San Caralampio bendito!

—Pues allí, fingiendo negocios, tenemos a la sobrina de ustedes, Reinerie...

—Gladys, señor.

—Claudia, su reverencia.

—María, de acuerdo con las costumbres de nuestra Santa Madre.

Las hermanas Trujillo cambiaron entre sí una mirada de contrariedad. Había que seguirle el humor a este anciano. ¿De qué hablaba ahora?

—Ustedes saben cómo se ponen aquellos rumbos cuando se entablan las aguas. Lodo, estiércol... María no es melindrosa ¿verdad?

No, no era. Tenían que inculcarle los melindres.

—...estaba en el trance de atravesar un charco. Sostenía las sandalias y las medias con una mano y con la otra, se alzaba la falda.

La imagen era inconcebible. Julia y Natalia la rechazaron cerrando fuertemente los ojos.

—Acertó entonces a pasar por allí Manolo Almaraz.

—Su familia es pileña ¿no es cierto, señor?

—Su origen es humilde, pero sus costumbres son intachables. Yo pondría la mano en el fuego por él. Lo conozco. Es mi hijo de confesión.

—Claro, claro—aceptó conciliadora Natalia.

—Por galantería le ofreció el brazo a la sobrina de ustedes al mismo tiempo que, con esa delicadeza tan suya, le dijo: "¿Me permite que la ayude?"

—¿Pretendía que Gladys dejara que la tocase?

Natalia miró compasivamente al sacerdote. No cabía duda de que desvariaba. Una cabeza no muy firme puede extraviarse a pesar de la tonsura. Era una ley rigurosa que en Comitán el hombre y la mujer no tuvieran ningún contacto sino dentro del matrimonio.

—Se trataba de una emergencia—aclaró el Coadjutor, malhumorado—. En el ofrecimiento de Manolo no había rastro ni de malicia ni de abuso. Yo salgo fiador de sus intenciones.

—¿Y Claudia aceptó?

—María, no se sabe cómo, desenfundó una pistola y, apuntando con ella al corazón de Manolo le dijo: "si se atreve a acercarse, aténgase a las consecuencias". No es difícil adivinar cuáles serían.

Se hizo un silencio de consternación. El Coadjutor pensaba en la urbanidad lesionada, Julia en la clientela perdida, Natalia en la virtud incólume.

—Aconséjenos usted, Padre. ¿Qué hacemos?

—Mano de hierro con guante de seda. ¿Comprenden?

Las señoritas Trujillo asintieron de una manera automática. No habían comprendido. De allí en adelante sus insomnios fueron verdaderos.

De sus consultas con la almohada, las tías concluyeron que Reinerie-Gladys-Claudia-María lo que necesitaba era tener trato con muchachas de su edad. No iba a ser difícil. Bastaba con que Natalia se ausentara oportunamente durante las lecciones de piano.

Las alumnas, ignorantes de lo que se fraguaba, inventaban las excusas más improbables para abandonar el salón de clase y husmear por la casa en busca de esa especie de guacamaya lacandona que se desvivían por conocer.

El conocimiento no satisfizo su curiosidad, sino la excitó más aún. Las conversaciones entre las jóvenes comitecas y la recién venida de la montería eran tan difíciles y sin sentido como las de los manuales de idiomas extranjeros. Las comitecas usaban una especie de clave, accesible únicamente al grupo de las iniciadas. Reinerie —que por orgullo fingía enterarse— daba unas contestaciones ambiguas que las otras interpretaban como un lenguaje superior.

Porque Reinerie poseía unos secretos que colocaban a las comitecas en un nivel de subordinación. Estos secretos se referían a la vida sexual de los animales y también ¿por qué no? de las personas. Reinerie describía con vivacidad y abundancia de detalles, el cortejo de los pájaros, el apareamiento de los cuadrúpedos, el cruzamiento de las razas, el parto de las bestias de labor, las violaciones de las núbiles, la iniciación de los adolescentes y las tentativas de seducción de los viejos.

Las comitecas volvían a su casa turbadas, despreciando a sus padres, ansiosas de casarse, sucias por dentro. Algo dejaron traslucir porque sus mayores les prohibieron que continuaran frecuentando a esa "india revestida". La señorita Natalia extendió—sin una arruga—el fieltro verde sobre las teclas de marfil y echó llave al piano.

La fama de la corrupción de Reinerie llegó hasta las tertulias de los hombres para provocarles un movimiento de repugnancia. En sus relaciones con las mujeres contaban, como con un ingrediente indispensable, con su ignorancia de la vida. De ellos dependía prolongarla o destruirla. En el primer caso tenían segura la sumisión. En el segundo, la gratitud.

En un plano de igualdad no sabían cómo desenvolverse. Con la hija de Germán Trujillo tampoco era posible alardear de destreza en los oficios masculinos. Si la ocasión se presentaba Reinerie era capaz de cinchar una mula, de atravesar a nado un río y de lazar un becerro.

Y para colmo la muchacha era tímida. Cuando un varón (algún recadero ¿quién más iba a atreverse o a dignarse?) le dirigía la palabra, su rostro tomaba el color morado de la asfixia, comenzaba a balbucir incoherencias y se echaba a correr y a llorar.

¿Quién iba a conmoverse con estos bruscos pudores? La esquivez de Reinerie fue calificada como grosería y desprecio. En represalia le concedían el saludo más distante y la amabilidad menos convincente.

Reinerie tardó en darse cuenta de que a su alrededor se había hecho el vacío. Vagaba distraídamente por los corredores; se quedaba parada, de pronto, en el centro de las habitaciones; se golpeaba la frente contra los árboles del traspatio. Y no comprendía. Hasta que una vez cayó presa de una dolorosa convulsión.

Julia acudió santiguándose y temiendo la deshonra; Natalia llorando y compartiendo el sufrimiento.

Reinerie volvió en sí. En vano la asediaron sus tías con infusiones de azahar y unturas de linimentos. ¿Qué nombre dar a aquella pena?

Las hermanas Trujillo recurrieron entonces a medidas extraordinarias; Julia encargó el último figurín a Estados Unidos, sede actual de la moda. Natalia escribió a Germán rogándole que legalizara su situación con la madre de su hija; después de todo, argumentaba, no puede exigirse a la sociedad que acepte a una bastarda.

