sábado, 13 de agosto de 2011

“El rugido de Tarzán” por Cristina Peri Rossi

Johnny Weissmuller gritó y el bosque entero (con sus insinuantes lianas y espesos follajes) pareció temblar: el vaso de whisky resbaló de la pequeña mesa de vidrio y cayó sobre la alfombra de piel de león; un lago redondo y oscuro crecido con la lluvia. Johnny gritó, un grito largo y sostenido, con sus cortezas y litorales, sus montañas de sonido, sus cuevas vegetales, sus profundidades ocultas donde vuelan los murciélagos y sus nubes ágiles que se deslizan como humo. Un grito prolongado y profundo, largo, hondo, que por el aire resbalaba de rama en rama, convocando a los pájaros azules y a los blancos elefantes; un grito que atravesaba el claroscuro de las hojas, las cicatrices de los troncos, y saltaba entre las rocas como ventisquero; ascendía las cumbres de las quietas, solemnes montañas, corría entre las piedras primarias, oscurecidas por el follaje y precipitaba los ríos estivales, de agua lenta, cristalina. No sólo el vaso cayó; también un cenicero se deslizó, un cenicero de porcelana en forma de hoja de plátano, regalo de una de sus antiguas admiradoras. Y las numerosas colillas estrujadas se desparramaron como menudos troncos quemados.

Al grito, acudían las aves de largo vuelo equinoccial, los peces pequeños que lamen el costado de las rocas, los ciervos de reales cornamentas, los cuervos de mirada alerta, los cocodrilos asomaban sus largas cabezas y los árboles parecían moverse. Era un grito triunfal, una clave sonora respetada por los grande paquidermos, los altivos flamencos y los escurridizos moluscos. Entonces Jane levantaba la cabes, resplandeciente y morena, tocada por el grito como por una incitación largamente esperada. Y Jane corría, Jane corría por los senderos del bosque, se abría paso entre las ramas de grandes y carnosas hojas, Jane atravesaba los húmedos corredores de la selva guiada, conducida por el grito, protegida por el grito, alentada por el grito. Los pájaros volaban detrás de ella, los leones se ocultaban, las serpiente escondían las cabezas, grandes hipopótamos cedían paso.

No sólo el cenicero se estrelló contra el suelo: un cuadro de la habitación se estremeció, pareció golpear la pared y luego de cimbrar un momento el aire (denso de humo y de alcohol) quedó torcido, anhelante, con un ángulo en falsa escuadra. Era la copia a todo color de un viejo fotograma de la selva, de la prefabricada jungla de Toluca Lake, con sus montañas de cartón, sus baobabs de papel pintado y sus piscinas convertidas en lagos llenos de pirañas. Fuera del apartamento, los automóviles que cruzaban la avenida se detuvieron un instante, alarmados por el grito, y luego, veloces, siguieron el camino. Los elefantes sacudían sus grandes orejas como lentos abanicos, los monos cruzaban la selva por el aire, saltando de rama en rama y los pájaros, como látigos, golpeaban las hojas de los altas bananeros. En el fotograma, además, había una muchacha vestida con piel de tigre que yacía en el suelo, encadenada, los túrgidos senos asomando entre las manchas opalinas del tigre, los muslos muy blancos (muslos de alguien que toma poco sol) descubiertos por las cuidadosas rasgaduras de la falda, los labios anchos y rojizos entreabiertos en lo que podía ser un gesto de provocativo dolor o una sensual imploración, Johnny estaba unos pasos más atrás, el ancho y musculoso torso denudo, la nariz recta, los huesos bien formados con pequeña y sugestivas sombras alrededor de las tetillas y de la cintura; un poco más arriba del ombligo se iniciaba una línea, un cauce torneado que el taparrabos triangular (largo entre las piernas, pero angosto en los costados, como para que asomaran las formidables líneas de los muslos) ocultaba, pero cuya trayectoria -como un río afluente- era posible adivinar.

El cuadro lo había pintado una admiradora suya, hacía muchos años, a partir de una escena de Tarzán y las amazonas, protagonizada por él y por Brenda Joyce; por lo que Johnny recordaba de la película, en ella había una cantidad extraordinaria de muchachas, portadoras de flechas, todas ataviadas con piel de tigre (él se había enfadado mucho cuando supo que las manchas de la tela eran fruto de una buena operación de la tintorería del estudio: los tigres escaseaban, por lo menos en Hollywood, y además, había empezado a surgir una cantidad increíble de sociedades protectoras de algo, de perros, de tigres y hasta de ballenas, lo cual volvía el arte cinematográfico muy difícil) y con sandalias de liana. En la película, él volvía a lanzar su largo, agudo y penetrante grito, un grito de selva y de montaña, de agua, madera y viento; un grito que ululaba como las sirenas de los paquebotes del Mississippi, que batía alas como los pájaros azules de Nork-Fold, que atraía a las salamandras de los pantanos de West-Palm (al oeste de Colorado River hay un sitio que amo) y alentaba el vuelo de las ánades de Wisconsin. Johnny gritó; gritó en la ladera del sofá forrado de piel de bisonte, y la cabeza del ciervo, en la pared, no se estremeció; volvió a gritar pensando en Maureen O'Sullivan y el grito retumbó en la habitación como una pesada piedra cayendo sobre los atolones de Leyte: la isla madrepórica reprodujo el grito en los vasos de whisky con huellas de labios y de cigarros, en las conchas del Caribe conservadas como trofeo y en cuyas cavidades todavía las notas bronca del mar fosforescente se juntaron con los agudos de su grito; Johnny gritó sobre los largos pelos de las mantas africanas que cubrían de animales aterciopelados el lecho conyugal vacío en el apartamento de California, gritó sobre las reliquias de marfil y las hojas de tabaco, un grito largo y desesperado, desencajado, el grito de un humilde recepcionista del Caesar's Palace de las Vegas, su último empleo, y por un momento pensó que Jane acudiría, que Jane cruzaría las abigarradas calles centrales, que se abriría paso entre los resplandecientes semáforos y las carrocerías brillantes de los autos, que Jane, vestida con un abrigo de leopardo, atravesaría la avenida centellante de neón, saltaría por encima del río de cacahuetes y bolsitas de maíz, que correría entre los anuncios de porno-films y de cigarrillos Buen Salvaje Americano hasta el humilde apartamento donde Edgar Burroughs acababa de beber un whisky, antes de llamar por teléfono al Hogar de Retiro de Actores, en Woodland Hills, porque un anciano llamado Johnny Weissmuller no dejaba dormir a los vecinos con sus gritos.

“El exiliado” por Cristina Peri Rossi

Su acento lo delata: arrastra un poco las eses y pronuncia de igual manera las b y las v. Entonces se produce cierto silencio a su alrededor. No es un gran silencio, pero él percibe alguna curiosidad en las miradas y un pequeño reajuste en los gestos, que se vuelven más enfáticos. (Cambios imperceptibles para un observador común, pero el exilio es una lente de aumento.) A partir de ese instante (y también otros) él se siente en la necesidad de compensar a los demás. Oh, es cierto que él es un extranjero y debe hacerse perdonar. Agradece la buena voluntad ajena, ésa que consiste en no preguntarle jamás de donde viene, ni que hacía antes, si ha solucionado o no los problemas de los papeles, cómo era el lugar donde vivía, si perdió algo en el camino, si se siente solo. Todos están dispuestos a disimular esa pequeña anomalía, a tomarlo en cuenta, pese a todo, a no hacerle preguntas y especialmente: a no demostrar ninguna clase de curiosidad por su vida. Para corresponder a tanta amabilidad, él se obstina en ignorar su pasado (hace como si no lo tuviera), reprime cualquier malestar y demuestra gran conocimiento de las plazas de la ciudad, los monumentos, el nombre y la ubicación de las calles, los servicios públicos y la escasa flora del lugar.

Puede indicar con precisión la ruta de los autobuses y de los metros y la composición de la Alcaldía, pero precisamente, el hecho de conocer todos estos datos (en especial: el nombre de los árboles del ornato público y el emplazamiento de los principales monumentos) crea cierta desconfianza a su alrededor y confirma que en efecto, se trata de un extranjero que vive entre nosotros. Evita muy cuidadosamente el uso de la primera persona del plural, para no sembrar dudas a su paso, porque los individuos suelen ser muy celosos en cuanto a la comunidad a la que pertenecen y él no desea ofender a nadie. Está muy agradecido al sol, que también lo calienta a él y por un ingenioso mecanismo sortea las trampas que se le tienden para intimidarlo: cuando alguien habla de un defecto nacional, él lo convierte de inmediato en una virtud. Por ejemplo, cuando su interlocutor, sin mirarlo especialmente fijo, menciona la mezquindad de los habitantes de la ciudad, él afirma que se trata del sano sentido del ahorro que ha permitido prosperar a las familias; si se habla de la rudeza y falta de urbanidad de los transeúntes, él asegura que es espontaneidad y falta de inhibiciones; si alguien comenta que en esa ciudad hay poca imaginación y sus habitantes son aburridos, él sugiere que en realidad, se trata del sentido común de la raza, poco dad -gracias a Dios - al delirio y a la aventura. Si el interlocutor persiste en enumerar los vicios y defectos del país, él da por terminada la conversación con un enfático << ¡Ustedes no saben lo que tienen!>>, y el ciudadano se interrumpe, mira alrededor, algo confuso, convencido de que el exiliado ama más el lugar que él. Pero de inmediato se recupera: no está dispuesto que nadie hable de su patria superlativamente, si no nació allí. Es entonces cuando el Exiliado comprende que ha cometido una falta irreparable y que por más esfuerzo que haga, siempre será un extranjero.