El correo fue puntual. Los modelos neoyorkinos resultaron tan simples que la modista se sintió defraudada. Natalia tuvo ante sí un certificado de matrimonio bastante verosímil.

Reinerie (que había escogido llamarse Alicia) se aplicaba simultáneamente a su perfeccionamiento. Hacendosa, ensayó las recetas culinarias más exquisitas; deshiló manteles, marcó sábanas. Distinguida, pirograbó maderas y pintó acuarelas. Desenvuelta, aplicaba con oportunidad las fórmulas de la conversación. Tal suma de habilidades no le valió para granjearse ni una amiga ni un pretendiente.

—¿Y la dote?—vociferaba Germán desde la montería—. Digan que Reinerie va a heredar los aserraderos, las tropas de enganchados, las concesiones del Gobierno.

¿Pero a quién iban a decirlo las hermanas Trujillo si cada vez tenían menos interlocutores?

Saladura, sentenciaban las criadas desde sus dominios. Deberían de llevar a la niña para que le hicieran una limpia los brujos.

Desde su nivel eclesiástico el Coadjutor estaba de acuerdo. Urgentemente apremió a Natalia y a Julia para que su sobrina se aproximara a la Sagrada Mesa.

La primera comunión de Reinerie fue una ceremonia lucida a la que Germán no pudo asistir, pero cuyos dispendios alentó sin reparo.

La protagonista semejaba una quinceañera en la celebración, tardía, de su aniversario; o una desposada ya no tan precoz.

Reinerie no atendió al emocionado fervorín que improvisaba el oficiante. Cubierta de una profusión de brocados, listones, encajes, tules, divagaba siguiendo las figuras trémulas de los cirios ardiendo y el humo de los incensarios. Contaba la variedad de las flores; examinaba el color de la alfombra; quería descifrar los murmullos de la concurrencia.

¿Qué significado tenían las frases que el oficiante le dirigía: "Carne y sangre de Cristo"; "oveja descarriada, por cuyo rescate el Pastor abandona su rebaño"; "hija pródiga"? Reinerie se abría, no a las verdades del cristianismo, sino a la revelación de su propia opulencia y su gran importancia. Joven, hermosa, rica. ¿Qué más podía pedir? Sólo que su madre muriera.

El cumplimiento del rito la hizo creer que había ingresado en la sociedad de Comitán. Comenzó a prepararse para desempeñar airosamente su papel.

Se peinaba y se despeinaba ante el espejo; trazaba y borraba el arco de sus cejas, la curva de sus labios. Hasta que se compuso una figura que los demás tendrían que admirar.

En el taller de Julia se desparramaban cortes de charmeuse, destinados a los trajes de baile; flat para los vestidos de paseo; piqué para las batas de entrecasa. Y crespón para las ocasiones solemnes.

Pero ni estas ocasiones ni otras se presentaban. En los armarios ya no cabía más ropa, ni en los burós zapatos ni en el tocador afeites.

Compuesta, Reinerie salía a exhibirse al balcón. Tras las vidrieras de una ventana próxima, sus tías acechaban el paso de los transeúntes, el testimonio de su admiración. Pero los que pasaban, muy pocos, se descubrían precipitadamente si eran hombres; miraban sin ver, si eran mujeres.

En las tertulias Reinerie y sus costumbres, o sus actos más nimios, eran tema de burla. Alguno la apodó "La tarjeta postal" y ya nadie volvió a aludirla de otro modo.

Cuando alguien (que no estaba en antecedentes, por supuesto, o que estándolo quería alardear de caritativo o de independiente en sus opiniones) pretendía reivindicar una de las cualidades de Reinerie, se le tildaba de hipócrita, de inoportuno, de aguafiestas o de cazador de dotes. Y se aprovechaba la contradicción para encontrar nuevos motivos de mofa.

Si se examinaba su belleza era para hacer resaltar su falta de apego a los cánones. Ni pelo ondulado, ni ojos grandes, ni piel blanca ni boca diminuta, ni nariz recta. La suma de leves defectos y asimetrías no resultaba atractiva para los hombres ni envidiable para las mujeres.

La esbeltez carecía de importancia, puesto que ellas la sacrificaban a la gula. Se reían de la agilidad desde la molicie y si se ponderaba la salud se les acentuaba la interesante palidez.

La palomilla más renombrada se trazó una conducta estratégica: cedía a Reinerie el centro de la acera, el lugar de preferencia en el templo, en el cine, en los paseos. Pero nadie la acompañaba ni a misa mayor los domingos, ni a la función vespertina los sábados, ni a la serenata los jueves, ni a las carreras de caballos de Yaxchibol en octubre, ni a las temporadas de baños de Uninajab en abril, ni a las ferias de enero ni a los bailes todo el año.

Reinerie se declaró vencida ante el boicot. Incapaz de resistir la humillación del aislamiento, dejó de asistir a los sitios públicos. Aún en su casa fue abando nando los hábitos que tanto esfuerzo le había costado adquirir y volvió a su estado primitivo. Vagaba despeinada, sin zapatos, envuelta en una bata de yerbiya. Comía de pie, en cualquier parte, tomando los alimentos con los dedos y arrojando los desperdicios a su alrededor. Para huir de las reconvenciones de sus tías acabó por encerrarse en su cuarto.

Allí no era posible entrar. La atmósfera era irrespirable. Una gallina negra cumplía una misteriosa función en su nido, hecho debajo de la cama. Por todas partes se apilaba la ropa sucia y las colillas de unos cigarros de arriero que la muchacha fumaba sin cesar.

Cuando las criadas aprovechaban la momentánea ausencia de Reinerie para barrer la basura o retirar la ropa, tenían que sufrir una reprimenda. ¿Por qué se lo desordenaban todo? Ella quería vivir así y tenía el dinero suficiente para pagarse sus gustos.

Natalia quiso atraer a su sobrina hacia la lectura y le prestó los libros que habían consolado su soledad, distraído sus ocios, edificado sus penas.

Reinerie deletreaba sin fluidez. Y la recompensa de sus afanes era una insípida historia de misioneros heroicos en tierras bárbaras, de monjas suspirantes por el cielo y de casadas a la deriva en el mar proceloso que es el mundo.