“Banderas” por Cristina Peri Rossi

Por cada hombre muerto, se regala una bandera. La ceremonia es sencilla y se desarrolla siempre de la misma forma, en la intimidad de la familia y sin curiosos que interfieran. Primero llegan dos oficiales que comunican la triste noticia a los deudos; luego, comienzan los preparativos para la entrega de la bandera. Hay que hacer notar que la presencia de los oficiales tiene un efecto moderador sobre el dolor de las familias que, por sobriedad, contienen sus manifestaciones de pesar. Algo en los uniformes, en los gestos medidos y protocolares impone límites a los sentimientos exasperados: se llora con más recato. Para desplegar la bandera, se prefieren las superficies chatas, como la mesa del living, por ejemplo, con mucha solemnidad, en medio del silencio general (sólo se escuchan los sollozos ahogados de alguna mujer). uno de los oficiales procede a extenderla con mucho cuidado, procurando que no se formen pliegues La bandera se desenvuelve sobre la mesa como si fuera el tapiz, antes de la celebración de la misa. Una vez ha quedado extendida, el otro oficial dirige algunas palabras -sobrias, contenidas- al público reunido. Se habla de valentía, honorabilidad y servicio a la patria. Cuando termina, se hace un minuto de silencio. Luego, el mismo oficial, procede a enrollar la banden. Podríamos decir que éste es el momento más emotivo de toda la ceremonia. Muchas familias no pueden contener el llanto, las cejas crispadas. La bandera se pliega así: primero, se dobla por uno de los extremos, de modo que forme un pequeño triángulo, luego el triángulo se dobla sobre sí mismo y así sucesivamente; hasta terminar con la bandera. Cuando ésta se ha reducido a un cuadrado, en virtud de la propiedad geométrica de la adición de dos triángulos equilátero iguales, uno de los oficiales (no el que la enrolló) procede a depositarla en manos de uno de los miembros de la familia, que la recibe con gran emoción. Puede decirse entonces que la ceremonia ha concluido, y los oficiales, haciendo el saludo de rigor, se retiran.

Si bien la bandera así doblada no pesa mucho, en cambio se ha advertido que es algo incómoda de llevar. El miembro de la familia que la ha recibido suele no saber qué hacer con ella. Colocada debajo del brazo. a la altura de la axila derecha o izquierda, si bien permite disponer de las extremidades con libertad, en cambio produce mucho calor, especialmente en los días de verano. Si se la sostiene entre las manos, obstaculiza otras tareas, necesarias para la continuidad de la vida, como gesticular, por ejemplo. También es difícil encontrarle un lugar en la casa. Seria irrespetuoso -dado que de alguna manera la bandera es el padre o el hijo muerto- colgarla de la pared del living, donde adquirida un carácter decorativo no siempre a tono con los demás ornamentos. Usada como sábana tiene el inconveniente de no ajustarse exactamente a las dimensiones de las camas normales, y el frío, además, se cuela por los costados. Y nadie comería a gusto encima de los colores que representan al noble soldado muerto. Hay madres que la colocan encima del tocador, pero se llena de polvo y atrae a las polillas. Lo más adecuado parece ser guardarla en una bolsa de nylon en el cajón de la ropa en desuso.

Se ha visto, con todo. hombres por las avenidas transitando con su bandera arrollada debajo del brazo, como el periódico de la tarde.

El creciente consumo de banderas ha dado lugar a una floreciente industria. Multitud de mujeres desocupadas se dedican, ahora, con todo esmero, a ¡a confección de pabellones patrios para cubrir las necesidades del ejército, la aviación, la marina, la infantería, el cuerpo de paracaidistas, las brigadas especiales, los lanza-llamas, el servicio de expedicionarios y los selectos equipos de bombarderos. De este modo, la población del país se ha dividido en dos grandes categorías: aquellas personas dedicadas ala confección de banderas y aquellas destinadas a recibirlas. Pero no son dos sectores separados entre sí. Muchas veces una mujer que se encontraba cosiendo a máquina, las tres franjas de color que componen nuestra bandera, fue interrumpida por dos oficiales que cumplían el penoso deber de entregarle una, no cosida por ella.

Como menudas diferencias se advierten en la confección de una bandera y otra (el espesor del hilo, el ancho de la bandera de separación entre un color y otro, el tamaño de las puntadas, la costura de los bordes), se ha desarrollado entre las gentes una curiosa afición: coleccionar piezas raras. Las familias estudian entre sí las características de sus numerosas banderas y se dedican a buscar aquellas que se distinguen por alguna peculiaridad, desdeñando las fabricadas en serie. Un pequeño mercado negro de banderas se ha iniciado, al margen de la entrega oficial. Pero este tráfico indecente no afecta a la mayoría de las familias del país, que con todo esmero continúan fabricando banderas. Todo lo cual revela el alto grado de patriotismo del que gozamos en la actualidad.

"El que inventó la pólvora" por Carlos Fuentes

Uno de los pocos intelectuales que aún existían en los días anteriores a la catástrofe, expresó que quizá la culpa de todo la tenía Aldous Huxley. Aquel intelectual -titular de la misma cátedra de sociología, durante el año famoso en que a la humanidad entera se le otorgó un Doctorado Honoris Causa, y clausuraron sus puertas todas las Universidades-, recordaba todavía algún ensayo de Music at Night: los snobismos de nuestra época son el de la ignorancia y el de la última moda; y gracias a éste se mantienen el progreso, la industria y las actividades civilizadas. Huxley, recordaba mi amigo, incluía la sentencia de un ingeniero norteamericano: «Quien construya un rascacielos que dure más de cuarenta años, es traidor a la industria de la construcción». De haber tenido el tiempo necesario para reflexionar sobre la reflexión de mi amigo, acaso hubiera reído, llorado, ante su intento estéril de proseguir el complicado juego de causas y efectos, ideas que se hacen acción, acción que nutre ideas. Pero en esos días, el tiempo, las ideas, la acción, estaban a punto de morir.

La situación, intrínsecamente, no era nueva. Sólo que, hasta entonces, habíamos sido nosotros, los hombres, quienes la provocábamos. Era esto lo que la justificaba, la dotaba de humor y la hacía inteligible. Éramos nosotros los que cambiábamos el automóvil viejo por el de este año. Nosotros, quienes arrojábamos las cosas inservibles a la basura. Nosotros, quienes optábamos entre las distintas marcas de un producto. A veces, las circunstancias eran cómicas; recuerdo que una joven amiga mía cambió un desodorante por otro sólo porque los anuncios le aseguraban que la nueva mercancía era algo así como el certificado de amor a primera vista. Otras, eran tristes; uno llega a encariñarse con una pipa, los zapatos cómodos, los discos que acaban teñidos de nostalgia, y tener que desecharlos, ofrendarlos al anonimato del ropavejero y la basura, era ocasión de cierta melancolía.

Nunca hubo tiempo de averiguar a qué plan diabólico obedeció, o si todo fue la irrupción acelerada de un fenómeno natural que creíamos domeñado. Tampoco, dónde se inició la rebelión, el castigo, el destino -no sabemos cómo designarlo. El hecho es que un día, la cuchara con que yo desayunaba, de legítima plata Christoph; se derritió en mis manos. No di mayor importancia al asunto, y suplí el utensilio inservible con otro semejante, del mismo diseño, para no dejar incompleto mi servicio y poder recibir con cierta elegancia a doce personas. La nueva cuchara duró una semana; con ella, se derritió el cuchillo. Los nuevos repuestos no sobrevivieron las setenta y dos horas sin convertirse en gelatina. Y claro, tuve que abrir los cajones y cerciorarme: toda la cuchillería descansaba en el fondo de las gavetas, excreción gris y espesa. Durante algún tiempo, pensé que estas ocurrencias ostentaban un carácter singular. Buen cuidado tomaron los felices propietarios de objetos tan valiosos en no comunicar algo que, después tuvo que saberse, era ya un hecho universal. Cuando comenzaron a derretirse las cucharas, cuchillos, tenedores, amarillentos, de alumno y hojalata, que usan los hospitales, los pobres, las fondas, los cuarteles, no fue posible ocultar la desgracia que nos afligía. Se levantó un clamor: las industrias respondieron que estaban en posibilidad de cumplir con la demanda, mediante un gigantesco esfuerzo, hasta el grado de poder reemplazar los útiles de mesa de cien millones de hogares, cada veinticuatro horas.

El cálculo resultó exacto. Todos los días, mi cucharita de té -a ella me reduje, al artículo más barato, para todos los usos culinarios- se convertía, después del desayuno, en polvo. Con premura, salíamos todos a formar cola para adquirir una nueva. Que yo sepa, muy pocas gentes compraron al mayoreo; sospechábamos que cien cucharas adquiridas hoy serían pasta mañana, o quizá nuestra esperanza de que sobrevivieran veinticuatro horas era tan grande como infundada. Las gracias sociales sufrieron un deterioro total; nadie podía invitar a sus amistades, y tuvo corta vida el movimiento, malentendido y nostálgico, en pro de un regreso a las costumbres de los vikingos.

Esta situación, hasta cierto punto amable, duró apenas seis meses. Alguna mañana, terminaba mi cotidiano aseo dental. Sentí que el cepillo, todavía en la boca, se convertía en culebrita de plástico; lo escupí en pequeños trozos. Este género de calamidades comenzó a repetirse casi sin interrupciones. Recuerdo que ese mismo día, cuando entré a la oficina de mi jefe en el Banco, el escritorio se desintegró en terrones de acero, mientras los puros del financiero tosían y se deshebraban, y los cheques mismos daban extrañas muestras de inquietud... Regresando a la casa, mis zapatos se abrieron como flor de cuero, y tuve que continuar descalzo. Llegué casi desnudo: la ropa se habla caído a jirones, los colores de la corbata se separaron y emprendieron un vuelo de mariposas. Entonces me di cuenta de otra cosa: los automóviles que transitaban por las calles se detuvieron de manera abrupta, y mientras los conductores descendían, sus sacos haciéndose polvo en las espaldas, emanando un olor colectivo de tintorería y axilas, los vehículos, envueltos en gases rojos, temblaban. Al reponerme de la impresión, fijé los ojos en aquellas carrocerías. La calle hervía en una confusión de caricaturas: Fords Modelo T, carcachas de 1909, Tin Lizzies, orugas cuadriculadas, vehículos pasados de moda.

La invasión de esa tarde a las tiendas de ropa y muebles, a las agencias de automóvil, resulta indescriptible. Los vendedores de coches -esto podría haber despertado sospechas- ya tenían preparado el Modelo del Futuro, que en unas cuantas horas fue vendido por millares. (Al día siguiente, todas las agencias anunciaron la aparición del Novísimo Modelo del Futuro, la ciudad se llenó de anuncios démodé del Modelo del día anterior -que, ciertamente, ya dejaba escapar un tufillo apolillado-, y una nueva avalancha de compradores cayó sobre las agencias.)

Aquí debo insertar una advertencia. La serie de acontecimientos a que me vengo refiriendo, y cuyos efectos finales nunca fueron apreciados debidamente, lejos de provocar asombro o disgusto, fueron aceptados con alborozo, a veces con delirio, por la población de nuestros países. Las fábricas trabajaban a todo vapor y terminó el problema de los desocupados. Magnavoces instalados en todas las esquinas, aclaraban el sentido de esta nueva revolución industrial: los beneficios de la libre empresa llegaban hoy, como nunca, a un mercado cada vez más amplio; sometida a este reto del progreso, la iniciativa privada respondía a las exigencias diarias del individuo en escala sin paralelo; la diversificación de un mercado caracterizado por la renovación continua de los artículos de consumo aseguraba una vida rica, higiénica y libre. «Carlomagno murió con sus viejos calcetines puestos -declaraba un cartel- usted morirá con unos Elasto-Plastex recién salidos de la fábrica.» La bonanza era increíble; todos trabajaban en las industrias, percibían enormes sueldos, y los gastaban en cambiar diariamente las cosas inservibles por los nuevos productos. Se calcula que, en mi comunidad solamente, llegaron a circular en valores y en efectivo, más de doscientos mil millones de dólares cada dieciocho horas.

El abandono de las labores agrícolas se vio suplido, y concordado, por las industrias química, mobiliaria y eléctrica. Ahora comíamos píldoras de vitamina, cápsulas y granulados, con la severa advertencia médica de que era necesario prepararlos en la estufa y comerlos con cubiertos (las píldoras, envueltas por una cera eléctrica, escapan al contacto con los dedos del comensal).

Yo, justo es confesarlo, me adapté a la situación con toda tranquilidad. El primer sentimiento de terror lo experimenté una noche, al entrar a mi biblioteca. Regadas por el piso, como larvas de tinta, yacían las letras de todos los libros. Apresuradamente, revisé varios tomos: sus páginas, en blanco. Una música dolorosa, lenta, despedida, me envolvió; quise distinguir las voces de las letras; al minuto agonizaron. Eran cenizas. Salí a la calle, ansioso de saber qué nuevos sucesos anunciaba éste; por el aire, con el loco empeño de los vampiros, corrían nubes de letras; a veces, en chispazos eléctricos, se reunían... amor rosa palabra, brillaban un instante en el cielo, para disolverse en llanto. A la luz de uno de estos fulgores, vi otra cosa: nuestros grandes edificios empezaban a resquebrajarse; en uno, distinguí la carrera de una vena rajada que se iba abriendo por el cuerpo de cemento. Lo mismo ocurría en las aceras, en los árboles, acaso en el aire. La mañana nos deparó una piel brillante de heridas. Buen sector de obreros tuvo que abandonar las fábricas para atender a la reparación material de la ciudad; de nada sirvió, pues cada remiendo hacía brotar nuevas cuarteaduras.

Aquí concluía el periodo que pareció haberse regido por el signo de las veinticuatro horas. A partir de este instante, nuestros utensilios comenzaron a descomponerse en menos tiempo; a veces en diez, a veces en tres o cuatro horas. Las calles se llenaron de montañas de zapatos y papeles, de bosques de platos rotos, dentaduras postizas, abrigos desbaratados, de cáscaras de libros, edificios y pieles, de muebles y flores muertas y chicle y aparatos de televisión y baterías. Algunos intentaron dominar a las cosas, maltratarlas, obligarlas a continuar prestando sus servicios; pronto se supo de varias muertes extrañas de hombres y mujeres atravesados por cucharas y escobas, sofocados por sus almohadas, ahorcados por las corbatas. Todo lo que no era arrojado a la basura después de cumplir el término estricto de sus funciones, se vengaba así del consumidor reticente.

La acumulación de basura en las calles las hacía intransitables. Con la huida del alfabeto, ya no se podían escribir directrices; los magnavoces dejaban de funcionar cada cinco minutos, y todo el día se iba en suplirlos con otros. ¿Necesito señalar que los basureros se convirtieron en la capa social privilegiada, y que la Hermandad Secreta de Verrere era, de facto, el poder activo detrás de nuestras instituciones republicanas? De viva voz se corrió la consigna: los intereses sociales exigen que para salvar la situación se utilicen y consuman las cosas con una rapidez cada día mayor. Los obreros ya no salían de las fábricas; en ellas se concentró la vida de la ciudad, abandonándose a su suerte edificios, plazas, las habitaciones mismas. En las fábricas, tengo entendido que un trabajador armaba una bicicleta, corría por el patio montado en ella; la bicicleta se reblandecía y era tirada al carro de la basura que, cada día más alto, corría como arteria paralítica por la ciudad; inmediatamente, el mismo obrero regresaba a armar otra bicicleta, y el proceso se repetía sin solución. Lo mismo pasaba con los demás productos; una camisa era usada inmediatamente por el obrero que la fabricaba, y arrojada al minuto; las bebidas alcohólicas tenían que ser ingeridas por quienes las embotellaban, y las medicinas de alivio respectivas por sus fabricantes, que nunca tenían oportunidad de emborracharse. Así sucedía en todas las actividades.

Mi trabajo en el Banco ya no tenía sentido. El dinero había dejado de circular desde que productores y consumidores, encerrados en las factorías, hacían de los dos actos uno. Se me asignó una fábrica de armamentos como nuevo sitio de labores. Yo sabía que las armas eran llevadas a parajes desiertos, y usadas allí; un puente aéreo se encargaba de transportar las bombas con rapidez, antes de que estallaran, y depositarlas, huevecillos negros, entre las arenas de estos lugares misteriosos.

Ahora que ha pasado un año desde que mi primera cuchara se derritió, subo a las ramas de un árbol y trato de distinguir, entre el humo y las sirenas, algo de las costras del mundo. El ruido, que se ha hecho sustancia, gime sobre los valles de desperdicio; temo -por lo que mis últimas experiencias con los pocos objetos servibles que encuentro delatan- que el espacio de utilidad de las cosas se ha reducido a fracciones de segundo. Los aviones estallan en el aire, cargados de bombas; pero un mensajero permanente vuela en helicóptero sobre la ciudad, comunicando la vieja consigna: «Usen, usen, consuman, consuman, ¡todo, todo!» ¿Qué queda por usarse? Pocas cosas, sin duda.