Reinerie arrojaba el volumen lejos de sí, furiosa. ¿Por qué nadie hablaba nunca de amores compartidos, de matrimonios felices? Era necesario que existieran. Lo que leía no se diferenciaba de lo que vivía y por lo tanto le era imposible creer en ello. Más amargada aún que antes, volvió a caer en la inercia y el descuido.

Germán, al tanto de los acontecimientos, ordenó que se renovara el mobiliario de la casa. En el dormitorio de su hija se materializaron los delirios del hombre confinado en la selva y de las mujeres aisladas en la soltería. Allí se ostentaban un lujo y una voluptuosidad reducidos al absurdo por imaginaciones rudimentarias y mal nutridas: divanes de terciopelo, figuras mitológicas de alabastro, mesitas con incrustaciones de maderas preciosas sobre las que se abrían álbumes con leyendas alusivas a la fuerza de las pasiones, a la eternidad de los sentimientos y a la inexorabilidad del destino.

Reinerie se entretenía comiendo golosinas y jugando solitarios. Una tarde, en la que el hastío era más enervante que de costumbre, recordó los conjuros que recitaba su madre para la adivinación del porvenir. La penumbra se llenó de visiones casi tangibles. Espantada, Reinerie se cubrió la cara con las manos y gritó antes de perder el conocimiento.

Al volver en sí (sostenida por almohadones, sitiada por el olor acre de las sales) percibió unos murmullos rápidos, de angustia, de discusión.

—Hay que llamar al médico.

—¿Y si le encuentra algo raro?

—Es preferible que nos lo diga ahora.

—Sería un escándalo. ¿Quién va a querer cargar con ella... así?

—¿Entonces?

—Hay que esperar. Si se agrava la llevaremos a México.

Natalia y Julia redoblaron sus mimos para la convaleciente. ¿No es verdad que la música sosiega los ánimos? ¿No es cierto que el cambio de apariencia renueva las ilusiones? La modista cosía y la pianista tocaba. Gladys, Claudia, las contemplaba a las dos con una chispa de desconfianza en los ojos marchitos.

Un día invadieron su habitación en medio de grandes aspavientos. Del interior de una caja redonda extrajeron la sorpresa: un sombrero de mujer.

Era de paja sin teñir y lo rodeaba una nube informe y desvaída. Sí, el velo que protege la faz de la ingenua, el que cubre el rostro de la adúltera y atenúa los estragos del tiempo sobre la cara de la que envejece.

Para usar aquella prenda se necesitaba audacia, inconsciencia o una suprema seguridad en la propia elegancia. Entre sobrina y tías juntaron los tres requisitos y el sombrero se estrenó. Era un desafío. Y Comitán respondió a él con una indiferencia y un silencio absolutos. Se había decidido que el sombrero no existía.

Con desconcierto las Trujillo se batieron en retirada. Encerrarse equivalía a admitir la derrota. Inventaron un paseo nuevo: el campo de aviación.

Cuando el viento era favorable, las tías y la sobrina tenían la suerte de ver llegar y partir un aparato minúsculo que transportaba el correo.

Durante horas enteras permanecían las tres figuras en aquel páramo ventoso. Mudas, porque todo sonido era inaudible en la extensión batida sin cesar por corrientes contrarias; de pie, porque no había ni una piedra ni un tronco donde sentarse; la más joven coronada por un sombrero.

Imprevisible como los milagros, aparecía el avión rasgando el horizonte. ¡Se veía tan frágil, tan a merced de los elementos! Y sin embargo planeaba con gracia y tocaba la tierra con precisión y suavidad.

De la cabina salía el piloto dispuesto a aceptar la admiración de la concurrencia, orgulloso de sus hazañas y sin embargo humilde, como aquellos que deben más a la pericia y a la suerte que al aprendizaje. Con gallarda desenvoltura se aproximaba al grupo únicamente para ver de cerca tres estatuas de sal, con la espalda vuelta a la ciudad que las había expulsado y los ojos ciegos para lo que tenían delante. Les humillaba la soledad y no querían romperla gracias a un advenedizo cuyo linaje ignoraban y cuyo oficio—por el mero hecho de significar dependencia y escasez de dinero e imposibilidad de ocio—despreciaban.

A las tímidas, o audaces, tentativas de acercamiento, Reinerie y sus tías respondieron con desdén. Y lo que pudo ser amistad, principio de entendimiento, simpatía, coqueteo y aún amor, se pudrió. Aquellas tres figuras extravagantes se convirtieron pronto en tema de comentarios despiadados y de burlas certeras.

Reinerie y sus tías no dejaron de percibir que la atmósfera que las rodeaba era hostil. De un modo tácito dejaron de asistir a su único paseo hasta volver a encerrarse completamente en su casa.

Enterado de las noticias Germán llegó al pueblo. Quiso reanudar antiguos vínculos y halló una resistencia irónica. Nadie quiso saber el monto de su capital ni los medios de que se había valido para obtenerlo. Es más, nadie parecía haberse dado cuenta de que se hubiera ausentado durante tantos años. Con lo cual, su regreso carecía en lo absoluto de importancia.

Exacerbado, Germán hizo ostentación de su riqueza y de su esplendidez y alquiló el Casino Fronterizo para festejar un hipotético cumpleaños de su hija.

Los preparativos fueron estrepitosos y las invitaciones muchas. Se adornaron las salas con guirnaldas de orquídeas y los pisos con juncia; se alinearon las marimbas; se dispusieron las mesas bien abastecidas. Bajo el candil de cien luces Germán Trujillo, asfixiado por el traje de etiqueta, daba el brazo a su heredera y ofrecía el flanco libre a sus hermanas.

La sonrisa de bienvenida de los anfitriones fue congelándose paulatinamente en sus labios. Transcurrían las horas; bostezaban los marimbistas; sonreían con disimulo los meseros. A las dos de la mañana tuvo que aceptarse la evidencia: ninguno había honrado la recepción asistiendo a ella.

Furioso, Germán sacudía a Reinerie por los hombros como si quisiera arrancarle un gemido, una protesta, una maldición. La muchacha permanecía impávida como los manequíes del taller de su tía Julia.

—Dime qué quieres y te lo doy ahora mismo. ¡Puedo aplastarlos a todos, hacer que se arrastren ante ti! Soy rico, más rico que todos ellos juntos. Si les compro las fincas, las fábricas, no habrá quien no sea mi deudor.