Aquí, desde hace un mes, vivo escondido, entre las ruinas de mi antigua casa. Huí del arsenal cuando me di cuenta que todos, obreros y patrones, han perdido la memoria, y también, la facultad previsora... Viven al día, emparedados por los segundos. Y yo, de pronto, sentí la urgencia de regresar a esta casa, tratar de recordar algo apenas estas notas que apunto con urgencia, y que tampoco dicen de un año relleno de datos- y formular algún proyecto.

¡Qué gusto! En mi sótano encontré un libro con letras impresas; es Treasure Island, y gracias a él, he recuperado el recuerdo de mí mismo, el ritmo de muchas cosas... Termino el libro («¡Pieces of eight! ¡Pieces of eight!») y miro en redor mío. La espina dorsal de los objetos despreciados, su velo de peste. ¿Los novios, los niños, los que sabían cantar, dónde están, por qué los olvidé, los olvidamos, durante todo este tiempo? ¿Qué fue de ellos mientras sólo pensábamos (y yo sólo he escrito) en el deterioro y creación de nuestros útiles? Extendí la vista sobre los montones de inmundicia. La opacidad chiclosa se entrevera en mil rasguños; las llantas y los trapos, la obsesidad maloliente, la carne inflamada del detritus, se extienden enterrados por los cauces de asfalto; y pude ver algunas cicatrices, que eran cuerpos abrazados, manos de cuerda, bocas abiertas, y supe de ellos.

No puedo dar idea de los monumentos alegóricos que sobre los desperdicios se han construido, en honor de los economistas del pasado. El dedicado a las Armonías de Bastiat, es especialmente grotesco.

Entre las páginas de Stevenson, un paquete de semillas de hortaliza. Las he estado metiendo en la tierra, ¡con qué gran cariño!... Ahí pasa otra vez el mensajero:

«USEN TODO... TODO... TODO»

Ahora, ahora un hongo azul que luce penachos de sombra y me ahoga en el rumor de los cristales rotos...

Estoy sentado en una playa que antes -si recuerdo algo de geografía- no bañaba mar alguno. No hay más muebles en el universo que dos estrellas, las olas y arena. He tomado unas ramas secas; las froto, durante mucho tiempo... ah, la primera chispa...

viernes, 8 de abril de 2011

" La noche que volvimos a ser gente" por José Luis González

¿Qué si me acuerdo? Se acuerda el Barrio entero si quieres que te diga la verdad, porque eso no se le va a olvidar ni a Trompoloco, que ya no es capaz de decir ni dónde enterraron a su mamá hace quince días. Lo que pasa es que yo te lo puedo contar mejor que nadie por esa casualidad que tú todavía no sabes. Pero antes vamos a pedir unas cervezas bien frías porque con esta calor del diablo quién quita que hasta me falle la memoria.

Ahora sí, salud y pesetas. Y fuerza donde tú sabes. Bueno, pues de eso ya van cuatro años y si quieres te digo hasta los meses y los días porque para acordarme no tengo más que mirarle la cara al barrigón, ése que tú viste ahí en la casa cuando fuiste a procurarme esta mañana. Sí, el mayorcito, que se llama igual que yo pero que si hubiera nacido mujercita hubiéramos tenido que ponerle Estrella o Luz María o algo así. O hasta Milagros, mira, porque aquello fue... Pero si sigo así voy a contarte el cuento al revés, o sea desde el final y no por el principio, así que mejor sigo por donde iba.

Bueno, pues la fecha no te la digo porque ya tú la sabes y lo que te interesa es otra cosa. Entonces resulta que ese día le había dicho yo al foreman, que era un judío buena persona y ya sabía su poquito de español, que me diera un overtime porque me iban a hacer falta los chavos para el parto de mi mujer, que ya estaba en el último mes y no paraba de sacar cuentas. Que si lo del canastillo, que si lo de la comadrona... Ah, porque ella estaba empeñada en dar a luz en la casa y no en la clínica donde los doctores y las norsas no hablan español y además sale más caro.

Entonces a las cuatro acabé mi primer turno y bajé al come-y-vete ése del italiano que está ahí enfrente de la factoría. Cuestión de echarme algo a la barriga hasta que llegara a casa y la mujer me recalentara la comida, ¿ves? Bueno, pues me metí un par de hot dogs con una cerveza mientras le tiraba un vistazo al periódico hispano que había comprado por la mañana, y en eso, cuando estaba leyendo lo de un latino que había hecho tasajo a su corteja porque se la estaba pegando con un chino, en eso, mira, yo no sé si tú crees en esas cosas, pero como que me entró un presentimiento. O sea que sentí que esa noche iba a pasar algo grande, algo que no podía decir lo que iba a ser. Yo digo que uno tiene que creer porque tú me dirás qué tenía que ver lo del latino y el chino y la corteja con eso que yo empecé a sentir. A sentir, tú sabes, porque no fue que lo pensara, que eso es distinto. Bueno, pues acabé de mirar el periódico y volví rápido a la factoría para empezar el overtime.

Entonces el otro foreman, porque el primero ya se había ido, me dice: ¿Qué, te piensas hacer millonario para poner un casino en Puerto Rico? Así, relajando, tú sabes, y vengo yo y le digo, también vacilando: No, si el casino ya lo tengo. Ahora lo que quiero poner es una fábrica. Y me dice: ¿Una fábrica de qué? Y le digo: Una fábrica de humo. Y entonces me pregunta: ¿Ah, sí? ¿Y qué vas a hacer con el humo? Y yo bien serio, con una cara de palo que había que ver: ¿Adiós?... ¿y qué voy a hacer? Enlatarlo para vendérselo a los americanos, que compran cualquier cosa con tal de que venga en lata. Un vacilón, tú sabes, porque ese foreman era todavía más buena persona que el otro. Pero porque le conviene, desde luego: así nos pone de buen humor y nos saca el jugo en el trabajo. Él se cree que yo no lo sé, pero cualquier día se lo digo para que vea que uno no es tan ignorante como parece. Porque esta gente aquí a veces se imagina que uno viene de la última sínsora y confunde el papel de lija con el papel de inodoro, sobre todo cuando uno es trigueñito y con la morusa tirando a caracolillo.

Pero, bueno, eso es noticia vieja y lo que tengo que contarte es otra cosa. Ahora, que la condenada calor sigue y la cerveza ya se nos acabó. La misma marca, ¿no? Okay. Pues como te iba diciendo, después que el foreman me quiso vacilar y yo le dejé con las ganas, pegamos a trabajar en serio. Porque eso sí, aquí la guachafita y el trabajo no son compadres. Time es money, ya tú sabes. Pegaron a llegarme radios por el assembly line y yo a meterles los tubos: chan, chan. Sí, yo lo que hacía entonces era poner los tubos. Dos a cada radio, uno en cada mano. Chan, chan. Al principio, cuando no estaba impuesto, a veces se me pasaba un radio y entonces, ¡muchacho!, tenía que correrle detrás y al mismo tiempo echarle el ojo al que venía seguido, y creía que me iba a volver loco. Cuando salía del trabajo sentía como que llevaba un baile de San Vito en todo el cuerpo. A mí me está que por eso en este país hay tanto borracho y tanto vicioso. Sí, chico, porque cuando tú quedas así lo que te pide el cuerpo es un juanetazo de lo que sea, que por lo general es ron o algo así, y ahí se va acostumbrando uno. Yo digo que por eso las mujeres se defienden mejor en el trabajo de factoría, porque ellas se entretienen con el chismorreo y la habladuría y el comentario, ¿ves?, y no se imponen a la bebida.

Bueno, pues ya tenía yo un rato metiendo tubos y pensando boberías cuando en eso viene el foreman y me dice: Oye, ahí te buscan. Yo le digo: ¿A quién, a mí? Pues claro, me dice, aquí no hay dos con el mismo nombre. Entonces pusieron a otro en mi lugar para no parar el trabajo y ahí voy yo a ver quién era el que me buscaba. Y era Trompoloco, que no me dice ni qué hubo sino que me espeta: Oye, que te vayas para tu casa que tu mujer se está pariendo. Sí, hombre, así de sopetón. Y es que el pobre Trompoloco se cayó del coy allá en Puerto Rico cuando era chiquito y según decía su mamá, que en paz descanse, cayó de cabeza y parece que del golpe se le ablandaron los sesos. Tuvo un tiempo, cuando yo lo conocí aquí en el Barrio, que de repente se ponía a dar vueltas como loco y no se paraba hasta que se mareaba y se caía al suelo. De ahí le vino el apodo. Eso sí, nadie abusa de él porque su mamá era muy buena persona, médium espiritista ella, tú sabes, y ayudaba a mucha gente y no cobraba. Uno le dejaba lo que podía, ¿ves?, y si no podía no le dejaba nada. Entonces hay mucha gente que se ocupa de que Trompoloco no pase necesidades. Porque él siempre fue huérfano de padre y no tuvo hermanos, así que como quien dice está solo en el mundo.

Bueno, pues llega Trompoloco y me dice eso y yo digo: Ay, mi madre, ¿y ahora qué hago? El foreman, que estaba pendiente de lo que pasaba porque esa gente nunca le pierde ojo a uno en el trabajo, viene y me pregunta: ¿Cuál es el trouble? Y yo le digo: Que viene a buscarme porque mi mujer se está pariendo. Y entonces el foreman me dice: Bueno, ¿y que tú estás esperando? Porque déjame decirte que ese foreman también era judío y para los judíos la familia siempre es primero. En eso no son como los demás americanos, que entre hijos y padres y entre hermanos se insultan y hasta se dan por cualquier cosa. Y no sé si será por la clase de vida que la gente lleva en este país. Siempre corriendo detrás del dólar, como los perros esos del canódromo que ponen a correr detrás de un conejo de trapo. ¿Tú los has visto? Acaban echando el bofe y nunca alcanzan al conejo. Eso sí, les dan comida y los cuidan para que vuelvan a correr al otro día, que es lo mismo que hacen con la gente, si miras bien la cosa. Así que en este país todo venimos a ser como perros de carrera.

Bueno, pues cuando el foreman me dijo de qué yo estaba esperando, le digo: Nada, ponerme el coat y agarrar el subway antes que mi hijo vaya a llegar y no me encuentre en casa. Contento que estaba yo ya, ¿sabes?, porque iba ser mi primer hijo y tú sabes cómo es eso. Y me dice el foreman: No se te vaya a olvidar ponchar la tarjeta para que cobres la media hora que llevas trabajando, que de ahora palante es cuando te van a hacer falta los chavos. Y le digo: Cómo no, y agarro el coat y poncho la tarjeta y le digo a Trompoloco, que estaba parado allí mirando las máquinas como eslembao: ¡Avanza, Trompo, que vamos a llegar tarde! Y bajamos las escaleras corriendo para no esperar el ascensor y llegamos a la acera, que estaba bien crowded porque a esa hora todavía había gente saliendo del trabajo. Y digo yo: ¡Maldita sea, y que tocarme la hora del rush! Y Trompoloco que no quería correr: Espérate, hombre, espérate, que yo quiero comprar un dulce. Bueno, es que Trompoloco es así, ¿ves?, como un nene. Él sirve para hacer un mandado, si es algo sencillo, o para lavar unas escaleras en un building o cualquier cosa que no haya que pensar. Pero si es cuestión de usar la calculadora, entonces búscate a otro. Así que vengo y le digo: No. Trompo, qué dulce ni qué carajo. Eso lo compras allá en el Barrio cuando lleguemos. Y él: No, no, en el Barrio no hay de los que yo quiero. Esos nada más se consiguen en Brooklyn. Y le digo: Ay, tú estás loco, y en seguida me arrepiento porque eso es lo único que no se le puede decir a Trompoloco. Y se para ahí en la acera, más serio que un chavo de queso, y me dice: No, no, loco no. Y le digo: No, hombre, si yo no dije loco, yo dije bobo. Lo que pasa es que tú oíste mal. ¡Avanza, que el dulce te lo llevo yo mañana! Y me dice: ¿Seguro que tú no me dijiste loco? Y yo: ¡Seguro, hombre! Y él: ¿Y mañana me llevas dos dulces? Mira, loco y todo lo que tú quieras, pero bien que sabe aprovecharse. Y a mí casi me entra la risa y le digo: Claro chico, te llevo hasta tres si quieres. Y entonces vuelve a poner buena cara y me dice: Está bien, vámonos, pero tres dulces, acuérdate, ¿ah? Y yo, caminando para la entrada del subway con Trompoloco detrás: Sí, hombre, tres. Después me dices de cuáles son.

Y bajamos casi corriendo las escaleras y entramos en la estación con aquel mar de gente que tú sabes cómo es eso. Yo pendiente de que Trompoloco no se fuera a quedar atrás porque con el apeñuscamiento y los arrempujones a lo mejor le entraba miedo y quién iba a responder por él. Cuando viene el tren expreso lo agarro por un brazo y le digo: Prepárate y echa palante tú también, que si no nos quedamos afuera. Y él me dice: No te ocupes, y cuando se abre la puerta y salen los que iban a bajar, nos metemos de frente y quedamos prensados entre aquel montón de gente que no podíamos ni mover los brazos. Bueno, mejor, porque así no había que agarrarse de los tubos. Trompoloco iba un poco azorado porque yo creo que era la primera vez que viajaba en subway a esa hora, pero como me tenía a mí al lado no había problemas, y así seguimos hasta Columbus Circle y allí cambiamos de línea porque teníamos que bajarnos en la 110 y quinta para llegar a casa, ¿ves?, y ahí volvimos a quedar como sardinas en lata.

Entonces yo iba contando los minutos, pensando si ya mijo habría nacido y cómo estaría mi mujer. Y de repente se me ocurre: Bueno, y yo tan seguro de que va a ser macho y a lo mejor me sale una chancleta. Tú sabes que uno siempre quiere que el primero sea hombre. Y la verdad es que eso es un egoísmo de nosotros, porque a la mamá le conviene más que la mayor sea mujer para que después le ayude con el trabajo de la casa y la crianza de los hermanitos. Bueno, pues en eso iba yo pensando y sintiéndome ya muy padre de familia, te das cuenta, cuando... ¡fuácata, ahí fue! Que se va la luz y el tren empieza a perder impulso hasta que se queda parado en la mismita mitad del túnel entre dos estaciones. Bueno, la verdad es que de un momento no se asustó nadie. Tú sabes que eso de que las luces se apaguen en el subway no es nada del otro mundo: en seguida vuelven a prenderse y la gente ni pestañea. Y eso de que el tren se pare un ratito antes de llegar a una estación tampoco es raro. Así que de momento no se asustó nadie. Prendieron las luces de emergencia y todo el mundo lo más tranquilo. Pero empezó a pasar el tiempo y el tren no se movía. Y yo pensando: Coño, qué mala suerte, ahora que tenía que llegar pronto. Pero todavía creyendo que sería cuestión de un ratito, ¿ves? Y así pasaron como tres minutos más y entonces una señora empezó a toser. Una señora americana ella, medio viejita, que estaba cerca de mí. Yo la miré y vi que estaba tosiendo como sin ganas, y pensé: Eso no es catarro, eso es miedo. Y pasó otro minuto y el tren seguía parado y entonces la señora le dijo a un muchacho que tenía al lado, un muchacho alto y rubio él, tofete, con cara como de irlandés, le dijo la señora: Oiga, joven, ¿a usted esto no le está raro? Y él dijo: No, no se preocupe, eso no es nada. Pero la señora como que no quedó conforme y siguió con su tosecita y entonces otros pasajeros empezaron a tratar de mirar por las ventanillas, pero como no podían moverse bien y con la oscuridad que había allá afuera, pues no veían nada. Te lo digo porque yo también traté de mirar y lo único que saqué fue un dolor de cuello que me duró un buen rato.

Bueno, pues siguió pasando el tiempo y a mí empezó a darme calambre en una pierna y ahí fue donde me entró el nerviosismo. No, no por el calambre, sino porque pensé que ya no iba a llegar a tiempo a casa. Y decía yo para entre mí: No, aquí tiene que haber pasado algo, ya es demasiado de mucho tiempo que tenemos aquí parados. Y como no tenía nada que hacer, puse a funcionar el coco y entonces fue que se me ocurrió lo del suicidio. Bueno, era lo más lógico, ¿por qué no? Tú sabes que aquí hay muchísima gente que ya no se quieren para nada y entonces van y se trepan al Empire State y pegan el salto desde allá arriba y creo que cuando llegan a la calle ya están muertos por el tiempo que tardan en caer. Bueno, yo no sé, eso es lo que me han dicho. Y hay otros que le tiran por delante al subway y quedan que hay que recogerlos con pala. Ah, no, eso sí, a los que brincan desde el Empire State me imagino que habrá que recogerlos con secante. No, pero en serio, porque con esas cosas no se debe relajar, a mí se me ocurrió que lo que había pasado era que alguien se le había tirado debajo al tren que iba delante de nosotros, y hasta pensé: Bueno, pues que en paz descanse pero ya me chavó a mí, porque sí que voy a llegar tarde. Ya mi mujer debe estar pensando que Trompoloco se perdió en el camino o que yo ando borracho por ahí y no me importa lo que está pasando en casa. Porque no es que yo sea muy bebelón, pero de vez en cuando, tú me entiendes... Bueno, y ya que estamos hablando de eso, y quieres cambiamos de marca, pero que estén bien frías a ver si se nos acaba de quitar la calor.