Los términos mercantiles no conmovían a Reinerie.

—Gladys ¿no quisieras ir a México? ¡Podrías comprar colecciones enteras de ropa!

—Escuchar conciertos, música. Música de verdad, como en el cielo. ¡Vámonos, Claudia, vámonos!

Alicia contempló a los tres con reproche, como para volverlos a la razón. ¿Por qué exhibir así su fracaso ante la servidumbre que se regocijaba con él? De pronto se le había despertado un fulminante sentido de su jerarquía. Cubriéndose delicadamente la boca con la

mano, como para ocultar un bostezo, hizo notar a los otros (con una compostura incongruente) que era hora de dormir.

Durmió sin sobresaltos y despertó tranquila. Germán aplazaba su vuelta a las monterías en espera de un estallido que no llegó a producirse. Al contrario. El carácter de su hija se había dulcificado hasta la morbosidad. Hizo donativos de las pertenencias que tenía en mayor estima al Hospital Civil y al Niñado. Se enfundó en una especie de hábito oscuro y rogó al Coadjutor que le sirviese de guía espiritual. Germán Trujillo se fue con el corazón deshecho.

El Coadjutor escuchó aquel llamamiento a su deber con una alarma inútil. No le era lícito rechazarlo pero admitirlo le acarrearía consecuencias que era incapaz de calcular, pero que, desde luego, podía prever como desagradables.

Devota, Reinerie ingresó en las congregaciones piadosas; era celadora del Santísimo, Dama de la Virgen, Tercera de la Orden Franciscana, pilar, en fin, de la Iglesia.

Pero no por ello ganó afectos. Como actos de caridad sus compañeras la saludaban con una inclinación de cabeza, un guiño casi imperceptible, una sonrisa breve. Los grupos que murmuraban alrededor de un altar, del bautisterio, de la pila de agua bendita, se disolvían al acercarse la nueva socia. Hubo algunas deserciones, se presentaron renuncias y cuando Reinerie exigió al Coadjutor una demostración pública de apoyo, éste no tuvo la osadía de hacerla.

Junto con su sobrina, Julia y Natalia dejaron de frecuentar el templo y la abrumaban de cuidados, de mimos, para compensarla, para protegerla. Gladys, Claudia, se sentía aplastada por aquel cariño como por la losa de una tumba. María experimentaba las torturas del Purgatorio; y en cuanto a Alicia se había borrado como si nunca hubiera nacido.

Una madrugada encontraron su cuerpo desnudo, aterido, amoratado, sobre la hierba del traspatio. Sin una exclamación afligida o interrogante, las tías le procuraron abrigo y remedio hasta que la muchacha volvió en sí.

Desde entonces la vigilaron con mayor asiduidad y se dieron cuenta de que reía silenciosamente y sin motivo, hablaba sola en el idioma de su madre y caminaba tambaleándose como si estuviera ebria.

Las señoritas Trujillo avisaron con urgencia a Germán. Pero el aviso no llegó a tiempo. Julia casi se desmayó de horror cuando encontró, esparcidos por los corredores, los restos de la gallina negra descuartizada. Y Natalia había visto algo más: cómo se alejaba, a la luz clandestina del amanecer, la silueta de una mendiga. Destrabó la aldaba de la puerta de calle, salió, cerró tras de sí.

Al través de los visillos de su vidriera Natalia la vio irse y no hizo ningún ademán para detenerla. Y aunque tenía los ojos nublados por el llanto pudo advertir que Reinerie iba descalza.

"!Diles que no me maten! " por Juan Rulfo

-¡Diles que no me maten, Justino! Anda, vete a decirles eso. Que por caridad. Así diles. Diles que lo hagan por caridad.

-No puedo. Hay allí un sargento que no quiere oír hablar nada de ti.

-Haz que te oiga. Date tus mañas y dile que para sustos ya ha estado bueno. Dile que lo haga por caridad de Dios.

-No se trata de sustos. Parece que te van a matar de a de veras. Y yo ya no quiero volver allá.

-Anda otra vez. Solamente otra vez, a ver qué consigues.

-No. No tengo ganas de eso, yo soy tu hijo. Y si voy mucho con ellos, acabarán por saber quién soy y les dará por afusilarme a mí también. Es mejor dejar las cosas de este tamaño.

-Anda, Justino. Diles que tengan tantita lástima de mí. Nomás eso diles.

Justino apretó los dientes y movió la cabeza diciendo:

-No.

Y siguió sacudiendo la cabeza durante mucho rato.

Justino se levantó de la pila de piedras en que estaba sentado y caminó hasta la puerta del corral. Luego se dio vuelta para decir:

-Voy, pues. Pero si de perdida me afusilan a mí también, ¿quién cuidará de mi mujer y de los hijos?

-La Providencia, Justino. Ella se encargará de ellos. Ocúpate de ir allá y ver qué cosas haces por mí. Eso es lo que urge.

Lo habían traído de madrugada. Y ahora era ya entrada la mañana y él seguía todavía allí, amarrado a un horcón, esperando. No se podía estar quieto. Había hecho el intento de dormir un rato para apaciguarse, pero el sueño se le había ido. También se le había ido el hambre. No tenía ganas de nada. Sólo de vivir. Ahora que sabía bien a bien que lo iban a matar, le habían entrado unas ganas tan grandes de vivir como sólo las puede sentir un recién resucitado. Quién le iba a decir que volvería aquel asunto tan viejo, tan rancio, tan enterrado como creía que estaba. Aquel asunto de cuando tuvo que matar a don Lupe. No nada más por nomás, como quisieron hacerle ver los de Alima, sino porque tuvo sus razones. Él se acordaba:

Don Lupe Terreros, el dueño de la Puerta de Piedra, por más señas su compadre. Al que él, Juvencio Nava, tuvo que matar por eso; por ser el dueño de la Puerta de Piedra y que, siendo también su compadre, le negó el pasto para sus animales.