¡Aja! Entonces... ¿por dónde iba yo? Ah sí, estaba pensando en eso del suicidio y qué sé yo, cuando de repente -¡ran!- vienen y se abren las puertas del tren. Sí, hombre sí, allí mismo en el túnel. Y como eso, a la verdad, era una cosa que yo nunca había visto, entonces pensé: Ahora sí que a la puerca se le entorchó el rabo. Y enseguida veo que allá abajo frente a la puerta estaban unos como inspectores o algo así porque tenían uniforme y traían unas linternas de ésas como faroles. Y nos dice uno de ellos: Take it easy que no hay peligro. Bajen despacio y sin empujar. Y ahí mismo la gente empezó a bajar y a preguntarle al míster aquél: ¡Qué es lo que pasa, qué es lo que pasa? Y él: Cuando estén todos acá abajo les voy a decir. Yo agarré a Trompoloco por el brazo y le dije: ¿Ya tú oíste? No hay peligro, pero no te vayas a apartar de mí. Y él me decía que sí con la cabeza, porque yo creo que del susto se le había ido hasta la voz. No decía nada, pero parecía que los ojos se le iban a salir de la cara: los tenía como platillos y casi le brillaban en la oscuridad, como a los gatos.

Bueno, pues fuimos saliendo del tren hasta que no quedó nadie adentro. Entonces, cuando estuvimos todos alineados allá abajo, los inspectores empezaron a recorrer la fila que nosotros habíamos formado y nos fueron explicando, así por grupos, ¿ves?, que lo que pasaba era que había habido un blackout o sea que se había ido la luz en toda la ciudad y no se sabía cuándo iba a volver. Entonces la señora de la tosecita, que había quedado cerca de mí, le preguntó al inspector: Oiga, ¿y cuándo vamos a salir de aquí? Y él le dijo: Tenemos que esperar un poco porque hay otros trenes delante de nosotros y no podemos salir todos a la misma vez. Y ahí pegamos a esperar. Y yo pensando: Maldita sea mi suerte, mira que tener que pasar esto el día de hoy, cuando en eso siento que Trompoloco me jala la manga del coat y me dice bajito, como en secreto: Oye, oye, panita, me estoy meando. ¡Imagínate tú! Lo único que faltaba. Y le digo: Ay, Trompo, bendito, aguántate, ¿tú no ves que aquí eso es imposible? Y me dice: Pero es que hace rato que tengo ganas y ya no aguanto más. Entonces me pongo a pensar rápido porque aquello era una emergencia, ¿no?, y lo único que se me ocurre es ir a preguntarle al inspector qué se podía hacer. Le digo a Trompoloco: Bueno, espérame un momentito, pero no te vayas a mover de aquí. Y me salgo de la línea y voy y le digo al inspector: Listen, mister, my friend wanna take a leak, o sea que mi amigo quería cambiarte el agua al canario. Y me dice, el inspector: Goddamit to helI, can't he hold it in a while? Y le digo que eso mismo le había dicho yo, que se aguantara, pero que ya no podía. Entonces me dice: Bueno, que lo haga donde pueda, pero que no se aleje mucho. Así que vuelvo donde Trompoloco y le digo: vente conmigo por ahí atrás, a ver si encontramos un lugarcito, y pegamos a caminar, pero aquella hilera de gente nos se acaba nunca. Y habíamos caminado un trecho cuando vuelve a jalarme la manga y dice: Ahora si ya no aguanto, brother. Entonces le digo: Pues mira, ponte detrás de mí pegadito a la pared, pero ten cuenta que no me vayas a mojar los zapatos. Y hazlo despacito, para que no se oiga. Y ni había acabado de hablar cuando oigo aquello que, bueno, ¿tú sabes cómo hacen eso los caballos? Pues con decirte que parecía que eran dos caballos en vez de uno. Si yo no sé cómo no se le había reventado la vejiga. No, una cosa terrible. Yo pensé: Ave María, éste me va a salpicar hasta el coat. Y mira que era de esos cortitos, que no llegan ni a la rodilla, porque a mi siempre me ha gustado estar a la moda, ¿verdad? Y entonces, claro, la gente que estaba por allí tuvo que darse cuenta y yo oí que empezaron a murmurar. Y pensé: Menos mal que está oscuro y no nos pueden ver la cara, porque si se dan cuenta que somos puertorriqueños... Ya tú sabes cómo es el asunto aquí. Yo pensando todo eso y Trampoloco que no acababa. ¡Cristiano, las cosas que le pasan a uno en este país! Después las cuentas y la gente no te las cree. Bueno, pues al fin Trompoloco acabó, o por lo menos eso creí yo porque ya no se oía aquel estrépito que estaba haciendo, pero pasaba el tiempo y no se movía. Y le digo: Oye, ¿ya tú acabaste? Y me dice: Sí. Y yo: Pues ya vámonos. Y entonces me sale con que: Espérate, que me estoy sacudiendo. Mira, ahí fue donde yo me encocoré. Le digo: Pero, muchacho, ¿eso es una manguera o qué? ¡Camina por ahí si no quieres que esta gente nos sacuda hasta los huesos después de esta inundación que tú has hecho aquí! Entonces como que comprendió la situación y me dijo: está bien, está bien, vámonos.

Pues volvimos adonde estábamos antes y ahí nos quedamos esperando como media hora más. Yo oía a la gente alrededor de mí hablando inglés, quejándose y diciendo que qué abuso, que parecía mentira, que si el alcalde, que si qué sé yo. Y de repente oigo por allá que alguien dice en español: bueno, para estirar la pata lo mismo da aquí adentro que allá afuera, y mejor que sea aquí porque así el entierro tiene que pagarlo el gobierno. Sí, algún boricua que quería hacerse el gracioso. Yo miré así a ver si lo veía, para decirle que el entierro de él lo iba a pagar la sociedad protectora de animales, pero en aquella oscuridad no pude ver quién era. Y lo malo es que el chistecito aquél me hizo su efecto, no te creas. Porque parado allí sin hacer nada y con la preocupación que traía yo y todo ese problema, ¿tú sabes lo que me ocurrió a mí entonces? Imagínate, yo pensé que el inspector nos había dicho un embuste y que lo que pasaba era que ya había empezado la tercera guerra mundial. No, no te rías, yo te apuesto que yo no era el único que estaba pensando eso. Sí, hombre, con todo lo que se pasan diciendo los periódicos aquí, de que si los rusos y los chinos y hasta los marcianos en los platillos voladores.., pues claro, ¿y por qué tú te crees que en este país hay tanto loco? Si ahí en Bellevue ya ni caben y creo que van a tener que construir otro manicomio.

Bueno, pues en esa barbaridad estaba yo pensando cuando vienen los inspectores y nos dicen que ya nos tocaba el turno de salir a nosotros, pero caminando en fila y con calma. Entonces pegamos a caminar y al fin llegamos a la estación, que era la de tan lejos de casa, pero tampoco tan cerca porque eran unas cuantas calles las que nos faltaban. Imagínate que eso nos hubiera pasado en la 28 o algo así. La cagazón, ¿no? Pero, bueno, la cosa es que llegamos a la estación y le digo a Trompoloco: Avanza y vamos a salir de aquí. Y subimos las escaleras con todo aquel montón de gente que parecía un hormiguero cuando tú le echas agua caliente, y al salir a la calle, ¡ay, Bendito! No, no, tiniebla no, porque estaban las luces de los carros y eso, ¿verdad? Pero oscuridad si porque ni en la calle ni en los edificios había una sola luz prendida. Y en eso pasó un tipo con un radio de esos portátiles, y como iba caminando en la misma dirección que yo, me le emparejé y me puse a oír lo que estaba diciendo el radio. Y era lo mismo que nos había dicho el inspector allá abajo en el túnel, así que ahí se me quitó la preocupación esa de la guerra. Pero entonces me volvió la otra, la del parto de mi mujer y eso, ¿ves?, y le digo a Trompoloco: Bueno, paisa, ahora la cosa es en el carro de don Fernando, un ratito a pie y otro andando, así que a ver quién llega primero. Y me dice él: Te voy, te voy riéndose, ¿sabes?, como que ya se había pasado el susto.

Y pegamos a caminar bien ligero porque además estaba haciendo frío y cuando íbamos por la 103 o algo así, pienso yo: Bueno, y si no hay luz en casa, ¿cómo harán hecho para el parto? A lo mejor tuvieron que llamar la ambulancia para llevarse a mi mujer a alguna clínica y ahora yo no voy a saber ni dónde está. Porque, oye, lo que es el día que uno se levanta de malas.

Entonces con esa idea en la cabeza entré yo en la recta final que parecía un campeón: yo creo que no tardamos ni cinco minutos de la 103 a casa Y ahí mismo entro y agarro por aquellas escaleras oscuras que no veía ni los escalones y... ah, pero ahora va empezar lo bueno, lo que tú quieres que yo te cuente porque tú no estabas en Nueva York ese día, ¿verdad? Okay. Pues entonces vamos a pedir otras cervecitas porque tengo el gaznate más seco que aquellos arenales de Salinas donde yo me crié.

Pues como te iba diciendo. Esa noche rompí el récord mundial de tres pisos de escaleras en la oscuridad. Ya ni sabía si Trompoloco me venía siguiendo. Cuando llegué frente a la puerta del apartamento traía la llave en la mano y la metí en la cerradura al primer golpe, como si la estuviera viendo. Y entonces, cuando abrí la puerta, lo primero que vi fue que había cuatro velas prendidas en la sala y unas cuantas vecinas allí sentadas, lo más tranquilas y dándole a la sin hueso que aquello parecía la olimpiada del bembeteo. Ave María, y es que ése es el deporte favorito de las mujeres. Yo creo que el día que les prohíban eso se forma una revolución más grande que la del Fidel Castro. Pero eso sí, cuando me vieron entrar así de sopetón, les pegué un susto que se quedaron mudas de repente. Cuantimás que yo ni siquiera dije buenas noches sino que ahí mismo empecé a preguntar: Oigan ¿y qué ha pasado con mi mujer? ¿Dónde está? ¿Se la llevaron? Y entonces una de las señoras viene y me dice: No, hombre, no, ella está ahí adentro lo más bien. Aquí estábamos comentando que para ser el primer parto... Y en ese mismo momento oigo aquellos berridos que empezó a pegar mi hijo allá en el cuarto. Bueno, yo todavía no sabía si era hijo o hija, pero lo que si te digo es que gritaba más que Daniel Santos en sus buenos tiempos. Y entonces le digo a la señora: Con permiso, doña, y me tiro para el cuarto y abro la puerta y lo primero que veo es aquel montón de velas prendidas que eso parecía un altar de iglesia. Y la comadrona allí trajinando con las palanganas y los trompos y esas cosas, y mi mujer en la cama quietecita, pero con los ojos bien abiertos. Y cuando me ve dice, así con la voz bien finita: Ay, mi hijo, qué bueno que llegaste. Yo ya estaba preocupada por ti. Fíjate, bendito, y que preocupada por mí, ella que era la que acababa de salir de ese brete del parto. Sí, hombre, las mujeres a veces tienen esas cosas. Yo creo que por eso es que les aguantamos sus boberías y las queremos tanto, ¿verdad? Entonces yo le iba a explicar el problema del subway y eso, cuando me dice la comadrona: Oiga, ese muchacho es la misma cara de usted. Venga a verlo, mire. Y era que estaba ahí en la cama al lado de mi mujer, pero como eran tan chiquito casi ni se veía. Entonces me acerco y le miro la carita, que era lo único que se le podía ver porque ya lo tenían más envuelto que pastel de hoja. Y cuando yo estoy ahí mirándolo me dice mi mujer: ¿Verdad que salió a ti? Y le digo: Sí, se parece bastante. Pero yo pensando: No, hombre, ése no se parece a mí ni a nadie, si lo que parece es un ratón recién nacido. Pero es que así somos todos cuando llegamos al mundo, ¿no? Y me dice mi mujer: Pues salió machito, como tú lo querías. Y yo, por decir algo: Bueno, a ver si la próxima vez formamos la parejita. Yo tratando de que no se me notara ese orgullo y esa felicidad que yo estaba sintiendo, ¿ves? Y entonces dice la comadrona: Bueno, ¿y qué nombre le van a poner? Y dice mi mujer: Pues el mismo del papá, para que no se le vaya a olvidar que es suyo. Bromeando, tú sabes, pero con su pullita. Y yo le digo: Bueno, nena, si ése es tu gusto... Y en eso ya mi hijo se había callado y yo empiezo a oír como una música que venía de la parte de arriba del building, pero una música que no era de radio ni de disco, ¿ves? Sino como de un conjunto que estuviera allí mismo, porque a la misma vez que la música se oía una risería y una conversación de mucha gente. Y le digo a mi mujer: Adiós, ¿y por ahí hay bachata? Y me dice: Bueno, yo no sé, pero parece que sí porque hace rato que estamos oyendo eso. A lo mejor es un party de cumpleaños. Y digo yo: ¿Pero así, sin luz? Y entonces dice la comadrona: Bueno, a lo mejor hicieron igual que nosotros, que salimos a comprar velas. Y en eso oigo yo que Trompoloco me llama desde la sala: Oye, oye, ven acá. Sí, hombre, Trompoloco que había llegado después que yo y se había puesto a averiguar. Entonces salgo y le digo: ¿Qué pasa? Y me dice: Muchacho, que allá arriba en el rufo está chévere la cosa. Sí, en el rufo, o sea en la azotea. Y digo yo: Bueno, pues vamos a ver qué es lo que pasa. Yo todavía sin imaginarme nada, ¿ves?

Entonces agarramos las escaleras y subimos y cuando salgo para afuera veo que allí estaba casi todo el building: doña Lula la viuda del primer piso, Cheo el de Aguadilla que había cerrado el cafetín cuando se fue la luz y se había metido en su casa, las muchachas del segundo que ni trabajan, ni están en el welfare según las malas lenguas, don Leo el ministro pentecostal que tiene cuatro hijos aquí y siete en Puerto Rico, Pipo y los muchachos de doña Lula y uno de los de don Leo, que ésos eran los que habían formado el conjunto con una guitarra, un güiro, unas maracas y hasta unos timbales que no sé de dónde los sacaron porque nunca los había visto por allí. Sí, un cuarteto. Oye, ¡y sonaba! Cuando yo llegué estaban tocando “Preciosa” y el que cantaba era Pipo, que tú sabes que es independentista y cuando llegaba a aquella parte que dice: Preciosa, preciosa te llaman los hijos de la libertad, subía la voz que yo creo que lo oía hasta en Morovis. Y yo allí parado mirando a toda aquella gente y oyendo la canción, cuando viene y se me acerca una de las muchachas del segundo piso, una medio gordita ella que creo que se llama Mirta, y me dice: Oiga, qué bueno que subió. Vengase para acá para que se dé un palito. Ah, porque tenían sus botellas y unos vasitos de cartón allí encima de una silla, y yo no sé si eran de Bacardí o Don Q, porque desde donde yo estaba no se veía tanto, pero le digo enseguida a la muchacha: Bueno, si usted me lo ofrece yo acepto con mucho gusto. Y vamos y me sirve el ron y entonces le pregunto: Bueno, ¿y por qué es la fiesta, si se puede saber? Y en eso viene doña Lula, la viuda, y me dice: Adiós, ¿pero usted no se ha fijado? Y yo miro así como buscando por los lados, pero doña Lula me dice: No, hombre, cristiano, por ahí no. Mire para arriba. Y cuando yo levanto la cabeza y miro, me dice: ¿Qué está viendo? Y yo: Pues la luna. Y ella ¿Y que más? Y yo: Pues las estrellas. ¡Ave María, muchacho, y ahí fue donde yo caí en cuenta! Yo creo que doña Lula me lo vio en la cara porque ya no me dijo nada más. Me puso las dos manos en los hombros y se quedó mirado ella también, quietecita, como si yo estuviera dormido y ella no quisiera despertarme. Porque yo no sé si tú me lo vas a creer, pero aquello era como un sueño. Había salido una luna de este tamaño, mira, y amarilla amarilla como si estuviera hecha de oro, y el cielo estaba todito lleno de estrellas como si todos los cocuyos del mundo se hubieran subido hasta allá arriba y después se hubieran quedado a descansar en aquella inmensidad. Igual que en Puerto Rico cualquier noche del año, pero era que después de tanto tiempo sin poder ver el cielo, por ese resplandor de las millones de luces eléctricas que se prenden aquí todas las noches, ya se nos había olvidado que las estrellas existían. Y entonces, cuando llevábamos yo no sé cuanto tiempo contemplando aquel milagro, oigo a doña Lula que me dice: Bueno, y parece que no somos los únicos que estamos celebrando. Y era verdad. Yo no podía decirte en cuántas azoteas del Barrio se hizo fiesta aquella noche, pero seguro que fue en unas cuantas, porque cuando el conjunto de nosotros dejaba de tocar, oíamos clarita la música que llegaba de otros sitios. Entonces yo pensé muchas cosas. Pensé en mi hijo que acababa de nacer y en lo que iba a ser su vida aquí, pensé en Puerto Rico y en los viejos y en todo lo que dejamos allá nada más que por necesidad, pensé tantas cosas que algunas ya se me han olvidado, porque tú sabes que la mente es como una pizarra y el tiempo como un borrador que le pasa por encima cada vez que se nos llena. Pero de lo que sí me voy a acordar siempre es de lo que le dije yo entonces a doña Lula, que es lo que te voy a decir ahora para acabar de contarte lo que tú querías saber. Y es que, según mi pobre manera de entender las cosas, aquélla fue la noche que volvimos a ser gente.