Primero se aguantó por puro compromiso. Pero después, cuando la sequía, en que vio cómo se le morían uno tras otro sus animales hostigados por el hambre y que su compadre don Lupe seguía negándole la yerba de sus potreros, entonces fue cuando se puso a romper la cerca y a arrear la bola de animales flacos hasta las paraneras para que se hartaran de comer. Y eso no le había gustado a don Lupe, que mandó tapar otra vez la cerca para que él, Juvencio Nava, le volviera a abrir otra vez el agujero. Así, de día se tapaba el agujero y de noche se volvía a abrir, mientras el ganado estaba allí, siempre pegado a la cerca, siempre esperando; aquel ganado suyo que antes nomás se vivía oliendo el pasto sin poder probarlo.

Y él y don Lupe alegaban y volvían a alegar sin llegar a ponerse de acuerdo. Hasta que una vez don Lupe le dijo:

-Mira, Juvencio, otro animal más que metas al potrero y te lo mato.

Y él contestó:

-Mire, don Lupe, yo no tengo la culpa de que los animales busquen su acomodo. Ellos son inocentes. Ahí se lo haiga si me los mata.

"Y me mató un novillo.

"Esto pasó hace treinta y cinco años, por marzo, porque ya en abril andaba yo en el monte, corriendo del exhorto. No me valieron ni las diez vacas que le di al juez, ni el embargo de mi casa para pagarle la salida de la cárcel. Todavía después, se pagaron con lo que quedaba nomás por no perseguirme, aunque de todos modos me perseguían. Por eso me vine a vivir junto con mi hijo a este otro terrenito que yo tenía y que se nombra Palo de Venado. Y mi hijo creció y se casó con la nuera Ignacia y tuvo ya ocho hijos. Así que la cosa ya va para viejo, y según eso debería estar olvidada. Pero, según eso, no lo está.

"Yo entonces calculé que con unos cien pesos quedaba arreglado todo. El difunto don Lupe era solo, solamente con su mujer y los dos muchachitos todavía de a gatas. Y la viuda pronto murió también dizque de pena. Y a los muchachitos se los llevaron lejos, donde unos parientes. Así que, por parte de ellos, no había que tener miedo.

"Pero los demás se atuvieron a que yo andaba exhortado y enjuiciado para asustarme y seguir robándome. Cada vez que llegaba alguien al pueblo me avisaban:

"-Por ahí andan unos fureños, Juvencio.

"Y yo echaba pal monte, entreverándome entre los madroños y pasándome los días comiendo verdolagas. A veces tenía que salir a la media noche, como si me fueran correteando los perros. Eso duró toda la vida . No fue un año ni dos. Fue toda la vida."

Y ahora habían ido por él, cuando no esperaba ya a nadie, confiado en el olvido en que lo tenía la gente; creyendo que al menos sus últimos días los pasaría tranquilos. "Al menos esto -pensó- conseguiré con estar viejo. Me dejarán en paz".

Se había dado a esta esperanza por entero. Por eso era que le costaba trabajo imaginar morir así, de repente, a estas alturas de su vida, después de tanto pelear para librarse de la muerte; de haberse pasado su mejor tiempo tirando de un lado para otro arrastrado por los sobresaltos y cuando su cuerpo había acabado por ser un puro pellejo correoso curtido por los malos días en que tuvo que andar escondiéndose de todos.

Por si acaso, ¿no había dejado hasta que se le fuera su mujer? Aquel día en que amaneció con la nueva de que su mujer se le había ido, ni siquiera le pasó por la cabeza la intención de salir a buscarla. Dejó que se fuera sin indagar para nada ni con quién ni para dónde, con tal de no bajar al pueblo. Dejó que se le fuera como se le había ido todo lo demás, sin meter las manos. Ya lo único que le quedaba para cuidar era la vida, y ésta la conservaría a como diera lugar. No podía dejar que lo mataran. No podía. Mucho menos ahora.

Pero para eso lo habían traído de allá, de Palo de Venado. No necesitaron amarrarlo para que los siguiera. Él anduvo solo, únicamente maniatado por el miedo. Ellos se dieron cuenta de que no podía correr con aquel cuerpo viejo, con aquellas piernas flacas como sicuas secas, acalambradas por el miedo de morir. Porque a eso iba. A morir. Se lo dijeron.

Desde entonces lo supo. Comenzó a sentir esa comezón en el estómago que le llegaba de pronto siempre que veía de cerca la muerte y que le sacaba el ansia por los ojos, y que le hinchaba la boca con aquellos buches de agua agria que tenía que tragarse sin querer. Y esa cosa que le hacía los pies pesados mientras su cabeza se le ablandaba y el corazón le pegaba con todas sus fuerzas en las costillas. No, no podía acostumbrarse a la idea de que lo mataran.

Tenía que haber alguna esperanza. En algún lugar podría aún quedar alguna esperanza. Tal vez ellos se hubieran equivocado. Quizá buscaban a otro Juvencio Nava y no al Juvencio Nava que era él.

Caminó entre aquellos hombres en silencio, con los brazos caídos. La madrugada era oscura, sin estrellas. El viento soplaba despacio, se llevaba la tierra seca y traía más, llena de ese olor como de orines que tiene el polvo de los caminos.

Sus ojos, que se habían apenuscado con los años, venían viendo la tierra, aquí, debajo de sus pies, a pesar de la oscuridad. Allí en la tierra estaba toda su vida. Sesenta años de vivir sobre de ella, de encerrarla entre sus manos, de haberla probado como se prueba el sabor de la carne. Se vino largo rato desmenuzándola con los ojos, saboreando cada pedazo como si fuera el último, sabiendo casi que sería el último.

Luego, como queriendo decir algo, miraba a los hombres que iban junto a él. Iba a decirles que lo soltaran, que lo dejaran que se fuera: "Yo no le he hecho daño a nadie, muchachos", iba a decirles, pero se quedaba callado. "Más adelantito se los diré", pensaba. Y sólo los veía. Podía hasta imaginar que eran sus amigos; pero no quería hacerlo. No lo eran. No sabía quiénes eran. Los veía a su lado ladeándose y agachándose de vez en cuando para ver por dónde seguía el camino.

Los había visto por primera vez al pardear de la tarde, en esa hora desteñida en que todo parece chamuscado. Habían atravesado los surcos pisando la milpa tierna. Y él había bajado a eso: a decirles que allí estaba comenzando a crecer la milpa. Pero ellos no se detuvieron.