FIN

domingo, 27 de marzo de 2011

"Un país que se desinfla" por José Delgado

ENDI.COM

(27 Marzo 2011)

La población de Puerto Rico disminuye a medida que aumenta la emigración, con el ingrediente adicional de que cada vez se van más profesionales mientras la población envejece

Por José A. Delgado / jdelgado@elnuevodia.com

WASHINGTON - El fenómeno de la emigración a Estados Unidos no sólo ha disminuido la población de Puerto Rico, por primera vez en la historia, sino que le hace perder buena parte de sus profesionales y proporcionalmente la envejece.

Los datos son particularmente inquietantes en momentos en que se calcula -en espera de la información más precisa que incluirá el Censo federal de 2010- que cerca de medio millón de personas pudieron haberse mudado de Puerto Rico a Estados Unidos durante la pasada década.

Por cada dos de los que se fueron, uno regresó a la Isla.

Algunos de los estimados indican que más de 496,000 residentes de la Isla se mudaron a Estados Unidos entre el año 2001 y el 2009, para un promedio de 55,000 cada año.

Las encuestas del Censo federal sostienen que sólo entre 2005 y 2009 unos 300,000 boricuas se mudaron a Estados Unidos. En ese mismo período otros 160,000 decidieron volver a su tierra.

En diciembre pasado, los primeros datos del Censo de 2010 revelaron que por vez primera la población de Puerto Rico - desde que el Gobierno federal cuenta el total de habitantes de la Isla -se redujo de una década a otra.

Hasta el verano de 2010, había en la Isla 3,725,789 habitantes, 82,821 menos que hace una década.

La disminución poblacional ha sido especialmente alta en la zona metropolitana norte, pues entre San Juan (39,048), Ponce (20,148), Bayamón (15,928), Carolina (9,314) y Guaynabo (2,129) perdieron poco más de 86,000 habitantes.

Todavía no se tienen los datos del Censo de 2010 en torno al total que sumaba la población boricua en Estados Unidos en el verano pasado, pero hasta 2009 las encuestas calculaban que ese número ya pudiera ascender a 4.2 millones.

“Esa brecha se va a seguir ampliando”, dijo el profesor Edwin Meléndez, director del Centro de Estudios Puertorriqueños en Hunter College, en Nueva York.

En 2009, los cálculos indicaban que la población de 65 años o más en Puerto Rico representaba el 13.3% de todos los habitantes de la Isla, casi 2% más que en el 2000.

A partir de 2005, la mayoría de los emigrantes son varones de entre 20 y 40 años, según Mario Marazzi, director del Instituto de Estadísticas de Puerto Rico, que recientemente publicó el estudio “El Perfil del Migrante: 2000-2009”.

Mientras más envejece proporcionalmente una población, advirtió Marazzi, menos productiva es. Para en un país que ya tiene una tasa de participación laboral muy baja (41%), el envejecimiento de su población constituye un reto adicional.

Según Meléndez, es evidente que los más jóvenes tienen una mayor tendencia a emigrar. Afirmó, además, que “las probabilidades de emigrar a los Estados Unidos son más altas para las mujeres con más educación formal y para los hombres menos educados si son empleados en ocupaciones de salarios bajos”.

Meléndez, sin embargo, no está convencido de que en los últimos haya ocurrido una fuga extraordinaria de cerebros.

De acuerdo con los datos del Censo, Meléndez sostiene que de 2005 a 2009 el 18% de los hombres y el 30% de las mujeres que se marcharon a Estados Unidos eran profesionales. Pero, los porcentajes están por debajo del total de hombres (22.6%) y mujeres profesionales (33.8%) en la Isla.

Marazzi mismo advirtió que los datos de 2005 a 2009 corresponden a una muestra de la información que se recopila de las encuestas que se realizan anualmente, en espera de la investigación más profunda que reflejará el Censo federal de 2010.

“Los estimados que se preparan tienen ya un error estándar relativamente alto”, advirtió Marazzi.

FLORIDA COMO PARAíSO

Las encuestas del Censo federal, a su vez, indican que la tendencia que comenzó en los 1990, lo que el investigador Jorge Duany ha descrito como “la puertorriqueñización del estado de Florida”, continuó durante la pasada década.

Los estudios más recientes confirman que la situación volvió a incrementar a partir de 2006, cuando se calcula que comenzó la recesión económica en Puerto Rico.

Pese a la cercanía entre Puerto Rico y Florida, en 1980 el estado floridano tenía sólo el 4.7% de la población boricua en Estados Unidos (94,775).

Al terminar 2009, el total se calculaba en cerca de 750,000, lo que representa alrededor del 18% de la población que en Estados Unidos se define como de origen puertorriqueño.

Después de Florida, en la última década el destino preferido de los migrantes han sido los estados de Pennsylvania, Nueva York y Nueva Jersey, según las encuestas del Censo federal.

Con un clima más tolerable que los centros de migración del noreste de Estados Unidos, el ‘boom’ en las oportunidades de empleo redirigió los planes de los boricuas hacia Florida.

“A partir de la creación de Disney World, y otros centros de trabajo importante, por ejemplo para ingenieros en la zona de Cabo Cañaveral y el desarrollo de toda una fuerte industria de entretenimiento y servicios”, Florida se convirtió en punto de preferencia, dijo Duany, profesor de la Universidad de Puerto Rico (UPR) y experto en los temas de migración.

La cercanía geográfica y el costo del viaje son otros factores de importancia que motivan al boricua a buscar nuevas oportunidades de empleo o iniciar otra etapa de su vida en Florida.

Y como ahora ocurre con el tránsito hacia estados en que se alcanzan temperaturas más cercanas a la realidad puertorriqueña, como California y Texas, Florida siempre ha tenido también el clima a su favor.

Wilfredo Seda, portavoz de la organización National Congress for Puerto Rican Rights en Orlando (Florida), los boricuas que llegan a esa zona “te dicen que vinieron buscando oportunidades de empleo o poder superarse en su carrera”.

“Algunos mencionan el alto nivel de la criminalidad (en Puerto Rico) como otro factor que influyó en su decisión” de dejar la Isla, dijo Seda, quien considera, sin embargo, que la recesión económica que ha vivido Estados Unidos ha hecho que un grupo de inmigrantes boricuas sufran en la Florida central la misma falta de oportunidades de trabajo a que se enfrentaron en la Isla.

California y Texas son considerados entre los nuevos destinos para los puertorriqueños. En 2009, por ejemplo, más de 5,000 boricuas se mudaron a Texas, el quinto estado que recibió más población de la Isla en ese año.

“No es coincidencia que los índices económicos de California y Texas son también de los mejores”, sostuvo Duany.

Entre 2001 a 2008, según los datos del Censo federal, otra zona favorecida por los boricuas fue el condado de Hampten, en Massachusetts, que incluye a la localidad de Springfield.

Aunque los puertorriqueños han tenido por décadas una notable presencia en la zona de Boston, Springfield es un municipio que también está cerca de Connecticut, otro de los estados con una alta tasa de habitantes de origen boricua.

Mientras los boricuas opten por relocalizarse en lugares no tradicionales, donde no tienen familiares o una comunidad de apoyo, surgirán las dificultades de adaptación que la comunidad puertorriqueña experimentó originalmente en Nueva York, según el profesor Meléndez.

Para algunos de ellos, las complicaciones del proceso de enfrentarse a nueva realidad en Estados Unidos pueden incluir desde la falta de representación política hasta la ausencia de servicios básicos en español para los que no dominan el idioma inglés, según los expertos.

¿Y LOS QUE REGRESAN?

Por otro lado, la percepción es que el factor cultural y el sentido de pertenencia influyen en gran medida en la decisión de los boricuas de regresar a su Isla.

“En términos económicos el retorno no suele ser atractivo, por los salarios más bajos que hay en Puerto Rico. Pero, el frío, la discriminación en Estados Unidos, los lazos familiares hacen a muchos retornar”, dijo Duany.

Contrario a lo que puede ser la percepción general, no se trata mayormente de personas que después de terminar su carrera laboral deciden ir a jubilarse a su patria.

Marazzi, en ese sentido, indicó que el perfil del que vuelve a la Isla está mayormente integrado por “varones entre los 20 y 40 años”, que es el grupo poblacional que más participa de la guagua aérea entre Puerto Rico y Estados Unidos.

A su vez, según Marazzi, suelen ser principalmente solteros, sin haber completado un bachillerato universitario, “con ingresos personales menores a $10,000” y procedentes de las comunidades boricuas más fuetes, que suelen estar “en el sur y el noreste de los Estados Unidos”.