Los había visto con tiempo. Siempre tuvo la suerte de ver con tiempo todo. Pudo haberse escondido, caminar unas cuantas horas por el cerro mientras ellos se iban y después volver a bajar. Al fin y al cabo la milpa no se lograría de ningún modo. Ya era tiempo de que hubieran venido las aguas y las aguas no aparecían y la milpa comenzaba a marchitarse. No tardaría en estar seca del todo.

Así que ni valía la pena de haber bajado; haberse metido entre aquellos hombres como en un agujero, para ya no volver a salir.

Y ahora seguía junto a ellos, aguantándose las ganas de decirles que lo soltaran. No les veía la cara; sólo veía los bultos que se repegaban o se separaban de él. De manera que cuando se puso a hablar, no supo si lo habían oído. Dijo:

-Yo nunca le he hecho daño a nadie -eso dijo. Pero nada cambió. Ninguno de los bultos pareció darse cuenta. Las caras no se volvieron a verlo. Siguieron igual, como si hubieran venido dormidos.

Entonces pensó que no tenía nada más que decir, que tendría que buscar la esperanza en algún otro lado. Dejó caer otra vez los brazos y entró en las primeras casas del pueblo en medio de aquellos cuatro hombres oscurecidos por el color negro de la noche.

-Mi coronel, aquí está el hombre.

Se habían detenido delante del boquete de la puerta. Él, con el sombrero en la mano, por respeto, esperando ver salir a alguien. Pero sólo salió la voz:

-¿Cuál hombre? -preguntaron.

-El de Palo de Venado, mi coronel. El que usted nos mandó a traer.

-Pregúntale que si ha vivido alguna vez en Alima -volvió a decir la voz de allá adentro.

-¡Ey, tú! ¿Que si has habitado en Alima? -repitió la pregunta el sargento que estaba frente a él.

-Sí. Dile al coronel que de allá mismo soy. Y que allí he vivido hasta hace poco.

-Pregúntale que si conoció a Guadalupe Terreros.

-Que dizque si conociste a Guadalupe Terreros.

-¿A don Lupe? Sí. Dile que sí lo conocí. Ya murió.

Entonces la voz de allá adentro cambió de tono:

-Ya sé que murió -dijo-. Y siguió hablando como si platicara con alguien allá, al otro lado de la pared de carrizos:

-Guadalupe Terreros era mi padre. Cuando crecí y lo busqué me dijeron que estaba muerto. Es algo difícil crecer sabiendo que la cosa de donde podemos agarrarnos para enraizar está muerta. Con nosotros, eso pasó.

"Luego supe que lo habían matado a machetazos, clavándole después una pica de buey en el estómago. Me contaron que duró más de dos días perdido y que, cuando lo encontraron tirado en un arroyo, todavía estaba agonizando y pidiendo el encargo de que le cuidaran a su familia.

"Esto, con el tiempo, parece olvidarse. Uno trata de olvidarlo. Lo que no se olvida es llegar a saber que el que hizo aquello está aún vivo, alimentando su alma podrida con la ilusión de la vida eterna. No podría perdonar a ése, aunque no lo conozco; pero el hecho de que se haya puesto en el lugar donde yo sé que está, me da ánimos para acabar con él. No puedo perdonarle que siga viviendo. No debía haber nacido nunca".

Desde acá, desde fuera, se oyó bien claro cuando dijo. Después ordenó:

-¡Llévenselo y amárrenlo un rato, para que padezca, y luego fusílenlo!

-¡Mírame, coronel! -pidió él-. Ya no valgo nada. No tardaré en morirme solito, derrengado de viejo. ¡No me mates...!

-¡Llévenselo! -volvió a decir la voz de adentro.

-...Ya he pagado, coronel. He pagado muchas veces. Todo me lo quitaron. Me castigaron de muchos modos. Me he pasado cosa de cuarenta años escondido como un apestado, siempre con el pálpito de que en cualquier rato me matarían. No merezco morir así, coronel. Déjame que, al menos, el Señor me perdone. ¡No me mates! ¡Diles que no me maten!.

Estaba allí, como si lo hubieran golpeado, sacudiendo su sombrero contra la tierra. Gritando.

En seguida la voz de allá adentro dijo:

-Amárrenlo y denle algo de beber hasta que se emborrache para que no le duelan los tiros.

Ahora, por fin, se había apaciguado. Estaba allí arrinconado al pie del horcón. Había venido su hijo Justino y su hijo Justino se había ido y había vuelto y ahora otra vez venía.

Lo echó encima del burro. Lo apretaló bien apretado al aparejo para que no se fuese a caer por el camino. Le metió su cabeza dentro de un costal para que no diera mala impresión. Y luego le hizo pelos al burro y se fueron, arrebiatados, de prisa, para llegar a Palo de Venado todavía con tiempo para arreglar el velorio del difunto.

-Tu nuera y los nietos te extrañarán -iba diciéndole-. Te mirarán a la cara y creerán que no eres tú. Se les afigurará que te ha comido el coyote cuando te vean con esa cara tan llena de boquetes por tanto tiro de gracia como te dieron.

"El cuento envenenado" por Rosario Ferré

Ir al enlace

http://letraslibres.com/revista/convivio/el-cuento-envenenado?page=full

“Los desarraigados” por Cristina Rossi

A menudo se ven, caminando por las calles de las grandes ciudades, a hombres y mujeres que flotan en el aire, en un tiempo y espacio suspendidos. Carecen de raíces en los pies, y a veces, hasta carecen de pies. No les brotan raíces de los cabellos, ni suaves lianas atan su tronco a alguna clase de suelo. Son como algas impulsadas por las corrientes marinas y cuando se fijan a alguna superficie, es por casualidad y dura sólo un momento.

Enseguida vuelven a flotar y hay cierta nostalgia en ello.

La ausencia de raíces les confiere un aire particular, impreciso, por eso resultan incómodos en todas partes y no se los invita a las fiestas, ni a las casas, porque resultan sospechosos. Es cierto que en la apariencia realizan los mismos actos que el resto de los seres humanos: comen, duermen, caminan y hasta mueren, pero quizás el observador atento podría descubrir que en su manera de comer, de dormir, caminar y morir hay una leve y casi imperceptible diferencia. Comen hamburguesas Mac Donald o emparedados de pollo Pokins, ya sea en Berlín, Barcelona o Montevideo. Y lo que es mucho peor todavía: encargan un menú estrafalario, compuesto por gazpacho, puchero y crema inglesa. Duermen por la noche, como todo el mundo, pero cuando despiertan en la oscuridad de una miserable habitación de hotel tienen un momento de incertidumbre: no entiendan dónde están, ni qué día es, ni el nombre de la ciudad en que viven.

Carecer de raíces otorga a sus miradas un rasgo característico: una tonalidad celeste y acuosa, huidiza, la de alguien que en lugar de sustentarse firmemente en raíces adheridas al pasado y al territorio, flota en un espacio vago e impreciso.

Aunque algunos al nacer poseían unos filamentos nudosos que sin duda con el tiempo se convertirían en sólidas raíces, por alguna razón u otra las perdieron, les fueron sustraídas o amputadas, y este desgraciado hecho los convierte en una especie de apestados. Pero en lugar de suscitar la conmiseración ajena, suelen despertar animadversión: se sospecha que son culpables de alguna oscura falta, el despojo (si lo hubo, porque podría tratarse de una carencia de nacimiento) los vuelve culpables.

Una vez que se han perdido, las raíces son irrecuperables. En vano el desarraigado permanece varias horas parado en la esquina, junto a un árbol, contemplando de soslayo esos largos apéndices que unen la planta con la tierra: las raíces no son contagiosas ni se adhieren a un cuerpo extraño.

Otros piensan que permaneciendo mucho tiempo en la misma ciudad o país es posible que alguna vez le sean concedidas unas raíces postizas, unas raíces de plástico, por ejemplo, pero ninguna ciudad es tan generosa.

Sin embargo, hay desarraigados optimistas. Son los que procuran ver el lado bueno de las cosas y afirman que carecer de raíces proporciona gran libertad de movimientos, evita las dependencias incómodas y favorece los desplazamientos. En medio de su discurso, sopla un viento fuerte y desaparecen, tragados por el aire.

"La grieta" por Cristina Peri Rossi

El hombre vaciló al subir la escalera que conducía de un andén a otro, y al producirse esta pequeña indecisión de su parte (no sabía si seguir o quedarse, si avanzar o retroceder, en realidad tuvo la duda de si se encontraba bajando o subiendo) graves trastornos ocurrieron alrededor. La compacta muchedumbre que le seguía rompió el denso entramado -sin embargo, casual- de tiempo y espacio, desperdigándose, como una estrella que al explotar provoca diáspora de luces y algún eclipse. Hombres perplejos resbalaron, mujeres gritaron, niños fueron aplastados, un anciano perdió su peluca, una dama su dentadura postiza, se desparramaron los abalorios de un vendedor ambulante, alguien aprovechó la ocasión para robar revistas del quiosco, hubo un intento de violación, saltó un reloj de una mano al aire y varias mujeres intercambiaron sin querer sus bolsos.

El hombre fue detenido, posteriormente, y acusado de perturbar el orden público. Él mismo había sufrido las consecuencias de su imprudencia, ya que, en el tumulto, se le quebró un diente. Se pudo determinar que, en el momento del incidente, el hombre que vaciló en la escalera que conducía de un andén a otro (a veinticinco metros de profundidad y con luz artificial de día y de noche) era el hombre que estaba en el tercer lugar de la fila número quince, siempre y cuando se hubieran establecido lugares y filas para el ascenso y descenso de la escalera.

El interrogatorio se desarrolló una tarde fría y húmeda del mes de noviembre. El hombre solicitó que se le aclarara en que equinoccio se encontraba, ya que a raíz de la vacilación que había provocado el accidente, sus ideas acerca del mundo estaban en un período de incertidumbre.

-Estamos, por supuesto, en invierno- afirmó con notable desprecio el funcionario encargado de interrogarle.

-No quise ofenderlo- contestó el hombre, con humildad-. No sabe hasta qué punto le agradezco su gentil información- agregó.

-Con independencia del invierno- contemporizó el funcionario-, ¿quiere explicarme usted qué fue lo que provocó este desagradable accidente?

El hombre miró hacia un lado y otro de las verdes paredes. Al entrar al edificio, le había parecido que eran grises; pero como tantas otras cosas, se trataba de una falsa apariencia, salvo que efectivamente, en cualquier momento, volvieran a ser grises. ¿Quién podría adivinar lo que el instante futuro nos depararía?

-Verá usted- se aclaró la garganta. No vio un vaso con agua por ningún lado, y le pareció imprudente pedirlo. Quizás fuera conveniente no solicitar nada. Ni siquiera comprensión. Paredes desnudas, sin ventanas. Habitaciones rectangulares, pero estrechas.

El funcionario parecía levemente irritado. Parecía. Nunca había conocido a un funcionario que no lo pareciera. Como una deformación profesional, o un mal hábito de la convivencia.

-De pronto- dijo el hombre-, no supe si continuar o si quedarme. Sé perfectamente que es insólito. Es insólito tener un pensamiento de esa naturaleza al subir o bajar la escalera. O quizás, en cualquier otra actividad.

-¿En qué escalón se encontraba? -interrogó el funcionario, con frialdad profesional.

-No puedo asegurarlo -contestó el hombre, sinceramente. Quería subsanar el error-. Estoy seguro de que alguien debe saberlo. Hay gente que siempre cuenta los escalones, en uno u otro sentido. Vayan o vengan.

-Usted, ¿iba o venía?

-Fue una vacilación. Una pequeña vacilación, ¿entiende?

De pronto, al deslizar los ojos, otra vez, por la superficie verde de la pared, había descubierto un diminuto agujero, una grieta casi insignificante. No podía decir si estaba antes, la primera o la segunda vez que miró la pared, o si se había formado en ese mismo momento. Porque con seguridad hubo una época en que fue una pared completamente lisa, gris o verde, pero sin ranuras. ¿Y cómo iba a saber él cuando había ocurrido esta pequeña hendidura? De todos modos, era muy incómodo ignorar si se trataba de una grieta antigua o moderna. La miró fijamente, intentando descubrirlo.

-Repito la pregunta -insistió el funcionario, con indolente severidad.

Había que proceder como si se tratara de niños, sin perder la paciencia. Eso decían los instructores. Era un sistema antiguo, pero eficaz. Las repeticiones conducen al éxito, por deterioro. Repetir es destruir-. ¿En qué escalón se encontraba usted?

Al hombre le pareció que ahora la grieta era un poco más grande, pero no sabía si se trataba de un efecto óptico o de un crecimiento real. De todos modos- se dijo-, en algún momento crece se trata de estar atentos, o quizás, de no estarlo.

-No puedo asegurarlo - afirmó el hombre-. ¿existen defectos ópticos en esta habitación?

El funcionario no pareció sorprendido. En realidad, los funcionarios casi nunca parecen sorprenderse de algo y en eso consiste parte de su función.

-No -dijo con voz neutra-. Usted, ¿iba o venía?

-Alguien debe saberlo -respondió el hombre, mirando fijamente la pared.

Entonces era posible que la grieta hubiera aumentado en ese mismo momento.

Estaría creciendo sordamente, en la oscuridad del verde, como una célula maligna, cuya intención difiere de las demás.

-¿Por qué no usted? -volvió a preguntar el funcionario.

-Ocurrió en un instante -dijo el hombre, en voz alta, sin dirigirse expresamente a él. Trataba de describir el fenómeno con precisión.

Ahora el agujero en la pared parecía inofensivo, pero con seguridad era sólo un simulacro.

-Supongo que bajaba, o subía, lo mismo da. Había escalones por delante, escalones por detrás. No los veía hasta llegar al borde mismo de ellos, debido a la multitud. Éramos muchos. Vaga conciencia de formar parte de una muchedumbre, Repetía los movimientos automáticamente, como todos los días.

-¿Subía o bajaba? -repitió el funcionario, con paciencia convencional. Él sintió que se trataba de una deferencia impersonal, un deber del funcionario. No era una paciencia que le estuviera especialmente dirigida; era un hábito de la profesión y ni siquiera podía decirse que se tratara exactamente de un buen hábito.

-Se trataba de una sola escalera -dijo el hombre- que sube y baja al mismo tiempo. Todo depende de la decisión que se haya tomado previamente. Los peldaños son iguales, de cemento, color gris, a la misma distancia, unos de otros. Sufrí una pequeña vacilación. Allí, en mitad de la escalera, con toda aquella multitud por delante y por detrás, no supe si en realidad subía o bajaba, No sé, señor, si usted puede comprender lo que significa esa pequeñísima duda. Una especie de turbación. Yo subía o bajaba . en eso consistía, en parte, la vacilación -y de pronto no supe qué hacer. Mi pie derecho quedó suspendido un momento en el aire. Comprendí- con terrible lucidez- la importancia de ese gesto. No podía apoyarlo sin saber antes en qué sentido lo dirigía. Era, pues, pertinente, resolver la incertidumbre.

La grieta, en la pared, tenía el tamaño de una moneda pequeña. Pero antes, parecía la cabeza de un alfiler. ¿O era que antes no había apreciado su dimensión verdadera? La dificultad en aprehender la realidad radica en la noción de tiempo, pensó. Si no hay continuidad, equivale a afirmar que no existe ninguna realidad, salvo el momento. El momento. El preciso momento en que no supo si subía o bajaba y no era posible, entonces, apoyar el pie. Por encima de la grieta ahora divisaba una línea ondulada, una delgada línea ascendía -si miraba desde abajo- o descendía -si miraba desde arriba-. La altura en que estuviera colocado el ojo decidía, en este caso, la dirección.

-En el momento inmediatamente anterior a los hechos que usted narra -concedió el funcionario, casi con delicadeza-, ¿recuerda usted si acaso subía o bajaba la escalera?

-Es curioso que el mismo instrumento sirva tanto para subir como para bajar, siendo en el fondo, acciones opuestas -reflexionó el hombre, en voz alta-. Los peldaños están más gastados hacía el centro, allí donde apoyamos el pie, tanto para lo uno como para lo otro. Pensé que si me afirmaba allí iba a aumentar la estría. Un minuto antes de la vacilación -continuó-, la memoria hizo una laguna. La memoria navega, hace agua. No sirvió; quedó atrapada en el subterráneo.

-Según sus antecedentes -interrumpió, enérgico, el funcionario- jamás había padecido amnesia.

-No -afirmó el hombre-. Es un recurso literario. Fue una grieta inesperada.

Ascendiendo, la línea se dirigía hacía el techo. Podía seguirla con esfuerzo, ya que no veía bien a esa distancia. Sólo una abstracción nos permitía saber, cuando nos sumergimos, si la corriente nos desliza hacia el origen o hacia la desembocadura del río, si empieza o termina.

-Un momento antes del accidente -recapituló el funcionario-, usted, ¿subía o bajaba?

-Fue sólo una pequeña vacilación. ¿Hacia arriba? ¿Hacia abajo? En el pie suspendido en el aire, a punto de apoyarlo, y de pronto, no saber. No hay ningún dramatismo en ello, sino una especie de turbación. Apoyarlo, se convertía en un acto decisivo. Lo sostuve en el aire unos minutos. Era una posición incómoda pero menos comprometida.

-¿Qué clase de vacilación? -preguntó de pronto el funcionario, iracundo.

Estaba fastidiado, o había cambiado de táctica. La grieta tenía ramificaciones. Nadie es perfecto. No se sabía si esas ramificaciones conducían a alguna parte.

-Por las dudas, no actué -confesó el hombre-. Me pareció oportuno esperar.

Esperar a que el pie pudiera volver a desempeñarse sin turbaciones, a que la pierna no hiciera preguntas inconfesables.

-¿Qué clase de vacilación? -volvió a preguntar el funcionario, con irritación.

-De la deritativas. Clase G. Configuradas como peligrosas. No es necesario consultar el catálogo, señor -respondió, vencido, el hombre-. Una vacilación con ramificaciones. De las que vienen con familia. A partir de la cual, ya no se trataba de saber si se baja o sube la escalera: eso no importa, carece de cualquier sentido. Entonces, los hombres que vienen detrás -se suba o se baje siempre hay una multitud anterior o posterior- se golpean entre sí, involuntariamente, hay gente que grita, todos preguntan qué pasa, aúllan las sirenas, las paredes vibran y se agrietan, niños lloran, damas pierden los botones y paraguas, los inspectores se reúnen y los funcionarios investigan la irregularidad-. La mancha se estiraba como un pez.

-¿Puede darme un cigarrillo?